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20 de febrero 2026
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OpiniónGregory Castellanos RuanoGregory Castellanos Ruano

El laberinto

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RESUMEN

Analizando noticia... por favor espera.

«En cada cielo cambio mi forma, de acuerdo a la forma de aquellos que viven en cada cielo.« (Arthur C. Clarke: La diosa que creó el Universo tal vez vive entre nosotros)

Durante varios años fui empleado en la Iglesia Católica de Puerto Plata como asistente o ayudante o utilitis y esta crónica la escribo sólo porque espero sirva de informe para los investigadores y para las futuras generaciones, por provenir la misma de alguien que estuvo al lado de los acontecimientos que aquí se narran.

La narración hecha por el profesor de Zoología José Lagombra gira en torno a lo que se desarrolló desde que los habitantes de una comunidad al pie de la Loma Isabel de Torres, de la ciudad de Puerto Plata, pudieron notar que habían desaparecido los ratones, los gatos, los perros y de repente comenzaron a desaparecer los chivos.

Después de aquello y desde aquel caos que se generó entonces, la calma había ido retornando poco a poco entre los habitantes de la ciudad de Puerto Plata a consecuencia de no saberse nada sobre la causa que es el centro de la narración que él hizo.

El caos puede surgir de la noche a la mañana de la forma más impensada. Ello lo demuestra el inesperado caos que se apoderó nuevamente de Puerto Plata, un episodio verdaderamente insólito, producto de enfrentarse a lo que nunca nadie había sido capaz de prever o siquiera imaginar.
El miedo volvió a generalizarse entre los habitantes de la ciudad de Puerto Plata un año después de aquel episodio horripilante narrado por Lagombra, quien por el miedo que el mismo le causó se mudó de Puerto Plata para New York.

Desde esos acontecimientos de Los Mameyes (que es el episodio que narra Lagombra), que casi nadie recordaba ya debido al retorno de la tranquilidad, no se había visto horror igual. Hasta el punto de que si lo de Los Mameyes fuera una novela recién publicada dejaría a cualquiera con la sensación de que esto es una secuela.

Desde el avistamiento del devorador y exterminador protozoo descomunal a que se refiere Lagombra no habían comenzado nuevamente a sonar las campanas del horror en Puerto Plata, pero ellas volvieron a escucharse desde que trascendió una serie de misteriosas desapariciones de mendigos (diez (10) desapariciones en total) que con siniestra simetría se sistematizó en su producción provocando una atmósfera de pánico en el que las calles estaban repletas de gentes que manifestaban claramente su preocupación por no hablar de otra cosa, que estaban aterrorizadas por las extrañas cosas que sucedían y de las cuales ellas se enteraban.

El miedo crecía a pasos agigantados en los ciudadanos de Puerto Plata. Las terribles noticias de los acontecimientos ocurridos de aquellas desapariciones produjeron una grandísima inquietud ante el temor generalizado de que de los mendigos se pasara a los no mendigos, de que eso pudiera ocurrirle a cualquier habitante no mendigo de Puerto Plata en cualquier momento. El claro egoísmo por salvarse cada quien de la amenaza que sentían latente y flotando en el ambiente llevó a que la población, grandemente alarmada y pidiendo noticias, detalles, estaba temblando, presa de un terror mortal.
Sus reacciones estaban sobreexpuestas y ella no podía alejarse del centro de la agitación ya que esta tenía dos polos: por un lado, un popular astrólogo desde un programa de radio; y, por el otro lado, el cura párroco de la Iglesia Católica, cuyos sermones eran muy escuchados por la feligresía local tanto abarrotando la iglesia como escuchándolos por la radio y por la televisión.

Lejos de desvanecer temores y pesadumbre para sacar a todos de la inquietud en que se vivía, los dos agitaban más y más el enorme miedo que vivía este pueblo de Puerto Plata.
Mientras el primero decía y repetía machaconamente a través de las ondas hertzianas que la lectura del movimiento de las estrellas le informaban de una presencia horrible en Puerto Plata, que algo espantoso que no era de este mundo moraba en el pueblo de Puerto Plata; el segundo tenía un discurso de revelación de datos concretos sobre cada uno de los casos de los mendigos que habían venido desapareciendo misteriosamente.

Al producirse la segunda desaparición de un mendigo el cura la comentó en su homilía narrando que al notar su ya marcada ausencia, que había creído disipada porque lo vio nuevamente y por última vez en la fecha de fin de mes de la entrega mayor que la iglesia les hacía en un salón a los mendigos, y ser apreciable nuevamente su ausencia inusual, procedió a trasladarse al lugar donde supo que el mendigo acostumbraba dormir y que cuando fue a este sitio le informaron que el mendigo en cuestión tenía más de un mes que no era visto, que era probable que, entonces, algo le hubiera pasado. Aquello le chocó porque él lo había visto en dicha entrega mayor, pero luego no supo más de él, siendo esa la razón que lo llevó a efectuar aquella visita.

En la medida que se producían cada una de las subsiguientes desapariciones el cura la daba a conocer. El ambiente de inquietud ya se había encendido notoriamente para cuando él procedió a también comentar la tercera desaparición.

La agitación causada por el espanto ardía en la localidad. Así había venido desenvolviéndose la terrible y temible situación: con mucho de horrible vaticinio y con mucho de verdad, de real peligro para las personas de los habitantes locales.

Yo que estuve al lado de la ocurrencia de acontecimientos concretos, no sin enorme sobresalto todavía, escribo esto con el temor reverberando en mi mente. Una ola de indescriptible horror rodeó a Puerto Plata, una atmósfera de espeso pánico le cubrió.

Probablemente nadie en mucho tiempo podrá hacerse una idea definitiva del escenario de horror que aquí se vivió. Un tiempo de miedo, de enorme miedo, gravitó sobre Puerto Plata: aquellos largos meses, casi un año, se podría decir que fue toda una edad de miedo. Así como a lo largo de la Historia se han visto períodos concretos que pueden calificarse con propiedad de edades del miedo, así mismo en Puerto Plata se vivió esa edad de miedo a que me refiero; un tiempo de tan excesiva preocupación que no permitía escapar a las obsesiones paranoicas, en verdad de tan excesiva preocupación que superaba a los presentimientos de cualquiera.

A pesar de haber llevado una vida con fe rotunda, ese cura, al cual yo asistía en el edificio de la Iglesia Católica, dejaba entrever que él mismo estaba lleno de miedo por otra versión de lo extranatural, pues en sus misas empezó a filtrar sermones espantosos que trasladaban a los feligreses al mundo de eso, de lo espantoso, al hablar superficialmente de las cosas espantosas que estaban ocurriendo y se quedaba en esa superficialidad hablando de que algo terrible estaba ocurriendo y que ese algo terrible se estaba cebando en los pobres mendigos, lo cual tendía a provocar todas las conjeturas en la población.
El cura tenía su espíritu inundado de terror precisamente porque él había sido la primera persona en darse cuenta de las desapariciones sistemáticas de los pordioseros que acudían a la iglesia a buscar la ayuda de los pudientes cuando estos salían de dicha iglesia, lo mismo que cuando cada fin de mes se apersonaban directamente al salón donde dicho cura párroco les hacía objeto de lo que él denominaba una entrega mayor de ayuda.
Las terribles consecuencias de la ceguera de quienes debían de velar por la seguridad y la tranquilidad de la ciudad, precisamente por el precedente de Los Mameyes y de lo que estuvo aconteciendo posteriormente y que es a lo que me estoy refiriendo, llevaba a que la voz pública acusara a las autoridades de imprevisión y negligencia.

Un terror angustioso recorría el espinazo de cada uno de los habitantes de Puerto Plata, quienes vivían impregnados en inquietud por el futuro de lo que pudiere acontecerles.
…Alguien notó algo …Alguien vio algo…: ¡El mismo cura!: De tanto cavilar y analizar en torno a las desapariciones en cuestión se dio cuenta, llegó a la conclusión de que cada uno de los mendigos desaparecidos la última vez que habían sido vistos por él lo había visto en compañía del siguiente en desaparecer y que se había producido una especie de cadena en ese sentido.

Siempre en la entrega mayor que se producía a fin de mes veía por última vez al que desaparecía casi de inmediato con el próximo en desaparecer el próximo fin de mes tras la entrega mayor.
Un examen en retrospectiva de lo ocurrido en aquel salón donde él dirigía las entregas mayores a los pordioseros le permitió a dicho cura apreciar la panorámica de la secuencia de las desapariciones y, por ende, ese detalle concreto que obviamente parecía ser muy significativo.

Creyendo tener algo concreto que quizás podía ayudar a solucionar el misterio de aquellas desapariciones de esos pobres infelices, el cura se dirigió al Departamento de Homicidios del Cuartel Central de la Policía Nacional que es donde se ocupan de investigar las desapariciones de personas. Me pidió que yo lo acompañara.

Allí comenzó narrándole al oficial de turno:
-Todo esto de las desapariciones de los mendigos, que le vengo a denunciar formalmente, comenzó cuando apareció un mendigo al que nunca había visto; había algo siniestro en su persona, su presencia me produjo una repugnancia psicológica instintiva. Su aparición se produjo en la entrega mayor del día treinta (30) del mes de Enero de este año.

Noté que dicho mendigo (que fue el primero que desapareció) trataba de ocultar su cara de la luz diurna lo más posible ya que la tenía rodeada de pedazos de tela blanca que se la envolvían, casi como si fuera una momia, también las manos las tenía rodeadas del mismo material; es decir, su cara y sus manos estaban cubiertas por una especie de venda. Unos lentes obscuros le cubrían los ojos y usaba un sombrero bastante desaliñado que en ningún momento se quitó a pesar de estar dentro de la iglesia. Yo no le llamé la atención porque pensé que podía estar sufriendo alguna enfermedad (como lepra, quizás, o alguna otra de la piel) que ameritaba que él tuviese la necesidad de protegerse así o de que hubiese sufrido quemaduras.

Pero a pesar de yo tener una formación totalmente humanística cristiana y de estar acostumbrado a tratar personas con graves problemas de salud algo extraño me inquietaba al verlo, no sabría explicar a qué se debía ese estado de alerta mío respecto de ése mendigo…
El mendigo desconocido se fue de la entrega mayor con otro mendigo, con «Charly Chancleta«, y el desconocido nunca volvió, desapareció, pero como nunca antes lo había visto y nunca había tenido contacto alguno con él, me fue, se puede decir, un poco indiferente o, mejor, pasable, su ausencia, ya que con anterioridad él nunca había ido a la iglesia, es decir, repito, era un desconocido.

El segundo desaparecido fue «Charly Chancleta«, es decir, el que el mes anterior se había ido con el mendigo desconocido; la última vez que lo ví «Charly Chancleta«se fue del salón con el mendigo «Guido Tambor«.
El tercer desaparecido fue«Guido Tambor«, la última vez que lo ví se fue del salón con el mendigo «Luis El Bombero«.
El cuarto desaparecido fue «Luis El Bombero«, la última vez que lo ví se fue del salón con el mendigo «Quintino Piedra Veloz«.
El quinto desaparecido fue«Quintino Piedra Veloz«, la última vez que lo ví se fue del salón con el mendigo «Lucio Zapote«.
El sexto desaparecido fue«Lucio Zapote«, la última vez que lo ví se fue del salón con el mendigo «Marcos Truenaduro«.
El séptimo desaparecido fue «Marcos Truenaduro«, la última vez que lo ví se fue del salón con el mendigo «Martín El Escobazo«.
El octavo desaparecido fue «Martín El Escobazo«, la última vez que lo ví se fue del salón con el mendigo «Federico El Malo«.
El noveno desaparecido fue«Federico El Malo«, la última vez que lo ví se fue del salón con el mendigo `Anatolio El Despabilado«.
Y el décimo desaparecido fue «Anatolio El Despabilado«, la última vez que lo ví se fue del salón con el mendigo «Luisín El Choto«.

No fue sino recientemente que, analizando yo esto de las desapariciones, noté que quien volvía era el próximo en desaparecer.

Igualmente puedo decirle que también noté que cada uno de los desaparecidos al volver a ser vistos por última vez trataban de ocultar su cara y sus manos de la luz diurna aunque en la medida en que volvía a ver por última vez al último que desaparecía notaba que la cantidad de esfuerzo con telas de protección se hacía menos notoria en comparación con la cantidad de telas usadas por el inmediatamente anterior, como si se tratara de una progresión de cura de alguna enfermedad, lo único que esto se daba en personas diferentes.

-¿Con quién dice usted vio al último desaparecido? -le preguntó el oficial policial investigador cuando él fue a informar a la policía de las desapariciones de los diez (10) mendigos y del detalle concreto percibido por él-.

El padre le respondió con precisión la pregunta:

-Con «Luisín El Choto«.
-Entonces Padre, siguiendo esa lógica de ese hilo conductor descubierto por usted, eso podría significar que este próximo fin de mes haya otra desaparición y que por ello sobre ése último en ser visto por usted es que debemos centrar nuestra atención y vigilancia ya que si esa lógica que usted sugiere es cierta ése mendigo «Luisín El Choto« va a aparecer y se irá con otro mendigo. Mire lo que vamos a hacer: nosotros aquí en la Policía Nacional nos vamos a centrar en lo inmediato en confirmar las desapariciones de los últimos nueve mendigos -ya que usted nos dice que no sabe quién era el primero de los diez y, por tanto, no sabe de dónde procedía- inmediatamente usted nos suministre los datos de las direcciones de los sitios donde ellos pernoctaban respectivamente y ya que el fin de mes está tan próximo, a apenas un día de por medio, le sugiero que en el interín usted coordine con el utilitis de la iglesia, que está aquí con usted, que lo ayuda a usted en la distribución de la entrega mayor a los mendigos para que cuando aparezca «Luisín El Choto« entonces éste utilitis lo siga discretamente con el otro mendigo que se vaya con él -si es que su tesis se da- para ver hacia dónde se dirigen y qué cosa es lo que sucede y entonces usted nos informa de lo que él pueda ver al seguirlos. Si estimo relevante la información que usted me suministre a partir de ahí entonces veremos qué cosa vamos a hacer, qué pasos vamos a dar. –le dijo al cura el oficial investigador que lo interrogó-.
Llegado el día y el momento de la entrega de ayuda mayor a los pordioseros de la ciudad en la iglesia, el cura y yo centramos nuestra visión sobre «Luisín El Choto« pero tratando de disimular tal cosa lo más posible, todo a la espera de ver con cuál de los otros pordioseros «Luisín El Choto« entablaba conversación y se iban juntos.
El indigente «Luisín El Choto« era conocido como alguien de poca fuerza de voluntad y de poco ánimo, se le estimaba como tímido y en gran medida débil de espíritu.
«Luisín El Choto« entabló conversación con «Juan El Arrancado« y se quedó a su lado, al ver lo cual el cura me hizo una seña discreta para recordarme que si dicha pareja de pordioseros salía junta yo inmediatamente la siguiera a una distancia prudente. En efecto, la pareja de pordioseros salió junta y yo procedí a esperar que transcurrieran algunos segundos en su avance para evitar que «Luisín El Choto« se diera cuenta de que él y«Juan El Arrancado« estaban siendo acechados.
Transcurridos los seis (6) segundos que les concedí para marcar discreta distancia, yo salí al callejón de la parte Sur de la iglesia no viendo allí a nadie, por lo que procedí a correr hacia la esquina del callejón con la calle Separación y una vez allí ví en ambas direcciones de dicha calle, es decir, en dirección Norte y en dirección Sur y no ví a los dos mendigos, razón por la cual desandé mis pasos corriendo hacia atrás, hacia la esquina del callejón con la calle José del Carmen Ariza y una vez allí ví en ambas direcciones de dicha calle, es decir, en dirección Norte y en dirección Sur y tampoco ví a los dos mendigos, por lo que me sentí muy extrañado debido a la poca velocidad del caminar que ambos mostraban, y, por ello, pensé que quizás ellos no habían tomado dirección hacia ninguna de esas dos calles, que probablemente se quedaron cerca como lo sería dentro del salón de misas de la iglesia, por lo que procedí a entrar a dicho edificio y allí tampoco los ví; igualmente salí por la puerta lateral de la iglesia que conduce a la calle Duarte y desde allí no alcancé a verlos por ningún lado. Razoné que no podía ser que hubiesen desaparecido tan rápido debido a la edad de ambos y a su característico lento caminar y pensé si acaso fueron al sitio que más improbablemente pudieron haber ido: al garaje de la iglesia, que siempre permanecía abierto, por lo que encaminé mis pasos hacia allí, pero sin esperanza alguna de encontrarlos ahí. No obstante, entré al garaje y una vez en él procedí a recorrerlo, no ví a los dos pordioseros, pero al acercarme a la arboleda de espinas me aproximé lo más posible a ella y alcancé a ver allí, dentro de la misma, una camisa, la misma camisa que esa tarde había visto usar al mendigo «Luisín El Choto«, por lo que busqué un palo en los alrededores que me permitiera tratar de abrirme paso entre las espesas y punzantes ramas llenas de espinas y tomar la camisa encontrada para llevársela al cura; al proceder a capturar la camisa con el palo pude apreciar lo que parecía ser una portezuela de piedra muy disimulada tanto por su propia naturaleza de piedra del mismo tipo de la pequeña pared natural de piedra como por las espesas ramas de espinas que la tapaban. Inmediatamente logré tener en mis manos la camisa en cuestión y confirmar que aquello que estaba viendo era efectivamente una portezuela sumamente disimulada, procedí a volver rápidamente al salón donde estaba el cura en su labor benéfica habitual de fin de mes. Con discreción le informé todo al cura y le mostré la camisa.
-¿Una portezuela entre la pared de piedra y tapada por la arboleda de espinas? ¿Cómo va a ser? Yo tengo seis (6) años como Cura aquí y nunca he sabido de que ahí exista portezuela alguna. ¿Y tú no entraste por la portezuela? -me preguntó y me dijo el Cura-.
-No, ni intenté abrirla, me limité a comprobar que real y efectivamente era una portezuela, pura y simplemente. Yo tampoco tenía conocimiento de que ahí en el garaje existía portezuela alguna, al igual que usted jamás sospeché algo así. Esa portezuela y la aparición de la camisa de «Luisín El Choto« creo que es lo que explica que «Luisín El Choto« y «Juan El Arrancado«, podría decirse, desaparecieran como si desaparecieran entre las sombras. –le contesté-.
Ese seguimiento fue lo que dio lugar a ese descubrimiento de esa portezuela de la pequeña pared de piedra natural muy bien tapada por unos espesos matorrales de espinas que siempre habían estado ahí y sobre los cuales nunca se prestó atención alguna debido a que por reacción natural de evitar las espinas cualquiera tendía a alejarse de entrar en contacto con dichas espinas.
-Cuando yo termine con esta actividad, que ya sólo me falta entregarles bultos de ayuda a tres mendigos, inmediatamente iremos a ver esa portezuela. –me dijo el cura-.
Terminada la actividad benéfica dirigida por el cura éste procedió a localizar una linterna y un machete y me dijo que le llevara al sitio concreto donde estaba la portezuela. Una vez frente a la arboleda me pidió que con el machete desmontara parte de la arboleda para abrir un espacio de acceso un poco más grande a la portezuela. Ejecuté la orden del cura y una vez ambos frente a la portezuela disimulada el cura procedió a empujarla produciéndose un opaco sonido pesado de crujido paralelo a dicha apertura y pudiendo apreciarse la obscuridad allí existente, por lo que el cura encendió la linterna y enfocó hacia abajo pudiendo apreciarse la existencia de una escalinata de piedra que conducía hacia un espacio ligeramente amplio, pudiendo escucharse un sonido de agua fluyendo, como si por ahí pasase algún riachuelo, pero el cura no se atrevió a introducirse allí ni solo ni acompañado porque sintió temor de encontrarse con algo desconocido no dominable por nosotros y prefirió contactar al oficial investigador para informarle de lo que había sido descubierto. Yo tampoco hubiera entrado ahí ni solo ni acompañado, por suerte el cura no llegó a darme la orden en ese sentido.

El oficial policial había terminado de verificar cada una de las direcciones de los nueve mendigos conocidos desaparecidos y que efectivamente éstos estaban desaparecidos, pues jamás volvieron a los respectivos lugares donde acostumbraban dormir. La desaparición de ellos era ya algo oficial y la llegada del oficial policial al Departamento de Homicidios coincidió con la llegada del cura y mía al edificio policial. En su oficina el oficial policial escuchó los detalles que le dio el cura y se pusieron de acuerdo con juntarnos al otro día para dicho oficial investigador proceder a examinar el laberinto que había sido descubierto.

Al día siguiente el oficial investigador estaba junto con el cura y conmigo, y los tres con linternas procedimos a examinar lo que hubiese entre las tinieblas de aquella poza, sima o tapada especie de socavón artificial; entramos por la portezuela disimulada y fuimos bajando por los escalones de piedra para desentrañar el secreto allí existente.

Llegados al punto o explanada ligeramente amplio pudimos ver las ropas andrajosas que el cura y yo reconocimos de inmediato eran las que usaban respectivamente todos los mendigos desaparecidos. Enfocamos nuestras linternas en dirección Noroeste y no se veía el final del túnel, pues aquello era efectivamente un túnel, pero sí pudimos apreciar que había un afluente de agua que venía desde el Este; el cura dijo que ese afluente tenía que proceder del Río Los Mameyes que era el que quedaba más próximo a aquel lugar. Inmediatamente el cura dijo esto a los tres nos vino a la memoria el recuerdo de la criatura descubierta en el Río Los Mameyes y que las autoridades militares no hacía mucho tiempo habían estado tratando de localizar infructuosamente, por lo que entrados en miedo decidimos salir de aquel lugar lo más rápido posible pensando que probablemente habíamos cometido una grave imprudencia bajando solos nosotros tres ahí.

El cura pensó que era prudente enterar al Gobernador. Noticiado el Gobernador de la Provincia sobre el túnel recién descubierto, dicha autoridad llamó por teléfono a uno de los escasos historiadores locales para que con carácter de urgencia se sumara a la reunión que en ese momento tenía con el oficial investigador, el cura y yo que era el utilitis y mandadero de la Iglesia Católica.

Una vez incorporado a aquella reunión y habiendo escuchado lo que escuchó, el historiador comentó:
-Ustedes han descubierto algo que por siglos se dudó sobre si existía o no: ese túnel ha sido buscado por numerosos historiadores locales y ninguno nunca encontró el más mínimo rastro del mismo. Por suerte ando con mi laptop y ahí tengo una buena cantidad de datos sobre el particular. Fíjense: el último dato que se tuvo al respecto quedó registrado a raíz de un programa que hicieron el historiador puertoplateño Rafael Brugal Paiewonsky (Fifo), el Dr. Luis Senior y el Dr. Neil Finke (abogados) y el Dr. Otto Bournigal (médico) quienes fueron entrevistados de manera conjunta por el periodista Carlos Acevedo -todos fenecidos- y en el que el Dr. Neil Finke se refirió al túnel. El productor del programa, que simultáneamente era director del Periódico El Porvenir, transfirió los datos que se manejaron en dicho programa a dicho periódico físico El Porvenir publicando la siguiente noticia que le muestro por la digitalización que tengo de la misma.

La noticia que nos mostró el historiador tenía por título: «En el hoyo del Pié del Fuerte existió vena de agua que usaron los españoles« y su contenido decía:
«En el hoyo del Pié del Fuerte hubo una vena de agua dulce que fue usada por los colonizadores españoles, según una revelación hecha por el abogado e investigador histórico, doctor Ney Finke. Tras rechazar una versión muy socorrida en Puerto Plata de que, en el citado hoyo hay un túnel que se traslada hasta el templo católico San Felipe, el jurista dijo que se hacen muchas fábulas sin base y sin fundamento sobre ese asunto. Si existiera una obra subterránea allí es seguro que el dato estuviese consignado en algún lugar, dijo Finke y mencionó el Archivo de Indias, donde dijo no existe ninguna información a ese respecto. Sobre ese mismo tenor consideró que una obra monumental como un túnel en ese lugar cercano a la fortaleza, hubiese costado mucho dinero aún en el tiempo en que hipotéticamente se realizara la obra. Pero aquí no se disponía de esos recursos, dijo Finke, ni existía tampoco la tecnología para hacer obras de esa naturaleza. Señaló que tampoco se han encontrado vestigios de túneles ni nada parecido en las cercanías del Fuerte San Felipe. El jurista quien participó en un panel para relatar anécdotas históricas junto a los doctores Luis E. (sic.Senior.GC) y Otto R. Bournigal, así como Rafael Brugal P. por la emisora la (sic.La.GC) Voz del Atlántico, resaltó el hecho de que el hoyo del Pié del Fuerte, sirvió como elemento positivo para Puerto Plata, ya que desde allí se extrajo caliche que fue usado en la conformación de muchas calles de esta ciudad. Antes de que existiera el cemento asfáltico, dijo lo que se usaba para arreglar las calles de esta ciudad era el caliche amarillo de ese hoyo. Pero en lo referente a la historia de ese hueco en la superficie de la tierra, el doctor Finke recordó que le sirvió a los españoles que ocuparon el Fuerte San Felipe, ya que había una vena de agua dulce que era aprovechada por los colonizadores.«
Se trata, como ustedes ven, de una publicación de El Porvenir -dirigido por Carlos Acevedo (la noticia no tiene nombre del autor, por lo que se infiere claramente que fue escrito por él, quien a la vez era quien producía ese programa de radio en la radio-emisora La Voz del Atlántico, que se cita en dicha noticia-, que corresponde al Año 119, Núm. 120, (Etapa de Renacimiento), semana del 12 al 19 de Agosto, 1991, página No. 11. Se refiere al hoyo que en cierta época era llamado como «La Cueva de los indios«. Hay que acotar que la indicación de que «ocuparon el Fuerte de San Felipe« corresponde a una época posterior dentro de la colonización. Si realmente allí había la tal fuente de agua eso correspondería a los comienzos de la fundación de la Villa de Puerto de Plata, siendo necesario aclarar que al Este muy próximo a dicha recién fundada Villa corría el agua del Río de Los Mameyes, el cual lo sigue haciendo al día de hoy, pero en forma, en gran medida, subterránea, por haber edificaciones a lo largo de su trayecto para desembocar en el mar. El descubrimiento hecho por ustedes revela que el Dr. Neil Finke omitió que aún en la Edad Antigua los romanos hacían túneles de mina en montañas y por debajo de montañas en España, no obstante existir para esa época una tecnología muy atrasada, comparativamente.
El historiador local siguió diciendo:
-La preocupación que tengo es la misma que ustedes albergan: que el monstruo que fue descubierto en Los Mameyes sea lo que esté ahí, pues nunca se le pudo localizar. Yo creo que lo prudente es que se contacte a la autoridad militar local para que los acompañe a ustedes en la exploración de ese túnel, pues no se sabe si esa cosa está ahí o no.
Todos coincidieron en ello y en que hasta que no se hubiese conformado un buen bloque de búsqueda nadie ingresase a aquel lugar.
A partir de ahí la agitación alcanzó extremos de vertiginosa locura, pues el cura cometió la imprudencia de comentar lo descubierto en el sermón de ese día y si bien tuvo la cordura de omitir mencionar la sospecha de que aquella criatura perseguida posiblemente estaba allí, no obstante los feligreses comenzaron a conectar indicios apuntadores hacia aspectos siniestros del mismo modo que con gran facilidad lo hizo el historiador.
Podría decirse que casi la totalidad de la población actual de Puerto Plata desconocía la leyenda que con el paso del tiempo se mantuvo disminuyendo de lectores y oidores de la misma prácticamente hasta la década de mil novecientos cincuenta, época en que el dato sobre dicha leyenda pasó al círculo cerrado y muy estrecho de los escasísimos colectores de datos históricos o ejercedores ocasionales de autores de la Micro Historia de Puerto Plata y de narrativas de leyendas locales.
Quienes durante diferentes épocas respectivas se dedicaron a verificar si esa leyenda era tal o si, por el contrario, se correspondía con la realidad, lo hicieron buscando con toda la meticulosidad posible en el entorno de la vieja fortaleza colonial de San Felipe de Puerto Plata desde las rocas negras rompientes que se alzaban contra el mar embravecido que hacía escuchar el profundo rugido de sus aguas pertenecientes al Océano Atlántico, también en la mismísima llamada «Cueva de los Indios« y hasta los alrededores del lugar donde luego los estadounidenses, al proceder a la ocupación militar de mil novecientos dieciséis (1916), construyeron un local militar próximo a dicha fortaleza colonial.
El dato en cuestión, que, como he dicho, provenía desde la época de la colonización española y versaba sobre la existencia de un túnel que supuestamente conectaba el lugar próximo a la playa donde comenzaba el túnel con la Iglesia Católica, saltó nuevamente a escena, podría decirse que prácticamente de manera abrupta o violenta por la rapidez del brinco de la misma a dicha escena de la opinión pública local.
Ese salto repentino al escenario de la opinión pública local, se debió a esos acontecimientos inquietantes, perturbadores, de que se tuvo conocimiento que tuvieron lugar en la pequeña ciudad.
Esos acontecimientos perturbadores que mantuvieron en vigilia a aquella población, pues, motivaron el que aquel dato fuese prácticamente desenterrado y dado a conocer al público por el cura a raíz de aquél micro historiador local confirmar la búsqueda en el tiempo de ese laberinto.
Siete días se tomó conformar el bloque de búsqueda que finalmente quedó compuesto por treinta (30) hombres a la cabeza del cual estaba el cura; solo él y yo éramos los únicos que no teníamos adiestramiento militar alguno, pero a diferencia del cura yo pedí que me entregasen un arma de fuego y el oficial investigador, que se puso a la cabeza de dicho bloque de búsqueda, me facilitó una pistola Smith & Wesson quedándose él con otra igual; los militares, que eran del Ejército Nacional y dentro del mismo fueron seleccionados por pertenecer a diferentes grupos élites, por su parte, portaban cada uno una ametralladora Thompson, pero a pesar de ello todos los integrantes del grupo, sin excepción, desde el cura hasta el más valiente de los militares estábamos llenos de miedo desde los pies hasta la cabeza. Nos introdujimos en aquel túnel, linternas en manos, bajando por la ya expresada escalinata de piedra, con el fundado temor, por lo que sabíamos de los acontecimientos aquellos de Los Mameyes, de la posibilidad de encontrarnos con alguna bestia obscura, con algún engendro instalado en la negrura vasta de las profundidades remotas y hasta entonces prohibidas de aquel túnel sepultado por el olvido. Por todo lo que habíamos hablado antes de penetrar allí, nuestras mentes pensaban en un ser monstruoso e inconcebible que para nosotros se había convertido en una pesadilla viviente lo mismo que para el pueblo de Puerto Plata al cual le habían llegado los datos de lo descubierto y de lo que se esperaba encontrar allí: algún engendro, algún engendro maldito con alguna forma incómoda de concebir y de nombrar. Las cabezas de nosotros los buscadores estaban pobladas, sobrecargadas, de imágenes absurdas, pero también aterradoras, enormemente aterradoras, horrorosas.
Apenas tras entrar al sombrío túnel que se abría bajo nosotros, cuando íbamos bajando los escalones de entrada, mientras nuestros ojos apenas se acostumbraban a la penumbra, los buscadores escuchamos provenir desde dicha penumbra espesa un leve sonido totalmente desconocido, un zumbido que luego se transformó progresivamente en rumor, en clamor y fue subiendo en intensidad hasta que terminó en bufido, todo lo cual nos puso la carne de gallina.
Cada uno de nosotros, los individuos conformantes de ese bloque de búsqueda, preferíamos no estar ahí: el miedo, un miedo inmedible, nos roía. Realmente no queríamos estar detrás de la naturaleza diversa, detrás de la exploración de la identidad de lo que sospechábamos estaba ahí; no queríamos encontrarnos con la silente forma que había logrado sobrevivir a la búsqueda que hacía algún tiempo atrás un amplio despliegue militar había lanzado contra ella; no queríamos encontrarnos con un obscuro caminante, evidentemente proveniente de algún lugar totalmente desconocido; no queríamos encontrarnos con la siniestra, informe y formidable criatura de cuyas características iniciales sólo habíamos oído hablar a medias y que al parecer era maestra del desenvolvimiento silencioso, cambiante e invisible y que de esa misma manera era una amenaza, pues ya se sabía que en este mundo estaba acudiendo a engañadoras formas.

Afuera, donde se había filtrado la noticia de la operación de búsqueda ahora robustecida por el visible aparataje de militares armados cuando nos disponíamos a realizar esa introducción a aquel lugar, lo que se oía decir o comentar era:
-Van a buscar en un túnel viejo que se ha descubierto. He oído que buscan un ser que no se sabe lo que es y que ha hecho desaparecer a diez mendigos a los cuales parece que usó para alimentarse de éllos. Se cree que es la criatura de Los Mameyes lo que está ahí dentro y que esa criatura tiene la habilidad de cambiar de aspecto.
Así, pues, no era que ese cortejo de buscadores estuviese ahí porque le era placentero estar ahí; estábamos ahí decididos de manera forzosa a investigar el horror o los horrores y pesadillas que pudiera depararnos el subterráneo histórico devenido siniestro; no era que ese cortejo de buscadores estuviese decidido a por placer descifrar el misterio plantado en el seno de aquel pueblo: era el horror mismo lo que nos impelía a movilizarnos y a actuar unidos, el miedo a eventualmente sufrir la misma suerte de los mendigos o a que igualmente pudieran sufrirla nuestros parientes. Por eso caminábamos con lentitud y con un enorme miedo a través de ese lugar profundo, escrutando la obscuridad, haciéndonos partícipes de semejante obscuridad desterrada poco a poco por el avance de nuestras linternas, estando lo más alerta posible en aquella obscuridad, a la espera de escuchar cualquier eco moribundo que pudiese provenir quizás del final del túnel, cuya largura realmente desconocíamos; no sabíamos la profundidad de aquel abismo y el mismo nos daba miedo por lo que pudiésemos encontrar en él, algo antinatural, algo extraño, escondido ahí, agazapado en la obscuridad.

Las densas sombras de aquel túnel, los montoncillos de polvo negro, la ausencia de hedor a moho y a humedad que debía de ser característico de cualquier escondrijo bajo tierra, nos hacía incrementar cada vez más la sospecha de la posibilidad de encontrarnos con el mismo horror de Los Mameyes, nos convencía de que eso mismo era lo que estaba habitando en ese increíble abismo.
En la medida en que avanzábamos fueron apareciendo otros pequeños obscuros túneles y tortuosas pequeñas galerías secretas a los lados que eran igualmente desconocidas , algunas obstruidas, quién sabe porqué razón y de quién, acaso, fue esa razón.

El cura, aunque tembloroso como todos, estaba junto a la cabeza de aquel grupo armado que lo era el oficial policial investigador, pero, excepto el cura, todos estábamos armados.
Por la posibilidad de encontrarse el grupo ahí con algo digno de los abismos del infierno esa sugestión le hacía decir al cura con cierta frecuencia:
-No sé si es el miedo o qué lo que me hace decir esto, pero siento la presencia de lo que está aquí, la siento a veces a mi espalda, otras veces a los lados y otras veces al frente. Lo que siento es una presencia obscura, sumamente inquietante; siento que algo espantoso está a mi alrededor. Lo que eso sea está recluído en estas profundidades de la tierra. Siento un escalofrío enorme y que las rodillas se me debilitan.
-No es usted solamente padre el que siente eso, también yo lo siento. –decían otros del grupo, con voz apreciablemente temblorosa-.
-Tengo miedo de cualquier cosa que pueda estar acechándonos en la obscuridad.
-manifestaban ocasionalmente otros-.

El oficial policial investigador de cuando en cuando expresaba que los miembros del grupo, incluyéndose él, se volverían locos si de entre las sombras surgía lo que se imaginaban que estaba ahí abajo.
Todos pensaban que el horror que tenía al pueblo y a ellos mismos en pánico desbordado venía de aquí abajo. Que las cosas extrañas ocurridas hace algún tiempo atrás en Los Mameyes y ahora con los mendigos en pleno centro de la ciudad era una misma cosa y que esa cosa se había refugiado ahí abajo. Estaban seguros de que transitaban a través de la grieta que durante cierto tiempo había sido su morada y de que tenían que asegurarse de capturar o matar lo informe o lo que hubiese adoptado a voluntad cualquier forma o, en fin, lo siniestro que hubiese en esa obscuridad subterránea.

-No obstante el miedo que podamos estar sintiendo es deber nuestro monitorear este túnel, rastrear lo que sea que esté aquí y darle caza. El peligro que hay aquí es impredecible, no sé bien lo que es, apenas lo sospecho, pero aquí mora un peligro mortal no sólo para cada uno de nosotros que estamos aquí abajo, sino también para todos los demás que viven en Puerto Plata. –se escuchaba al oficial policial investigador decir con voz trémula de cuando en cuando-.

El grupo de aquéllos hombres que conformábamos, generalmente en silencio, en aquella cueva artificial inexplorada, esperaba que cualquier cosa horrorosa les fuera encima en cualquier momento desde esa invisibilidad, con las derivaciones o consecuencias psicológicas que no estaban en condiciones de analizar.
Nosotros no sólo transitábamos en un mundo subterráneo, sino que también descendíamos cada vez más y más hacia un miedo primitivo, nuestro recorrido estimulaba profundamente un miedo ancestral por la obscuridad, por los lugares profundos y, sobre todo, por lo desconocido. Nuestro recorrido, por el miedo, era un recorrido desesperado.

A pesar de haber recorrido una distancia considerable y a pesar del miedo extremo de que éramos presas todos, nosotros esperábamos atrapar o matar en lo profundo, en algún lugar de aquel sombrío túnel o en alguno de los igualmente obscuros y pequeños derivados laterales de aquella región subterránea lo siniestro que nos figurábamos de las más diversas formas.

Llegados a lo que evidentemente era el punto final de aquel túnel, sin haber vuelto a escuchar ruido o sonido alguno en todo el trayecto, sin haber visto absolutamente nada -por lo cual respirábamos un poco aliviados-, nos encontramos con unos escalones de piedra pequeños que ascendían hacia algún lugar. El oficial investigador le pidió al cura y a los demás que se hicieran a un lado para él poder ver a dónde daba la escalera de piedra que tenían frente a sí. El oficial policial subió aquella escalinata y llegado al punto en que su cabeza topaba con el techo de piedra empezó a forcejear, a empujar con fuerza hacia arriba hasta que lo que era claro que era una portezuela de madera con losetas de piedra muy bien pegadas trabada por la suciedad que el tiempo le había incrustado, cedió a sus impulsos violentos y se abrió hacia arriba encontrándose la sorpresa de que aquel túnel conectaba con el interior de la antigua fortaleza colonial de San Felipe de Puerto Plata. Todos salimos a través de dicha portezuela y al hacerlo pudimos apreciar que la portezuela también tenía el mismo tipo de losetas de piedra en su parte de arriba, obviamente para disimular que era una portezuela. En la medida en que cada uno salía de aquel mundo obscuro se desplomaba y se sentaba en el suelo de la fortaleza colonial no por fatiga física, sino por la tremenda tortura psicológica con que nos castigó el miedo indefinible que teníamos y que se apoderó de nosotros desde antes de entrar ahí. …Respirábamos aliviados, totalmente aliviados, de no haber sufrido, durante la sensación de eternidad del tránsito por ese túnel, el ataque de lo desconocido tras lo cual andábamos. Durante los minutos que permanecimos sentados respirando el alivio no nos dimos cuenta de que salimos de ahí transformados, hasta que uno de los militares dijo con gran tono de sorpresa:
-¡Ooh, pero ven acá, todos ustedes tienen los cabellos blancos!
Y otro de los militares le respondió:
-¡Tú también tiene los cabellos blancos!
Nos quedamos viéndonos todos a las cabezas de los demás comprobando así que habíamos entrado a aquel túnel con nuestros cabellos negros y que habíamos salido con nuestros cabellos blancos como si al transitar por ese túnel hubiéramos viajado a través del tiempo.

Evidentemente aquel zumbido que se escuchó cuando entramos y que luego se transformó progresivamente en rumor, en clamor y terminó en bufido, fue la expresión de molestia de lo perseguido por sentirse descubierto y fue cuando se dio a la fuga siguiendo la ruta del pequeño afluente del Río Los Mameyes que penetraba allí.
…El encargado de la custodia de aquel patrimonio cultural de la localidad que es la fortaleza colonial de San Felipe de Puerto Plata vio con gran sorpresa como este lote de personas que nosotros conformábamos salía sin haber entrado frente a él.

Todo parecía indicar, repito, que «el fugitivo« o «lo fugitivo« se había escapado por la parte por donde entra algo del agua del Río Los Mameyes, que está en uno de los laterales de aquel túnel, «por temor« a ser cazado, que no había desdeñado ningún medio posible de escape, que había encontrado una salida que conocía al dedillo.

El oficial investigador le comentó al cura:

-Padre, yo he llegado a mis propias conclusiones que se las voy a expresar ahora mismo: parece ser que ese monstruo es un engendro estelar, un engendro proveniente del Cosmos exterior, venido desde las profundidades del Universo, y que ha evolucionado, que ya no está en la fase en que lo describió el profesor Lagombra cuando éste narró lo que pasó en el Río Los Mameyes, que esa criatura del espacio exterior tiene capacidad de replicación y por eso puede adoptar la forma humana como obviamente la llegó a adoptar, de eso es que nos habla la desaparición de esos mendigos, a los cuales respectivamente fue usando para alimentarse e inmediatamente pasó a adoptar la respectiva forma de cada uno de ellos, que eso último integra parte de un mecanismo natural de defensa de su especie para tratar de evitar ser detectado o descubierto; es decir, parece que tiene una naturaleza diversa y cambiante.

Con toda probabilidad ahora mismo anda por la ciudad «disfrazado« con la forma de un ciudadano cualquiera al que haya usado para alimentarse y al que consiguientemente haya replicado como lo hizo con esos mendigos desaparecidos, para más adelante chuparse a otro ciudadano para poder sobrevivir (que para mí es lo que hace); parece ser que tiene una capacidad de fabricación hábil de identidad o imagen, que por ello tiene una gran capacidad de adaptación al entorno. Es posible que de ahora en adelante sus próximas víctimas no sean marginados, sino cualquier otra persona ya que sabe que descubrimos el modus operandi que vino materializando.

…Unos (5) cinco días después, lejos de allí, pero también en pleno centro de la ciudad, como a eso de las once de la mañana, el Sol consumía a una persona que yacía en el suelo en medio de terribles convulsiones como si sufriera terribles consecuencias por efecto del Sol sobre ella: se derretía como si fuera una gelatina y, en efecto, se derritió como una gelatina temblorosa mientras a su alrededor tenía un cerco de ciudadanos locales curiosos y horrorizados que se empujaban entre sí tratando de ver aquel extraño y horripilante espectáculo de alguien convertirse en un extraño líquido viscoso en plena calle. Le tomaron fotografías…

…Enterado el cura del acontecimiento procedió a mostrarme las fotos que le enviaron y a comunicarse de inmediato por teléfono con el oficial investigador para comunicarle el extraño hecho y le comentó:
-Le estoy enviando unas fotos y el lugar donde eso ocurrió. Parece ser que lo que buscábamos apareció; a lo que usted me dijo el otro día que eran sus conclusiones yo le añado las siguientes apreciaciones mías, pues para mí el rompecabezas ha terminado de completarse: que parece ser que eso que buscábamos no tuvo tiempo de lograr hacer una buena replicación para poder sobrevivir; que parece que la criatura tenía un ciclo de nutrición de treinta (30) días, que después de alimentarse permanecía inactiva y eso era lo que explicaba que se apareciera cada mes a la entrega mayor que hacía la Iglesia para ahí buscar a su próxima víctima y que lo de colocarse trozos de tela que le cubrieran la cara y las manos obedecía a que el Sol le era pernicioso durante algún tiempo. Parece ser que esta vez algo inesperado le sorprendió y sus cálculos de sobrevivencia respecto del Sol le fallaron, algo inesperado ocurrió, no sé concretamente qué, pero parece que algo se le salió de su control.

Ese día el cura me comentó que con ese cúmulo de experiencias por las que él había pasado la mente de él había terminado de ensancharse, que ahora tenía una mayor amplitud de miras de las cosas, que espera le sirva de mucho porque su mente había estado encajonada a una visión limitada del mundo y del Universo…

Leónidas Acevedo

Ayudante en la Iglesia Católica de Puerto Plata

Por Gregory Castellanos Ruano

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