RESUMEN
Indiscutiblemente, Donald Trump tiene un cerebro bien amueblado; hay que disponer de talento y habilidades valiosas, para llegar a ser empresario exitoso, multimillonario y más aún, presidente de una de las naciones más poderosa del mundo: los Estados Unidos de América.
Poco conozco de la vida personal y profesional de Trump; solo que estudió en una Academia Militar; que en la universidad se licenció en economía; se desempeña en actividades empresariales, todas exitosas. Luego, ingresó a la política partidista y aplicando sus habilidades, ganó la presidencia de EU. Las relaciones de RD y EU son sólidas; sus jefes de gobiernos se ocupan de que sean democráticas y económicamente estables; de ahí que los observe.
Las estrategias y decisiones gubernamentales de Trump, muchas veces no se entienden; suele lanzar ráfagas fuertes, amenazantes, como cargada de emotividad; quizás para recordar su poder. Su lenguaje corporal, no pasa desapercibido; permite que sus ideas se entiendan con más facilidad.
El lenguaje corporal de Trump es atractivo, insuperable. Con sus gestos, proyecta su sentir, su esencia, su indiscutible prepotencia y seguridad en sí mismo. Es su marca y por ella le dan diferentes calificativos, pero debemos respetarla. De hecho, me encanta su franqueza; se presenta con sus virtudes y defectos; de hecho, hoy consideran que su hospitalización por coronavirus es lenguaje corporal, estrategia por conveniencia electoral.
Su contextura física ayuda a que sus gestos no pasen desapercibidos. Alto, elegante, robusto, los ojos, el peinado, hasta su espalda, todo encaja, para que, sin hablar, cada miembro envíe un mensaje de lo que está pensando; ayuda observar la señal de su caminar; cuando erguido, sube la cabeza; cuando lanza una mirada; cuando señala con el índice o frunce el ceño. Pocas veces sonríe, ni para llevar tranquilidad o esperanza; como si solo resolver problemas debieran tener cabida en la mente de un gobernante.
Parecería que intenta manejar los EU como sus empresas, afortunadamente exitosas; “no quiero esas gentes aquí, cierra esa puerta de entrada, no quiero esa mercancía, despacha esa persona, quita ese mueble”, etc. Trump hace los señalamientos, de la misma manera que maneja las críticas, sin rodeo, sin diplomacia, directo al punto y desde cualquier escenario.
Con su lenguaje corporal, dice “lo acepta o no lo acepta, ese es tu problema”. Todo parece indicar que, aunque tiene asesores, lo que esgrime es lo que fabrica su cerebro; no lo envuelve, como muchos líderes, es demasiado sincero.
Trump, como presidente de EU, tiene la mejor de las intenciones para esa nación; quiere institucionarla para que respeten sus orígenes, esencia, normas y cultura; para que, en todo, sea la máxima potencia del universo; a su manera, persigue que la admiren como soberana en el mundo. Por su estilo, que a veces puede ser interpretado como irreverente, Trump ha conseguido que nadie sea indiferente a su persona. Indiscutiblemente, su lenguaje corporal, sin mascarilla, es su mejor marca; debemos tratar de entenderlo y respetarlo.
Por Venecia Joaquín
