Tener miedo en situaciones de peligro es normal. Es una reacción natural del ser humano, tan antigua como la vida misma. Nos mantiene atentos, nos advierte y nos impulsa a protegernos. El miedo, en su esencia, es un mecanismo de supervivencia.
Sin embargo, no siempre actúa como aliado, cuando se desborda y se instala en la mente, puede convertirse en un enemigo silencioso.
El miedo nos paraliza, nos impide avanzar, nubla nuestras decisiones y hasta nos roba oportunidades de crecer. El miedo no resuelto se transforma en cadenas invisibles que atan los sueños.
En la vida cotidiana hay muchos ejemplos: puedo exponer mi propio ejemplo, en ocasiones no me he atrevido a emprender por temor al fracaso; una persona que evita hablar en público por miedo a ser juzgada; quienes callan su verdad por temor a no encajar. En todos estos casos, el miedo deja de cumplir su función protectora y pasa a limitar la libertad interior.
En mi experiencia, he aprendido que la clave no es eliminarlo; sería imposible, sino aprender a mirarlo de frente, reconocerlo, comprender qué nos quiere advertir y luego decidir cómo responder.
He aprendido que la valentía no consiste en no sentir miedo, sino en avanzar a pesar de tenerlo.
En un mundo donde los cambios son constantes y la incertidumbre forma parte del día a día, cultivar una relación sana con el miedo se vuelve imprescindible.
Si lo convertimos en aliado, nos impulsa a prepararnos mejor, a ser prudentes y a desarrollar resiliencia. Si lo dejamos como enemigo, se apodera de nuestras decisiones y nos condena a vivir a medias.
En definitiva, el miedo no tiene por qué ser un obstáculo. Puede ser un maestro que nos reta a crecer y a descubrir de lo que somos capaces. La elección está en nuestras manos: ¿vivir prisioneros de él o usarlo como trampolín hacia la libertad? Es decisión nuestra cómo usarlo.
Desde mi experiencia, con amor,
Por Evelin Peguero
