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8 de enero 2026
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OpiniónJimmy Rosario BernardJimmy Rosario Bernard

El expansionismo tecnológico de Estados Unidos: La batalla por las tierras raras y el dominio digital

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Estados Unidos enfrenta una nueva era de competencia global, una en la que el dominio geopolítico ya no depende únicamente de la fuerza militar o la influencia diplomática, sino del acceso a los recursos estratégicos que impulsan la tecnología. En esta batalla, los minerales críticos, la infraestructura digital y las rutas comerciales se han convertido en armas de poder. Washington, consciente de esta realidad, ha reactivado su estrategia expansionista con el ojo puesto en Groenlandia, el Canal de Panamá y Canadá, tres piezas clave en el tablero de la supremacía tecnológica y comercial.

El interés estadounidense por Greenland no es un capricho reciente. Desde 1867, cuando adquirió Alaska, ha habido intentos por parte de Washington para hacerse con la isla. Sin embargo, el factor decisivo en este nuevo siglo es la urgente necesidad de acceso a tierras raras, minerales fundamentales para la fabricación de semiconductores, telecomunicaciones 5G, inteligencia artificial y sistemas de defensa. China controla aproximadamente el 60% de la producción global de estos minerales y el 85% de su refinación, una dependencia que se ha convertido en un riesgo de seguridad nacional para EE.UU.

Greenland, con una de las reservas más grandes de tierras raras fuera de China, representa una oportunidad única para diversificar el suministro global. La posibilidad de que China continúe monopolizando estos minerales ha llevado a EE.UU. a tomar medidas drásticas, como la Ley de Producción de Defensa, que busca incentivar la minería local de tierras raras, pero esto no es suficiente. Asegurar Greenland como una fuente confiable permitiría a Washington fortalecer su industria tecnológica, disminuir su vulnerabilidad y mantener su liderazgo en la guerra de chips, donde Beijing ha estado avanzando con gigantes como SMIC y Huawei.

Pero la carrera por Greenland no es solo una cuestión de recursos. Su posición estratégica en el Ártico la convierte en un punto clave para la seguridad marítima y la movilidad militar. Con el deshielo provocado por el cambio climático, se están abriendo nuevas rutas comerciales que podrían desplazar el dominio estadounidense sobre los canales tradicionales. China y Rusia han intensificado su presencia en la región, con Moscú militarizando el Ártico y Beijing invirtiendo en infraestructura portuaria a lo largo de la Ruta de la Seda Polar. Para Washington, perder influencia en Greenland significa ceder terreno en una de las regiones con mayor proyección geopolítica de las próximas décadas.

El Canal de Panamá es otro punto crítico en esta ecuación. Con el 6% del comercio mundial pasando por esta vía, su control es fundamental para la movilidad de mercancías y, sobre todo, para la logística militar de EE.UU. China ha invertido agresivamente en infraestructura y puertos en América Latina, y su creciente presencia en el comercio panameño ha generado alarma en Washington. En los últimos años, empresas chinas han obtenido contratos estratégicos en la región, lo que podría darles una ventaja en la regulación del tránsito comercial.

Pero hay más en juego. A medida que la economía mundial se digitaliza, el control sobre cables submarinos de fibra óptica, satélites y centros de datos es tan crucial como el control sobre las rutas marítimas. China ha expandido su influencia en este campo a través de empresas como Huawei Marine Networks, que ha instalado cables submarinos en América Latina y el Caribe. Washington teme que una presencia china fortalecida en Panamá pueda afectar la seguridad de sus telecomunicaciones y el acceso a infraestructura crítica.

El expansionismo estadounidense tampoco ignora a Canadá, que, además de ser su principal socio comercial, posee grandes reservas de litio, níquel y cobalto, minerales esenciales para la fabricación de baterías de vehículos eléctricos y almacenamiento de energía. A medida que el mundo avanza hacia la descarbonización y la movilidad eléctrica, estos materiales se han convertido en activos estratégicos de gran valor. En los últimos años, China ha tratado de expandir su influencia en la minería canadiense, lo que ha llevado a Washington a presionar a Ottawa para restringir la participación china en este sector.

Pero no se trata solo de recursos naturales. Canadá es un centro de innovación en inteligencia artificial, computación cuántica y ciberseguridad, tres áreas donde EE.UU. busca mantener su ventaja sobre China. La integración de Canadá en una red tecnológica más estrecha con EE.UU. garantiza un ecosistema de innovación alineado con los intereses de Washington y evitaría que China acceda a tecnologías clave a través de inversiones estratégicas.

China y Rusia han respondido con una estrategia coordinada para contrarrestar la influencia de EE.UU. en estas regiones. Beijing ha intensificado sus relaciones con América Latina y África, asegurando contratos mineros y acuerdos de infraestructura que garantizan su acceso a tierras raras sin depender de Washington. Por su parte, Moscú ha reforzado su presencia militar en el Ártico, estableciendo bases y modernizando su flota de rompehielos para garantizar el control de las nuevas rutas comerciales. Ambos países han encontrado en la cooperación tecnológica un instrumento clave para desafiar la hegemonía estadounidense. China, por ejemplo, ha impulsado su propio ecosistema de chips y telecomunicaciones, con empresas como SMIC y ByteDance, mientras Rusia ha fortalecido sus capacidades en ciberseguridad y guerra electrónica.

La pregunta ahora es hasta dónde está dispuesto a llegar EE.UU. para mantener su hegemonía. La presión económica y diplomática seguirá siendo su primera opción, pero la historia ha demostrado que, cuando sus intereses estratégicos están en juego, Washington no duda en tomar medidas más agresivas. Los intentos de compra de Groenlandia, la presión sobre Panamá y la insistencia en integrar a Canadá en una red tecnológica más cerrada son señales de que EE.UU. está dispuesto a utilizar todos los recursos a su disposición para asegurar su futuro.

Sin embargo, esta estrategia no está exenta de riesgos. Un movimiento demasiado agresivo podría fortalecer la cooperación entre China y Rusia, creando un bloque tecnológico alternativo que desafíe aún más la supremacía de EE.UU. Además, la resistencia local en cada uno de estos territorios no debe subestimarse. Greenland ha expresado su deseo de independencia, Panamá mantiene un fuerte sentido de soberanía sobre su canal y Canadá, aunque cercano a EE.UU., no aceptaría fácilmente una mayor intervención en sus asuntos internos.

El mundo está en un punto de inflexión. La competencia global ya no se mide sólo en términos de poder militar, sino en quién controla los minerales estratégicos, las infraestructuras digitales y las rutas comerciales del futuro. EE.UU. busca consolidar su dominio en su zona de influencia, pero China y Rusia han demostrado que no están dispuestas a ceder fácilmente. La pregunta no es si habrá un ganador claro en esta carrera, sino cómo cambiarán las reglas del juego en los próximos años.

En este ajedrez global, quien controle los minerales, la infraestructura digital y las rutas comerciales no solo dictará el rumbo de la economía mundial, sino que definirá la naturaleza del poder en el siglo XXI.

Por: Jimmy Rosario Bernard.

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