RESUMEN
“Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” -2 Corintios 12:9
Hay muchos tipos de duelos, aunque los más conmovedores suelen ser la pérdida de un ser querido ido a destiempo de este plano terrenal o cuando se atraviesa por un proceso de divorcio.
El primero es un quebranto desgarrador a lo sumo dado que se trata de la partida de la tierra de una persona que complementa tu vida y que ya no volverás a ver más.
Ello requiere unos niveles espirituales elevados para encontrar paz ante tan traumática situación.
El segundo, aunque es doloroso también, tiene la salvedad de que no hay perdida de vida, sino de una relación, una costumbre, un amor y un estilo de vida, lo cual nos fuerza a formular cambios inmediatos que nos ponen de momento en un proceso de transición y por consiguiente de inestabilidad.
Entender que en la vida uno es un intermediario en todos los niveles para que las personas se desarrollen y vuelen por medio de nosotros, así como nosotros lo hacemos gracias al impulso de quienes nos rodean, ayuda a conseguir paz cuando ocurren momentos de pérdidas o rupturas.
También hay duelo por la pérdida de una amistad o cunado pierdes el empleo que es el medio de tu sustento.
No podemos pretender que las personas estarán por siempre con nosotros o en la vida, por ello debemos aprender a vivir más en el presente, dejando atrás el pasado y el futuro, y disfrutar lo que nuestra porción de tiempo nos proporciona, entendiendo que lo que estamos viviendo es perecedero y que un día simplemente no será más.
Puede sonar pesimista este planteamiento, pero es todo lo contrario, desde mi humilde perspectiva, se trata de una invitación a vivir plenamente, aprovechando el tiempo por medio de las alegrías que te proporcionen las personas queridas con su presencia, entendiendo que la felicidad o el ánimo que le produces es el mejor regalo que le puedes dar.
Saber que todo es perecedero, nos hace entender también que un día vendrá el final y que cuando ocurra habrás construido la paz de saber que cuando tuviste la oportunidad cumpliste con tu misión que fue ser feliz y hacer feliz a quien este partiendo de este mundo o de tu vida, dándole de ti lo más valioso que tienes que es parte de tu tiempo y espíritu.
No podemos tapar el sol con un dedo y pensar que las rupturas y las partidas no van a doler a razón de que alcanzamos una elevación emocional y espiritual que nos posiciona por encima del dolor.
Esas situaciones van a doler y van a partir el alma, pero una cosa es atravesar por el dolor sin entender el porqué de la situación y otra muy distinta es asumir ese dolor desde la comprensión y la paz que da saber que Dios, que está en control, tiene un fin superior, además de uno estar consciente de que es un proceso natural porque como dice una canción del grupo español Presuntos Implicados, “nunca es para siempre”.
Todo lo bueno y todo lo malo tiene fecha de espiración, y vivir consciente de que el fin cada vez está más próximo, en modo alguno nos debe entristecer, sino llenar de entusiasmo para disfrutar a conciencia las oportunidades de vida que nos quedan, fomentando la serenidad, la paz de espíritu y el amor propio que indefectiblemente se traduce en amor por lo demás.
Amar a tu prójimo como a ti mismo, es un mandamiento y un llamado a que te ames primero a ti y te perfecciones en la tolerancia y aceptación a ti misma, como punto de partida para amar a los demás, así de mucho o poco, como te amas a ti.
Pero para ello es saludable y fundamental encontrarte contigo misma para conocerte, aceptarte y saberte especial.
Aquel que es displicente y arrogante con los demás, evidencia una carencia afectiva hacia sí mismo que se refleja tratando a los demás como él se trata a sí mismo.
El que lleva conflictos internos, siempre los estraspola en el trato con los demás, sin embargo, el que lleva paz dentro de sí, armoniza y fluye como agua en manantial con el medio ambiente en el que se desenvuelve, sin tener conflictos mayores ni contiendas estériles que lastimen a sus semejantes.
De manera que para manejar bien los duelos y las rupturas, es bueno saber dar a los seres queridos gratos momentos, pero sabiendo que primero debes tener para poder dar y ello se construye dándote a ti la oportunidad de quererte pasando tiempo contigo mismo.
Porque cuando se pasa por un proceso de duelo, una parte de uno mismo se rompe, una parte de uno mismo se quiebra y se va, es como si te arrebataran en un segundo, aquello que te hacia completa y que ahora te falta.
Pero para reconstruirte es menester pasar tiempo contigo, pidiéndole a Dios que te de paz primero y luego la sabiduría para comprender lo sucedido, de manera que puedas oxigenarte y redargüirte por dentro para resurgir cuál águila, más fuerte, dado que la experiencia y el fuego del sufrimiento, te fortaleció.
El profeta Isaías 64:8 lo ilustra así: “Yo soy la arcilla, tú el alfarero, somos todos obra de tus manos”.
Para poder darle forma a la arcilla, el alfarero somete a temperaturas ardientes la arcilla para que se conviertan en nuevas vasijas.
Así obra Dios, nos somete a temperaturas en la que nuestro temple y carácter se quiebran para entonces como escribe Pablo en 2 Corintios 12:9 – 10, “Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”.
Nótese el cierre de esta cita bíblica donde afirma que “cuando soy débil, entonces soy fuerte”, y yo agrego que eres fuerte cuando descansas cediendo el control al Altísimo, y le das el espacio para que Él se glorifique reconstruyéndote en tu duelo, en tu pérdida, en tu ruptura, en tu vulnerabilidad, en tu incertidumbre.
