RESUMEN
La sociedad dominicana atraviesa hoy un proceso de desgaste social, político y económico. Ese mismo desgaste, que le costó al Partido de la Liberación Dominicana un rechazo generalizado, parece ahora repetirse en el partido de gobierno. Desde la irrupción de la exsenadora —considerada en su momento una de las figuras más admiradas dentro del PRM— se empezó a consolidar una nueva etapa política. Su ascenso, primero como diputada y luego como senadora en el año 2020, le permitió conquistar para su partido la capital, un espacio clave en el tablero electoral.
Es importante resaltar que Faride Raful fue una de las pocas senadoras que no logró ser considerada para la reelección dentro de su propio partido. Su desempeño en la Cámara Alta estuvo marcado por una notable pasividad frente a los múltiples préstamos que, desde la comisión de Hacienda que presidía, recibían informes favorables para su aprobación. Una actitud muy distinta a la que había mostrado en su etapa como diputada, donde se colocaba al frente de los reclamos sociales y desempeñaba un papel protagónico desde la curul legislativa. Conviene recordar que aquella diputada que parecía tener soluciones para todos los problemas nacionales, ya como senadora evitó pronunciarse sobre los temas que su partido había prometido en campaña y, con mayor contradicción aún, sobre los mismos préstamos que ella misma facilitaba en su trámite. Esta incongruencia la llevó a recibir el mote popular de “la muda”, reflejo del desencanto que generó en la ciudadanía.
En su etapa como diputada, Faride Raful proyectaba un aura presidencial que llevó a muchos a imaginarla siguiendo la ruta de Danilo Medina: ser considerada en una posición estratégica por su partido y, desde allí, construir un proyecto presidencial. Sin embargo, su trayectoria tomó un rumbo distinto. A diferencia de Medina, Raful cargó con una posición que, lejos de fortalecerla y presentarla ante la sociedad como una figura renovadora del PRM, terminó debilitando su credibilidad y erosionando la admiración que había ganado. Paradójicamente, aquella misma senadora a quien su partido prefirió reservarle la candidatura para entregarla a un aliado, fue recompensada por el presidente con la “papa caliente” del Ministerio de Interior. Desde esa posición, y según la percepción popular, se ha aferrado a una agenda centrada en reducir los niveles de ruido y establecer el orden “a como dé lugar”, aunque con resultados cuestionados.
Con estas excusas, en la República Dominicana no se disfrutó la tradicional Navidad de diciembre de 2024. Aún peor, durante la Semana Santa el país llegó a parecer sometido a un estado de sitio o toque de queda, con controles que generaron incomodidad y malestar en amplios sectores de la población. Las medidas impulsadas por el Ministerio de Interior y Policía provocaron un clima de crispación que rápidamente trascendió a los medios nacionales. Fue justamente en ese escenario donde comenzó a hacerse visible el desgaste político que marcaría los primeros meses del segundo mandato del llamado “gobierno del cambio”.
Es importante subrayar que, aunque los servicios básicos llevaban más de dos años en constante deterioro, las excusas oficiales de la pandemia y la guerra en Ucrania, sumadas a una agresiva campaña mediática desde los medios tradicionales y digitales afines al gobierno, lograron sostener la narrativa del “70%”. Esa estrategia terminó desmotivando a más del 40% del electorado, que finalmente se abstuvo de votar. Resulta evidente que ese amplio segmento no simpatizaba con el oficialismo, pues de haberlo hecho, habría acudido a las urnas. Al mismo tiempo, la oposición, dividida entre el leonelismo y el danilismo, tampoco consiguió despertar en esos votantes desencantados el interés necesario para movilizarlos.
Apenas superado el primer escollo político, comenzaron a salir a la luz las dificultades de un gobierno que, tras cinco años en el poder, no logra exhibir una clara correlación entre el nivel de gasto y los resultados alcanzados. Según el economista Nelson Suárez, la administración de Luis Abinader ha endeudado al país por RD$ 1 billón 600 mil 688.3 millones, equivalentes a US$ 27,407.4 millones entre septiembre de 2020 y junio de 2025. De esa suma, RD$ 1 billón 233 mil 823.5 millones corresponden a deuda externa (71.1 %), mientras que RD$ 366 864.8 millones se concentran en deuda interna (22.9 %). Sin embargo, a pesar de este considerable endeudamiento, la población aún no percibe un retorno tangible en obras o servicios que justifiquen tales recursos.
Considerando lo anterior, resulta evidente que el gobierno dominicano no ha logrado mostrar proyectos culminados que representen verdaderas obras cumbres de su gestión. A lo largo del país, se han iniciado iniciativas titánicas como la línea 3 del Metro de Santo Domingo, que conectaría con Los Alcarrizos, o el monorriel de Santiago, ambos impulsados por esta administración, pero todavía inconclusos. A ello se suman obras heredadas del pasado gobierno, como el Hospital San Vicente de Paúl y la circunvalación de San Francisco de Macorís, que permanecen sin terminar pese a haber sido reiteradas promesas de campaña. Lo cierto es que, entre retrasos y nuevas fechas de inauguración, el calendario ha resistido más anuncios que los avances visibles sobre el terreno.
Si bien el gobierno no tiene forma de demostrar las obras que prometió en las campañas electorales de 2020 y 2024, también es cierto que se ha enfrascado en preparar proyectos presidenciales internos, descuidando así la gobernabilidad. El presidente Abinader cometió el error de reunir a los aspirantes y funcionarios para anunciarles que no optaría por otro mandato, lo que provocó que muchos desatendieran el proyecto de nación y de gobierno para dedicarse a realizar recorridos políticos por todo el país, en claro descuido de la administración pública.
De esta manera llegamos al período en que nos encontramos hoy: un gobierno desgastado, una oposición en proceso de recomposición y una marcada inestabilidad en el sector eléctrico, reflejada en largas tandas de apagones en todo el país. Incluso cuando el presidente visitó Punta Catalina —buque insignia del gobierno de Danilo Medina, con el que se había puesto fin a los apagones antes de la llegada del PRM al poder— y pidió disculpas al pueblo, el problema no se detuvo. Por el contrario, el lunes de esa misma semana se tuvo que sacar de servicio una de las dos plantas de Punta Catalina, agravando aún más la crisis.
Lo cierto es que, en apenas un año de su segundo mandato, el gobierno se ha concentrado en disputas internas con miras al 2028, descuidando de manera evidente la administración pública. Prueba de ello es que, a pocos días del inicio del año escolar, se reportan aulas diseñadas para 22 estudiantes en jornada extendida con matrículas de 30 y hasta 35 alumnos. En otros casos, incluso, se ha tenido que regresar a la modalidad regular para poder dar respuesta a la alta demanda de cupos. El denominado “gobierno del cambio” no ha terminado las aulas que dejó en construcción la gestión anterior, ni ha iniciado proyectos suficientes para cubrir el crecimiento constante de la población estudiantil.
Escuelas que debieron ser intervenidas durante las vacaciones apenas recibieron atención a última hora: algunas fueron pintadas el día previo al inicio de clases, mientras que en otras los trabajos comenzaron a principios de esta misma semana. Un ejemplo claro es el Politécnico Manuel María Castillo, en San Francisco de Macorís, que no iniciará el 25 de agosto como estaba previsto, sino que se proyecta su apertura para el 15 de septiembre, al quedar nuevamente sometido a una intervención tardía.
Una vez más queda demostrado que, cuando los partidos en el poder olvidan que fueron elegidos para gobernar y no para dedicarse al proselitismo político, el fracaso se anuncia con anticipación. Como señaló Leonel Fernández en el año 2020, al salir del PLD para fundar la Fuerza del Pueblo: “El que no sabe por qué ganó, no sabe por qué se perdió”. Del mismo modo, José Francisco Peña Gómez advertía con frecuencia que “solo el PRD destruye al PRD”, aludiendo a ese germen de la división que siempre ha estado presente en los procesos internos de los partidos dominicanos.
En definitiva, los gobiernos no se desgastan por la acción de la oposición, sino por sus propias contradicciones internas y por la incapacidad de cumplir lo prometido al pueblo.
Por Olfran Ovalle
Docente del Instituto Superior Especializado en Negocios a Distancia (ISEND). Licenciado en Ciencias Sociales (UASD). Especialista e Historia y Geografía (UCNE). Especialista en Educación Ambiental (ISA). Maestrando Historia Dominicana (UASD).
