Quizás uno de los reflejos más reveladores de la desigualdad en un mundo moderno es el de la migración. Gente por todos lados procurando un lugar donde meter la vida y la de su familia. Es el mundo de la desigualdad que expone a muchos al peligro de la propia vida en medio de la búsqueda para salvarla.
Europa parece estar recibiendo las consecuencias de la explotación de sus colonias. La miseria revelada contra sus auspiciadores. No quieren a los inmigrantes y al negarlos se denuncian a sí mismos.
Es lo mismo en nuestra América, aunque con características algo diferente. Comenzando porque hay que reconocerle a los Estados Unidos una actitud mucho más flexible con los que emigran a su territorio que como se ha comportado el viejo continente.
Son lastimosas las imágenes de miles de personas queriendo alcanzar un escenario donde asumen que tendrán mejor suerte. Es un verdadero drama humano que los sectores de poder parecen no alcanzar a comprender.
La dirigencia política no termina asumiendo ningún compromiso para transformar un modelo económico profundamente injusto. Y el empresarial cada vez luce más enfocado en la ganancia de capital. Estamos en un mundo con una capacidad extraordinaria para generar miseria, mientras cada vez enriquece demasiado a un pequeño grupo.
Es un mundo éticamente enrarecido por las inconductas de quienes deben ser un referente esperanzador. Este movimiento migratorio que se expresa en el mundo de hoy es una evidencia de que el mundo revienta por todas partes y algo debemos hacer.




