RESUMEN
Por Jhonny Rosario
Pocos géneros musicales son tan inseparables del alma de un país como el merengue lo es de República Dominicana. Nacido en los campos y barrios, este estilo musical ha sido durante más de un siglo el pulso rítmico de una nación. Y sin embargo, en el país que lo vio nacer, aún no existe un museo que le rinda tributo. Esta omisión no es menor: es culturalmente injusta y estratégicamente miope.
El merengue fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2016, pero ese reconocimiento simbólico no ha sido acompañado por la infraestructura necesaria para su conservación ni su proyección.
Un museo nacional del merengue no sería solo un archivo de partituras y discos; sería un espacio de memoria, de identidad, de educación. Un lugar donde se cuente la historia de artistas fundacionales como Joseíto Mateo y Ñico Lora, el legado internacional de Johnny Ventura y Wilfrido Vargas, el poder femenino de Milly Quezada y Fefita la Grande, la innovación de Juan Luis Guerra, y la continuidad que representan artistas actuales como Miriam Cruz, Sergio Vargas o Eddy Herrera.
Un museo así permitiría explorar no solo la evolución musical, sino también el contexto político, racial y social en el que el merengue se convirtió en la banda sonora del país. Desde sus orígenes campesinos hasta su uso como propaganda durante la dictadura de Trujillo, y su reinvención como símbolo de orgullo en la diáspora, el merengue merece ser contado en toda su complejidad.
Además del valor cultural, el museo sería una inversión estratégica. En una economía donde el turismo y la cultura juegan roles clave, ofrecer una experiencia inmersiva dedicada al merengue —con exhibiciones interactivas, archivos sonoros y presentaciones en vivo— podría atraer tanto al visitante internacional como a la comunidad dominicana en el exterior, deseosa de reencontrarse con sus raíces.
Otros países han comprendido que sus músicas nacionales son activos vivos: Argentina tiene su museo del tango, México el del mariachi, Cuba preserva la rumba y el son. ¿Por qué la República Dominicana no ha hecho lo mismo con el merengue?
No se trata solo de preservar el pasado. Se trata de asegurar que el merengue tenga un lugar en el futuro. Y para eso, necesita un hogar digno. Un museo. Urgente.
