El presente artículo aborda el concepto de delito desde una doble perspectiva: la criminológica y la jurídico-penal. A través de este análisis, se pretende examinar las diferencias de enfoque que caracterizan a cada disciplina, así como los puntos de convergencia que permiten una comprensión más integral del fenómeno criminal en su dimensión social y jurídica.
El crimen no es un hecho aislado ni una simple transgresión de la ley. Es, ante todo, un fenómeno social y jurídico que evoluciona con la historia y refleja las tensiones, desigualdades y valores de cada época. A lo largo del tiempo, las sociedades han redefinido lo que consideran delito; conductas que en un momento fueron vistas como antisociales, en otro dejaron de serlo. Por ello, el crimen no puede entenderse únicamente desde el código penal, sino como un espejo de la cultura, la política y la economía de un pueblo.
El derecho penal, con su lenguaje normativo y sancionador, establece lo que la sociedad prohíbe y las consecuencias de transgredir esas normas. Sin embargo, la criminología va más allá: busca comprender el porqué del delito, analizando sus causas, contextos y motivaciones. Ambas disciplinas se complementan: mientras el derecho penal define la infracción y asegura la sanción, la criminología estudia el entorno en que surge el delito, el perfil del infractor, el papel de la víctima y las condiciones sociales que favorecen o inhiben la conducta criminal.
La vida en sociedad implica el cumplimiento de un orden moral y jurídico. Cuando ese orden se quiebra, no solo ocurre una violación legal, sino también un síntoma de desajuste social.
Desde el siglo XIX, distintos pensadores han intentado explicar por qué una persona delinque. Uno de los primeros fue Cesare Lombroso, quien afirmaba que el criminal “nace” con ciertos rasgos biológicos que lo predisponen al delito, como la forma del cráneo o la mandíbula prominente. Su teoría positivista —aunque hoy superada— marcó el inicio del estudio científico del crimen.
Posteriormente surgieron otras corrientes. Las teorías psicológicas, inspiradas en el psicoanálisis freudiano, interpretaron el delito como resultado de conflictos inconscientes o de una falla en el control de los impulsos. Las teorías del aprendizaje sostienen que la conducta criminal se aprende, ya sea por imitación o refuerzo, dentro de entornos sociales determinados.
Por su parte, las teorías sociológicas rompieron con la idea del delincuente individual para analizar las causas estructurales. Émile Durkheim consideró el delito como un hecho social “normal” en toda sociedad organizada; Robert Merton habló de la frustración ante metas sociales inalcanzables; y Howard Becker explicó cómo el etiquetamiento (“criminal”, “delincuente”) puede reforzar la desviación.
Más adelante, las teorías económicas y críticas conectaron la criminalidad con la desigualdad, el poder y la exclusión. Desde la perspectiva marxista, el delito es producto de las tensiones del sistema capitalista, donde las normas favorecen a los poderosos y penalizan la pobreza. La criminología crítica, en cambio, analiza cómo el Estado y sus instituciones utilizan el derecho penal como herramienta de control social, manteniendo en la marginalidad a los sectores más vulnerables.
En la actualidad, las teorías contemporáneas proponen una visión integradora, reconociendo que el crimen tiene raíces económicas, sociales, culturales y psicológicas. No existe una sola causa: la criminalidad es multifactorial y debe analizarse en su contexto.
El criminólogo moderno estudia tanto la conducta individual como las condiciones estructurales que la rodean. Su tarea no es solo identificar al culpable, sino entender el entorno que lo formó y prevenir futuras transgresiones.
En el fondo, el estudio del delito es un estudio sobre la sociedad misma. Lo que cada pueblo decide castigar revela qué valores considera esenciales. Por eso, el crimen, lejos de ser un simple expediente judicial, es un fenómeno vivo que evoluciona junto a los cambios económicos, culturales y tecnológicos.
Mientras el derecho penal pone límites y sanciones, la criminología abre ventanas hacia la comprensión y la prevención. Una sin la otra quedaría incompleta; juntas, permiten un abordaje más humano, racional y justo del fenómeno criminal.
Por Antonio Medina Calcaño
