RESUMEN
Europa se despierta cada mañana con la sensación de que el suelo bajo sus pies ya no es firme. No es solo la guerra en Ucrania, ni la inestabilidad en Oriente Medio, ni la expansión silenciosa de China. Es algo más profundo: la intuición de que el orden internacional que debía protegernos se está desintegrando, y que quienes lo diseñaron ya no parecen interesados en mantenerlo.
Las declaraciones recientes de Ursula von der Leyen —ese reconocimiento de que «el viejo orden mundial ya no existe»— no son una advertencia, son una constatación. Lo inquietante no es que lo diga, sino que lo diga desde la presidencia de la Comisión Europea, una institución que durante décadas se sostuvo precisamente sobre la fe en el multilateralismo, el derecho internacional y la ONU como árbitro global. Si incluso Bruselas admite que el árbitro ya no pita, es que el partido se ha convertido en una pelea callejera.
La ONU: un gigante institucional atrapado en su propio diseño
La Organización de las Naciones Unidas nació para evitar que las grandes potencias hicieran lo que hoy vuelven a hacer: actuar sin límites ni consecuencias. Pero el Consejo de Seguridad ,con sus vetos cruzados y recíprocos, ha convertido a la ONU en un organismo incapaz de frenar a quienes concentran más poder. Rusia veta lo que afecta a Rusia. Estados Unidos veta lo que afecta a Israel. China veta lo que afecta a China.
El resultado no es, en rigor, un sistema roto: es un sistema que funciona exactamente como fue diseñado en 1945. El problema es que ese diseño ya no sirve para un mundo de potencias múltiples, conflictos simultáneos y actores regionales que han dejado de aceptar tutelas externas. La arquitectura de la posguerra fue concebida para un mundo bipolar que ya no existe.
Europa: entre la nostalgia y el miedo
La Conferencia de Seguridad de Múnich de 2026 lo dejó claro: Europa ya no confía en que el sistema internacional pueda contener las crisis que se acumulan en su periferia. El documento final, diplomático en la forma pero transparente en el fondo, asumió tres verdades incómodas:
— que el multilateralismo ya no garantiza seguridad
— que la autonomía estratégica europea implica, inevitablemente, rearmarse
— que el mundo entra en una fase donde los conflictos pueden escalar sin freno externo
Europa, que durante décadas se pensó a sí misma como proyecto de paz, empieza a hablar el lenguaje de la fuerza. Lo hace tarde, dividida y sin una visión estratégica común. El contraste con su retórica fundacional es difícil de ignorar.
La proliferación nuclear: cuando desaparecen los frenos
El fin del tratado New START , el último acuerdo que limitaba y verificaba los arsenales nucleares de Estados Unidos y Rusia , marca un punto de inflexión histórico. Por primera vez desde la Guerra Fría, no existe ningún marco vinculante que supervise las armas de destrucción masiva de las grandes potencias.
A esto se suma la declaración de Emmanuel Macron insinuando que Francia podría ampliar su arsenal nuclear. No dijo cuántas ojivas. No dijo bajo qué doctrina. No dijo frente a qué amenaza específica. Lo dijo porque puede hacerlo, y porque el mundo se mueve hacia una lógica en la que cada potencia calcula su supervivencia en solitario, sin tratados que la contengan y sin árbitros que la interpelen.
Estados Unidos e Israel: el unilateralismo como norma
El comportamiento de Estados Unidos e Israel en los últimos años ha acelerado la erosión del sistema internacional. Washington actúa con frecuencia al margen del derecho internacional: impone sanciones sin mandato multilateral, retira su apoyo a instituciones que no se pliegan a sus intereses y redefine las reglas según las conveniencias del momento.
Israel opera con un margen de impunidad que socava la credibilidad de la ONU en términos difícilmente recuperables. Cuando un Estado puede ignorar de forma sistemática resoluciones del Consejo de Seguridad sin sufrir consecuencia alguna, el mensaje que se transmite al resto del mundo es inequívoco: el derecho internacional es opcional para los fuertes y obligatorio solo para los débiles.
Europa observa, critica en voz baja y constata que carece de capacidad , o de voluntad política, para imponer una lógica diferente.
Un desorden gestionado por potencias, no un orden alternativo
Lo que emerge no es un sistema alternativo al orden liberal de posguerra. Es un vacío. Un mundo donde:
— las potencias actúan sin límites legales efectivos
— los tratados se abandonan o se vacían de contenido
— las instituciones multilaterales pierden autoridad y credibilidad
— las armas nucleares regresan al centro del tablero estratégico
— los conflictos regionales se multiplican sin mecanismos de contención
No es un «nuevo orden mundial». Es un nuevo desorden mundial, donde cada actor persigue su supervivencia y su influencia sin reglas compartidas, sin árbitros reconocidos y sin el freno que durante décadas ejerció , imperfectamente, pero con cierta eficacia, la arquitectura institucional de posguerra.
¿Qué puede hacer Europa?
Europa tiene, en esencia, dos caminos:
1. Aceptar el caos y alinearse sin matices con Estados Unidos, renunciando a su identidad diplomática y a cualquier pretensión de autonomía estratégica.
2. Construir una autonomía estratégica real: no solo militar, sino política, económica y, en la medida de lo posible, moral.
La primera opción es cómoda a corto plazo, pero condena a Europa a la irrelevancia histórica. La segunda es difícil, requiere liderazgo político que hoy escasea y supone asumir costes reales. Pero es la única que permitiría a Europa recuperar un papel propio en un mundo que ya no respeta las reglas que ella misma ayudó a escribir.
El tiempo de las ilusiones ha terminado
El viejo orden mundial no se derrumbó de golpe. Se fue deshilachando durante años, mientras las potencias lo vaciaban de contenido con cada veto, cada sanción unilateral, cada tratado abandonado y cada resolución ignorada.
Hoy, el mundo entra en una fase potencialmente más peligrosa que la propia Guerra Fría: más actores con capacidades destructivas, menos reglas que los contengan, más armas de destrucción masiva sin supervisión y menos canales de diálogo efectivo.
Europa debe decidir si quiere ser espectadora de ese desorden o protagonista de una alternativa. Porque lo único peor que un mundo sin reglas es un continente que renuncia a defenderlas.
Por Iscander Santana
Zürich, Suiza
