RESUMEN
La captura y extracción del dictador venezolano Nicolás Maduro y su esposa hacia los Estados Unidos para enfrentar cargos de narcotráfico tomó a muchos de sorpresa, no porque no se esperase un eventual desenlace luego tantos meses de tensión entre ambas partes, pero más bien por la precisión y excelencia con que las fuerzas especiales estadounidenses extrajeron al dictador para ponerlo bajo custodia. Fue sin dudas un golpe maestro que permitió mostrar por un lado el uso táctico y limitado del poderío militar estadounidense, mientras que por el otro, dejó boquiabierto, desprevenido y hasta humillado al régimen chavista y a sus titiriteros en La Habana, así como a sus socios en Moscú, Beijing y Teherán.
Las reacciones tampoco se hicieron esperar de parte y parte. Quienes repudiamos la dictadura venezolana no ocultamos nuestra emoción y apoyo a lo que entendemos era el último recurso viable para descabezar a tan oprobioso régimen que tanto daño ha hecho a su pueblo y también a la región. Por supuesto, las más grandes expresiones de júbilo expresadas en sonrisas, lágrimas de alegría y abrazos sinceros vino de una diáspora (8 millones de personas en todo el mundo) que había dejado todo en su país para poder empezar una vida nueva en tierras extranjeras, siempre con la ilusión de poder volver. Todos lo vimos, en la calles o en las redes sociales, muchos llamamos o escribimos a un amigo venezolano para saber cómo estaba y en cierto punto hasta celebrar un acontecimiento como si fuese propio, gesto que fue bien recibido por la diáspora, que en su gran mayoría han sido agradecidos con la tierra y la gente donde fueron acogidos.
Dentro de los acólitos bolivarianos, había una mezcla de sentimientos encontrados donde reinaba la confusión, la incertidumbre y el miedo disfrazados todos de un falso coraje. Ante semejante golpe, donde el cabecilla de la banda fue arrestado y paseado ante el mundo con mameluco naranja rumbo a la corte federal donde enfrenta juicio por narcotráfico, las estrategias de reacción al hecho eran muy limitadas debido a que la captura fue realizada con excelencia milimétrica. Estoy convencido de que si el operativo fallaba o el dictador hubiese sido eliminado físicamente en el enfrentamiento la maquinaria propagandística del castrochavismo hubiese elevado a la figura de Maduro al mismo nivel que Allende, calificandolo de una víctima de la agresión del imperio genocida y facista del Norte. Mientras pagan en el exterior manifestaciones de sectores que ideológicamente son afines (y que también deben muchos favores), los bolivarianos parecen no poder conciliar el sueño ante el hecho de que Maduro esté bajo custodia estadounidense y pueda revelar en detalle cómo operaba el crimen organizado con la anuencia y protección del aparato estatal y militar de Venezuela.
Ante el vacío de poder y para dar una apariencia de control y seguridad dentro una “tensa calma” a lo interno, se continuó con la sucesión presidencial. Los Estados Unidos a su vez han expresado con una brutal franqueza cómo piensan dirigir directamente un proceso de transición en Venezuela, estableciendo como su prioridad la restauración y reorientación de la gigantesca industria petrolera venezolana, que fue afectada significativamente mediante el saqueo masivo que iniciara en 2002 sobre PDVSA.
Mientras el foco mediático y académico ha circulado sobre cuestiones de seguridad internacional, la política exterior estadounidense y la nueva doctrina “Donroe” o sobre cuándo podrán celebrar elecciones libres de nuevo en Venezuela, un aspecto clave olvidado es el de la reconciliación entre los propios venezolanos. Para que cualquier transición pacífica de la dictadura a la democracia se requiere no solo un ejercicio de madurez y sensatez por parte de los actores políticos y militares que la efectúan, pero también necesita de un proceso de integración genuino que permitan a los que detentaron el poder por 27 años integrarse a lo que sigue siendo su país, de la mano con quienes dentro de ese mismo lapso de tiempo, sienten que perdieron su tierra.
El chavismo, instruido por Fidel Castro, no solo busca polarizar en contra los Estados Unidos, sino también fomentar el odio y el resentimiento social entre los propios venezolanos. Pitiyankees, escuálidos, fascistas fueron algunos de los términos con que millones de venezolanos fueron creciendo y viendo a sus compatriotas. La lógica perversa de las revoluciones socialistas requieren necesariamente generar esa polarización y justificar todo a favor de la revolución, sin importar cuantas familias dividan o cuantas instituciones arrasen por su paso, Castro bien dijo que: a favor de la revolución, todo, en contra de la revolución, nada. Fue así como millones de personas, que genuinamente anhelaban un cambio en Venezuela distinto al del bipartidismo imperante previo a 1998, empezaron a ser seducidos por un carismático oficial golpista que terminaría arrasando cualquier vestigio de institucionalidad y desarrollo en una de las naciones más prósperas del contienente.
Por otra parte la oposición, tanto dentro como fuera del país, tiene la titánica labor de convencer a ese chavismo no recalcitrante de que ellos plantean una solución ordenada y pacífica hacia una Venezuela mejor. Pero para que esto pueda ir por buen camino, necesariamente debe de empezar un proceso de ruptura mental con la lógica de la lucha permanente contra el imperio y sus agentes por parte del chavismo y una aceptación de que la revolución bolivariana ha fracasado. Para que esto quizás pueda esclarecer, será necesario que figuras dentro del oficialismo adopten una mentalidad similar a la de Gorbachev entre el 1986 al 1991, Suarez del 1975 al 1981 o Joaquin Balaguer del 1961 al 1962, en los cuales cada líder y su equipo lideraron la transición imperfecta de regímenes autoritarios complejos, que eventualmente permitieron el desmonte de estructuras del poder o bien ilegítimas o nocivas para la cohesión de sus respectivos países, y en los cuales las presiones geopolíticas de actores externos no faltaron pero que por su extrema cautela y temperamento, pudieron esquivar muchas crisis que necesariamente hubiesen devenido en algo peor
Pueden haber elecciones nuevas, Constitución nueva, actores políticos nuevos e incluso una tutela y presencia permanente de los Estados Unidos y otros países de la región, pero sin reconciliación genuina en el plano político, social y hasta espiritual entre los venezolanos, no habrá una transición genuina hacia un nuevo orden de las cosas. Será un proceso que quizás tome hasta décadas, pero es la ruta correcta hacia la libertad, la paz social y la convivencia, valores añorados profundamente por el Bravo Pueblo.
Por Pelegrín E. Castillo Arbaje
