El debate sobre el éxito y el rol de la mujer en la sociedad contemporánea ha adquirido una nueva dimensión en los primeros días de 2025, especialmente tras una polémica declaración que ha generado una reflexión profunda sobre lo que realmente significa tener éxito y las implicaciones de nuestras decisiones personales y profesionales.
Es importante entender que el éxito no es un concepto único ni rígido. No se trata únicamente de logros tangibles como una carrera próspera o una vida materialmente plena. El verdadero éxito radica en la satisfacción interna, en lograr un equilibrio entre lo que valoramos y lo que realmente conseguimos.
La superación en la vida no debería medirse por comparaciones externas ni por estereotipos impuestos, porque ser madre a tiempo completo no está mal, ser madre y profesionista tampoco lo está, y ser profesionista sin ser madre, mucho menos. Son decisiones personales y válidas que conllevan sus respectivas consecuencias.
Lo que realmente importa no es si alguien opta por un camino u otro, sino la calidad de las decisiones que tomamos y cómo vivimos esas decisiones. Esta reflexión conecta con la frase de David O. McKay: «Ningún éxito en la vida compensa el fracaso en el hogar». Esta declaración, sin embargo, debe ser interpretada correctamente. No implica que el éxito profesional sea incompatible con la vida familiar, sino que resalta la importancia de la presencia emocional y la dedicación en el hogar, no solo de la madre, sino también del padre. La ausencia de alguna o ambas partes, más que la falta de logros profesionales, puede considerarse un verdadero fracaso.
Como madre y profesional, he experimentado de cerca la tensión entre ambos mundos. La sociedad impone estándares altos, esperando que las mujeres sean madres ejemplares, profesionales destacadas, parejas perfectas y emocionalmente equilibradas, todo al mismo tiempo. Sin embargo, este ideal de «perfección» es un peso difícil de cargar, y es vital recordar que no hay una fórmula única para el éxito. Vivir con propósito y coherencia, entendiendo que se pueden equilibrar las responsabilidades familiares y profesionales, es lo que realmente marca la diferencia.
Recuerdo la dedicación de mi madre, quien trabajó incansablemente para asegurarnos un futuro mejor. Aunque a veces estaba agotada, nunca nos hizo sentir que su trabajo nos restaba valor. Esta experiencia me enseñó que el amor y la dedicación no siempre se miden por la cantidad de tiempo, sino por la calidad de lo que se da. Y como madre, ahora lo comprendo mejor: la presencia importa, y el éxito verdadero se refleja en el esfuerzo constante por equilibrar todos los aspectos de la vida.
La clave está en entender que la maternidad no debe verse como un obstáculo para el desarrollo profesional, ni el éxito profesional debe percibirse como una amenaza para la familia. Ambos pueden coexistir, y en este proceso debemos aprender a ser humanos, a aceptar nuestras limitaciones y a darnos permiso para ser quienes somos. No estamos sacrificando una faceta por la otra; estamos enseñando a nuestros hijos el valor de la perseverancia y el amor por lo que hacemos.
Al final, lo que realmente importa es la calidad de los vínculos que construimos, el amor y el apoyo que ofrecemos en casa. Y como bien señalaba McKay, el verdadero éxito está en encontrar un equilibrio que nos permita ser plenos en todas nuestras facetas, para que lo único que realmente deje huella sea el amor y la dedicación que brindamos a quienes consideramos familia.
Por Lasey Batista Díaz
