RESUMEN
Siempre he dicho que la literatura tiene la facultad de ponerte a viajar en el tiempo para hacerte testigo de excepción de acontecimientos reales o ficticios que tuvieron lugar en épocas en que ni tus abuelos todavía estaban nacidos.
Ese viaje es el que propicia la novela El Imposible Perdón, de Carmen Imbert Brugal, la cual se remonta a los 12 años de Balaguer, no sin antes sustentar su argumento con pinceladas de la dictadura como forma de poner en contexto al lector de cuáles fueron las causas de los hechos que relata.
Más allá de hablar de la trama y los mensajes que pudiera tener, más bien quiero detenerme en ponderar la limpieza y la belleza de la prosa que me hacen de momento pensar mientras leo que estoy ante una prosa poética pero que a veces deviene en poesía prosada.
Lo tal es que la escritura de Carmen, su ritmo, sus tiempos, la sublime precisión con que relata, me evocan un poco al estilo de Juan Bosch, pero con la diferencia que como es mujer, puede imprimirle una dulzura propia y una emocionalidad que, sin dejar de ser pragmática, mantiene un sentimentalismo poético que fascina.
En El Imposible Perdón, la autora deja ver el dominio que tiene de la narrativa y de la historia que relata, pudiendo jugar con transiciones en el tiempo con tanta efectividad que quien lee mantiene el hilo de la narración en todo momento.
Al mismo tiempo, nos muestra cómo se manejaba la sociedad dominicana en su interacción con el poder, sobre todo aquellos que tenían accesos privilegiados, haciendo un retrato del comportamiento y de lo que eran capaces de hacer aquellos que lo ostentaban para no perderlo, poniendo en evidencia que aquella sociedad dominicana no dista mucho de la de hoy, en cuanto al comportamiento con respecto al poder.
En ese orden, es grato saber que nuestra República Dominicana, que en los últimos 30 años ha tenido la mala fama de carecer de buena educación, paradójicamente ha parido y cuenta con unos escritores con la más alta calidad literaria imaginable.
Y no es que yo sea un experto evaluando la calidad de texto alguno y menos cuando de literatura se trata, sin embargo, tengo un medidor y es que cuando estás ante una obra que vale la pena, al sumergirte en ella entras de inmediato en un estado de flujo en el que el tiempo se te va y ni cuenta te das y te sientes hasta molesto cuando alguna obligación cotidiana, importante, pero intrascendente, te saca de ese trance en el que estás en tiempos que cada vez se hace más escaso encontrar creaciones artísticas que te sumerjan en ese estado de placer absoluto del aquí y el ahora.
Qué bueno es disfrutar de una literatura que hace sentir bien, que genera satisfacción, pero más aún, cuando puedes adicionar el orgullo de saber que quien escribe es una ciudadana dominicana, común y corriente, que sin ínfulas catedráticas o intelectuales, lleva su vida en paz con su entorno y su cotidianidad y que en cualquier momento puede sorprender con otra obra literaria de exquisita confección, como El Imposible Perdón.
Por Alfredo García
