RESUMEN
Cuando, encontrándome en un paraíso de antigüedades romanas, como los que tanto abundan en el viejo continente, llegó a mis manos una partitura decimonónica con la firma de Donizetti, el gran compositor dramático italiano famoso por su “elixir de amor”, no dudé en adquirirla, saciando mi pasión por coleccionar piezas antiguas relacionadas con mi país, y motivado por su delicioso título: “El furioso en la isla de San’ Domingo”.
Del furioso conocía poco. Contacté a mi amiga pianista Kathia, experta de música clásica, e inicié con ella una pesquisa para entender qué habría inspirado al gran Donizetti a nombrar semejante obra con aquel sugestivo título. El furioso, un melodrama en tres actos, se estrenaría en una lluviosa tarde de 1833 en el Teatro Valle de Roma, para luego recorrer con éxito los famosos teatros italianos. Todo indicaba que la motivación la recibiría del buen Ferretti, su fiel colaborador por aquellos años, un erudito que dominaba las lenguas, las buenas lecturas, y la cartografía, quien además trabajaba en una fábrica de tabaco. Era probable, pero no concluyente.
En la acelerada búsqueda de encontrar las motivaciones doniziana, llegó a nosotros don Carlo, un estudioso de sus obras, quien curioso por nuestra aventura se zambulló en los interiores del libreto, y nos confesó que en el primer acto, cuando se narra la locación en el que transcurre la historia, Donizzeti alterna cautamente el mar y los bosques, sin sugerir con ello conexión alguna entre el compositor y “aquel mundo”. Donizetti era un perfecto paisajista, cuando describía sus locaciones lo hacía con el escrúpulo de un pintor, permitiendo al espectador de escuchar, oler, y hasta saborear del texto sus imágenes.
¿Sería lo mismo para sus obras inspiradas en el mundo hispano?, ¿Irían las cosas distintas con el Furioso de San’ Domingo? En cuanto a ópera “semiseria”, y poco realística, Donizetti parecería describir un escenario napolitano, más bien vesubiano, más que un sugestivo paraíso caribeño, considerando anacrónicamente que el San Domingo de aquella época, se había convertido en un Estado Independiente del Haití Español, en los veintidós años de oscuridad que arroparon el lado de nuestra isla. Aunque en el Furioso no hay ni quijotes ni sanchopanzas, la musa cervantina es innegable, típico de las innumerables adaptaciones teatrales que se hacían de El Quijote en aquella época.
La idea de coquetear con la relación dominicana de Donizetti no era solo mía, de la magistral mente de Emanuele Luzzati, reconocido escenógrafo genovés, surgió la propuesta de una adaptación internacional, ideada para ser presentada en el Teatro Nacional de Santo Domingo; Pero una serie de eventos hizo que las presunciones se esfumaran, y así el proyecto de Luzzati se encerraría en una caja destinada al olvido. Sin embargo en el 2014, esta adaptación se estrenaría en su ciudad natal, la Génova del Gran Almirante.
Por Joaquín Fernando Taveras Pérez
Sobre el autor
El autor es diplomático, comunicador, mediador lingüístico, egresado de la Universidad de Palermo en Buenos Aires, Argentina, maestría en mediación intercultural en el campo diplomático, en el Instituto CIELS de Milán, Italia. Ha realizado cursos de literatura en el Cambridge Education Group, actualmente trabaja para el Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Dominicana, ejerciendo las funciones de primer secretario encargado de cooperación académica y cultural en la Embajada dominicana en Roma. Creador del Ciclo de Literatura Dominicana en Italia, en el Instituto Cervantes de Milán. Ha publicado en varias revistas, como la neerlandesa “Diplomat Magazine”, creador de las guías de gestión y comunicación para la Universidad de Palermo, guía para gerencia y dirección de la comunicación publicitaria en televisión, para el canal Teleantillas, donde fue director de promociones durante dos años.
