ALGO MÁS QUE PALABRAS
“Una sociedad como la actual, que no suele estar fondeada en sólidos valores éticos, es un consorcio sin futuro; puesto que, carece de dirección estética y de cauce generoso, por mucho que se hable de desarrollo social”.
No hay mejor desafío que trabajar por la concordia en un mundo cruel y competitivo, que todo lo confunde y lo tensiona, para infundirlo de abecedarios agresivos, que nos llevan a un estado salvaje, impidiéndonos vivir bien y que sean buenos los tiempos. En efecto, todo parte de nosotros, ya que el orbe es lo que somos cada cual consigo mismo y con los demás. Por ello, aunque vivimos momentos complicados, jamás cedamos a la injusticia; tratemos de coordinar acciones, haciéndolo corazón a corazón. Es cierto que, en el contexto bajo el que nos movemos, los precios elevados continúan siendo un desafío global, también cuando se alarga la desinflación, lo que debe hacernos escuchar la voz de los débiles que, aún hoy, carecen de sintonía en este mundo de supremos egoísmos terrícolas.
Sin duda, hay que pasar página para reconstruir la confianza entre análogos, fortalecer la previsibilidad y renovar el compromiso global, con un sistema multilateral de comercio abierto, cimentado en normas, que nos frenen la avaricia. Estamos aquí para servirnos con honestidad unos de otros, no para apoderarnos de nadie, ampliando las desigualdades estructurales existentes. Tanto es así, que las perspectivas por regiones indican discordancia dentro de la expansión esperada, lo que debe hacernos repensar otro tipo de actuaciones, en coherencia con nuestra dignidad humana. Únicamente un desarrollo equilibrado, encaminado hacia el bien común, será auténtico y contribuirá, incluso a largo plazo, a la estabilidad.
El tiempo es un horizonte de ceremonias que siempre nos advierte y nos da lecciones, poniéndonos en el lugar que nos merecemos. Avanzamos, pero también retrocedemos, nuestro error es endiosarnos y no escucharnos mutuamente. La verdad no la ha conseguido nadie todavía. Tampoco una voz fuerte, puede competir con una voz clara. Al fin, lo trascendente no es el nivel competitivo en ninguna actividad, sino el espíritu de gratuidad en el sentido noble de este término, que es lo que nos acrecienta el compartir, avivando la cultura del encuentro y la fraternidad. Personalmente, reconozco que me animo a mí mismo, a practicar este estilo de manera consciente, oponiéndome a toda forma de violencia y opresión.
Resulta sorprendente que la humanidad esté globalizada, pero sin hermanarse, que todavía no sepa vivir en concordia, o que vocablos tan necios como competitividad, a pesar de que suele generar conflictividad, sea la palabra que nos tutele, en lugar de otras como: aprender a reprenderse para poder convivir. Indudablemente, la convivencia es un término que nos reduciría el costo existencial, ya que comprimiría las múltiples crisis mundiales que nos asolan, conduciéndonos a un largo periodo de bajo crecimiento económico. Ciertamente la inflación baja, pero la inversión es moderada y la incertidumbre persiste, lo que debe ayudarnos a que surja un creciente consenso sobre la necesidad de armonizar las políticas económicas con las políticas benéficas.
Una sociedad como la actual, que no suele estar fondeada en sólidos valores éticos, es un consorcio sin futuro; puesto que, carece de dirección estética y de cauce generoso, por mucho que se hable de desarrollo social. No hay elemento más tétrico, que dejarse inundar por el calvario de la deshumanización y de la inhumanidad manifiesta, lapidándonos el alma de corrupción e impunidad. El esfuerzo en pos de un verdadero avance comunitario, requiere fortalecer los valores democráticos, el respeto universal de los derechos humanos, inherentes a todo ciudadano por el mero hecho de ser persona, y un correcto funcionamiento del Estado de derecho. Combinar el esfuerzo, a través de una corporación más equitativa y atenta a las necesidades de los más débiles, es lo que nos compenetra y reaviva.
REFLEXIÓN POÉTICA
COMPARTIENDO DIÁLOGOS CONMIGO MISMO
EN LA HUMANIDAD DEL HIJO;
VEMOS EL ROSTRO DEL PADRE
SOMOS HIJOS DE LA PROVIDENCIA: Manifestarnos como obra sobrehumana y descubrirnos confiados a sus manos, sentirnos acogidos y recogidos en un abrazo de cariño, nos da sustento de alegría, porque nos sostiene liberados del pecado. Todo se asienta en un sensato vínculo con Jesucristo, en una correspondencia de buen fondo y conciliadora forma, que nos orienta y da sentido a nuestros pasos. Él nos levanta de las caídas y con el renuevo del sagrado soplo, nos remonta al Padre.
I.- EL MESÍAS EN EL JORDÁN;
CON JUAN EL BAUTISTA
Esta vida es un pulso sorprendente,
cargada de pausas que nos realzan,
repleta de ritmos que nos cautivan,
colmada de rimas que nos reviven,
pues somos puro corazón angélico.
Comencemos por rastrear y querer
encontrarnos, que el que se rastrea,
siempre se descubre en penitencia,
deseoso de no aislarse y de anidar,
en comunión y en viva comunidad.
Nos abaten las manchas del pecado;
la purificación humana es un deseo,
que implica reunirse para conciliar,
y reconciliarse con la nítida verdad,
que nos enaltece de bondad estable.
II.- DARSE UN BAÑO DE DIOS;
CON EL ETÉREO DEJAR HACER
Ser bautizado en el Espíritu celeste,
es estar humedecido de irradiación,
es dotarse de fiel adhesión al Padre,
es invitarse a darse un devoto baño,
hasta empaparse de amor beatífico.
Penetrado por este ardor venerable,
uno se rehace y se hace al Creador,
resurge el Niño y surge la efusión,
la viveza de la fe que nos enamora,
la pasión del Señor que nos redime.
Sólo hay que dejarse querer por Él,
sumergirse en su auténtica palabra,
abandonarse con el latir despojado,
con el alma cubierta de alabanzas,
y el cuerpo recubierto de fidelidad.
III.- SENTIR LOS CIELOS CLAROS;
CON LA CLARIVIDENCIA DE TODOS
El cielo se nos abre como llamada,
la fiesta no puede ser más gloriosa,
se funda por ello en una evidencia,
en una relación personal con Jesús,
que nos fortalece para poder vivir.
Hermanarse con Cristo es resucitar
a un confín, que es fuente de amor;
lindero existencial de misericordia,
para transferirnos a una vida plena,
en unión con los demás y con Dios.
Los caminos apacibles nos elevan,
nos llenan de albor y nos purifican,
océano adentro nos desenmascaran,
hasta el extremo de desenredarnos,
de los ahogos de este mundo cruel.
Por Víctor Corcoba Herrero
corcoba@telefonica.net
10 de Enero de 2025.-
