RESUMEN
EL NUEVO DIARIO, BOLIVIA. -N. de R. la presente serie de reportajes fue escrita por una periodista que vivió (escondida en un baño) la toma de la Central Obrera Boliviana y el asesinato del líder socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz y de otras personas, cuando grupos de paramilitares bolivianos y argentinos tomaron ese local en el transcurso del golpe de estado del 17 de julio del pasado año en Bolivia.
«Lupe, que el comunicado se pase cada quince minutos» ‘ Nunca pensé que esas eran las últimas palabras que me dirigía Quiroga Santa Cruz, asesinado algunos minutos después al pie de la escalinata de la Central Obrera Boliviana (COB).
El comunicado que Quiroga quería que se transmitiese por todas las radios del país era la resolución del Comité de Defensa de la Democracia (CONADE) decretando la huelga general indefinida y el bloqueo de caminos. Durante los tres meses anteriores se había vivido entre el sofoco de los rumores diarios.
Cuando los rumores se acrecentaban. CONADE, presidida por la COB, se reunía para emitir comunicados y prevenir a las Fuerzas Armadas del país señalado que una nueva aventura golpista significaría un grave retroceso para la nación e incluso la posibilidad de una guerra civil y alertaba al pueblo para preparar la resistencia pasiva.
Días antes, en Santa Cruz, un movimiento similar fue sofocado por el pueblo cruceño que se defendió con palos y piedras. Esa mañana CONADE ‘se reunió en el local de costumbre para analizar la situación. El organismo estaba presidido por Juan Lechín O., líder obrero, y las secretarías se repartían entre el Parlamento, los partidos democráticos de izquierda, las iglesias. la Asamblea de Derechos Humanos y los sindicatos.
A las 10 de la mañana. CONADE decretó la huelga y el bloqueo pidiendo nuevamente a los militares no ensangrentar al país y solicitando el apoyo de la comunidad internacional para la defensa del proceso democrático boliviano.
Yo llegué a la COB a las 11:30 y esperaba la copia del comunicado. Se conocía que había planes de saltar al COB y nos disponíamos a dispersarnos, una vez firmado y distribuido el documento. La televisión estatal -que solía llegar tarde – se demoró una vez más. y esa demora se pagó muy cara: a las 11:35 llegaron los camarógrafos y retrasaron las firmas de los directivos de CONADE. Todo tuvimos que esperar.
UN ASALTO EN REGLA
A las 11:40 decidir llamar a mi jefe para anunciar mi retraso. No había alcanzado sino a saludar cuando una ráfaga de ametralladora me obligó a soltar el auricular y echarme al suelo. Al principio pensé que era como en el golpe de noviembre (1979), cuando las patrullas nos disparaban. Por eso me asomé a la ventana. hincada en el suelo. Divisé abajo cinco o seis ambulancias de la Caja Nacional de Seguridad Social. De ellas bajaron los paramilitares.
Las esquinas de acceso la Plaza Venezuela, frente a la COB, estaban ya corraladas por civiles armados. Eran en total unos 60. Nosotros éramos 30 o 35 y nadie tenían armas similar.
CONADE ‘se reunió en el local de costumbre para analizar la situación. El organismo estaba presidido por Juan Lechin O. líder obrero. y las secretarías se repartían entre el Parlamento, los partidos democráticos de izquierda. las iglesias, la Asamblea de Derechos Humanos y los sindicatos.
A las 10 de la mañana. CONADE decreto la huelga y el bloqueo pidiendo nuevamente a los militares no ensangrentar al país y solicitando el apoyo de la comunidad internacional para la defensa del proceso democrático boliviano.
Yo llegué a la COB a las 11:30 y esperaba la copia del comunicado. Se conocía que había planes de saltar al COB y nos disponíamos a dispersarnos, una vez firmado y distribuido el documento. La televisión estatal -que solía llegar tarde – se demoró una vez más. y esa demora se pagó muy cara: a las 11:35 llegaron los camarágrafos y retrasaron las firmas de los directivos de CONADE. Todos tuvimos que esperar.
UN ASALTO EN REGLA
A las 11:40 decidí llamar a mi jefe para anunciar mi retraso. No había alcanzado sino a saludar cuando una ráfaga de ametralladora me obligó a soltar el auricular y echarme al suelo. Al principio pensé que era como en el golpe de noviembre (1979), cuando las patrullas nos disparaban. Por eso me asomé a la ventana, hincada en el suelo. Divisé abajo cinco o seis ambulancias de la Caja Nacional de Seguridad Social. De ellas bajaron los paramilitares.
Las esquinas de acceso a la Plaza Venezuela, frente a la COB, estaban ya cortadas por civiles armados. Eran en total unos 60. Nosotros éramos 30 o 35 y nadie tenía armas. Estábamos reunidos en el piso tercero, porque el segundo, donde estaba el auditorio, fue destruido en noviembre por un dinamitazo.
Quedaban sólo cuatro habitaciones. En la del fondo estaban Lechín, Quiroga Santa Cruz y otros. Yo estaba en el cuarto del medio, junto a los periodistas y a dirigentes obreros y universitarios. En el tercer cuarto estaban los otros dirigentes de la COB y sacerdotes.
Cuando comprobé que era un asalto y no ‘simple amedrentamiento, escapé hasta el último cuarto, que no daba a la calle. Pegado a la pared permanecía Víctor Sossa, dirigente trotskista. Nos miramos asustados. En ese momento vi a Choque, dirigente minero, recorrer una mampara que dejó al descubierto un corredor semioculto. Corrí detrás de él y saltamos boquete dejados por el dinamitazo de noviembre. Alcanzamos el segundo piso, pero ahí ya estaban los paramilitares. Uno moreno, de cara cuadrada, me apunto con una metralleta. A donde va, carajo, suba arriba.
Otros gritos dando órdenes tenía el inconfundible acento guacho. Volví a repetir la hazaña atlética y de un zanco estuve en el tercer piso. De pronto divisé la puerta que sería mi salvación. Era un baño escondido. Entré ahí. Estaba oculto el dirigente de los bancarios. Al poco llegaron otros.
Cerramos la puerta. Escuchamos a Quiroga alentar a los presos para entonar el Himno Nacional. Serían las 12, poco más o menos. me asomé a la ventana para ver y Sanjinés me gritó: «imbécil, agáchate! Así me salvó la vida, porque dispararon y la bala rozó mi cabeza. incrustándose posteriormente en el techo.
Nos asustó un grito. Volví a asomarme por un huequito. Yacía muerto Gilberto Vega. dirigente minero. Hacia el otro lado yacían Quiroga, Flores y alguien más que hasta el momento ignoro quien era. Los Paramilitares cubrieron a Quiroga con un mantel blanco.
Alguien comenzó a vomitar y otros empezaban originaban, pero permanecíamos en silencio no acudió histeria en el grupo. Sanjinés aconsejo ponernos en la pared al lado de la puerta, pues empezamos que entrasen ametrallado, y caería los que estuvieses en la parte posterior.
«EL PUEBLO ESTA AQUI»
Cuando dábamos por segura nuestra caída, oímos gritos: «Salgan, salgan, el pueblo está aquí: Era como volver a nacer. Salimos y saltamos las vigas hasta llegar al patio. Vega yacía con el rostro desfigurado, los sesos le salían por el ojo. Los otros cuerpos ya no estaban. Grupos de universitarios y obreros hicieron un cordón de seguridad para que saliéramos.
Todos estábamos sorprendidos, anonadados. Junto a un fotógrafo comenzamos a recorrer las barriadas que se empezaban a hacer en todas las calles. Desde el segundo piso de la universidad una voz femenina entrecortada, convocaba a los estudiantes para organizar los grupos de resistencia.
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