En este país —y en muchos otros— la gente suele envejecer enferma. No por castigo divino ni por mala suerte genética, sino porque vivimos como si el cuerpo fuera desechable. Como si los huesos aguantaran para siempre. Como si el corazón no se cansara. Como si la juventud fuera eterna.
Pero no lo es.
Y mientras más temprano lo entendamos, más probabilidades tenemos de llegar a los 60 sin que cada órgano nos pase factura.
Hoy vemos jóvenes con la presión alta, con el colesterol por el cielo, con hígado graso, con ansiedad crónica, con insomnio. ¿Y nos sorprendemos? Si desayunan con azúcar, almuerzan con grasa y cenan con pantallas. Si el cuerpo se mueve solo cuando hay que tomarse una foto en el espejo. Si el gimnasio se vuelve prioridad solo cuando el espejo castiga.
No es vanidad lo que está en juego. Es salud. Es vida.
Nuestros abuelos comían mejor, aunque tuvieran menos. Su arroz no venía lleno de químicos, ni su carne de hormonas. No existían tantas harinas “fortificadas” con cosas que el cuerpo ni reconoce. Nadie leía etiquetas porque los alimentos venían del patio, no de una fábrica a 5 mil kilómetros.
Por eso duele escuchar a tantos adultos decir “pero si yo toda la vida comí eso”. Sí, comías arroz, habichuelas y carne. Pero no esta versión adulterada, inflada de sodio, conservantes y aditivos que terminan intoxicando por dentro sin que te des cuenta.
Antes, los alimentos curaban. Hoy, muchos enferman.
Y el sedentarismo tampoco ayuda. Vivimos sentados: en el carro, en la oficina, en la casa. El cuerpo fue hecho para moverse. Para sudar. Para liberar tensiones a través del esfuerzo físico. El ejercicio no es un lujo estético, es una necesidad fisiológica. Ayuda al corazón, al cerebro, al estado de ánimo. Previene enfermedades, alivia otras, e incluso mejora la salud mental. Y aun así, seguimos poniéndolo al final de la lista.
Vivimos creyendo que lo importante es “tener dinero para curarse si se enferma”, pero ¿y si simplemente inviertes en no enfermarte? ¿Y si dejas de castigar tu cuerpo y empiezas a cuidarlo como lo que es: tu único hogar?
Porque la verdad es esta:
Lo que no sudas hoy, lo llorarás mañana.
Y lo que comes sin conciencia ahora, será el origen del diagnóstico que un día llegue sin avisar.
La salud no es suerte, es elección.
Y cada día que decides comer mejor, moverte más, dormir bien y respirar profundo, estás apostando por una vejez más digna. Una vejez con menos pastillas y más vitalidad.
Porque el cuerpo no olvida.
Te cobra o te agradece.
Y tú decides cuál de las dos cuentas quieres pagar.
