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14 de febrero 2026
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OpiniónJosé Manuel JerezJosé Manuel Jerez

El constitucionalismo en América Latina y el Caribe: Génesis y tensiones fundacionales

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RESUMEN

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El constitucionalismo latinoamericano no surgió de manera aislada, sino en diálogo con las corrientes revolucionarias y filosóficas europeas y norteamericanas de los siglos XVIII y XIX. La independencia de las colonias hispanoamericanas trajo consigo la necesidad de diseñar instituciones políticas capaces de asegurar la soberanía, garantizar las libertades y, al mismo tiempo, construir Estados nacionales viables. Este proceso, cargado de influencias externas, se desarrolló en contextos de inestabilidad, caudillismo y fragmentación social.

En el Caribe y América Latina, las primeras constituciones tuvieron un marcado carácter imitativo. Inspiradas en la Constitución estadounidense de 1787 y en la francesa de 1791, estas cartas fundamentales intentaron trasplantar modelos institucionales ajenos a realidades complejas. El constitucionalismo latinoamericano nació, por tanto, como un proyecto híbrido: de un lado, normas escritas con aspiraciones republicanas; de otro, prácticas políticas dominadas por liderazgos personalistas y estructuras sociales heredadas de la colonia.
La región vivió lo que algunos juristas denominan “constitucionalismo de laboratorio”: una sucesión de textos constitucionales que buscaban resolver, desde el papel, problemas estructurales de organización política. El caso mexicano es ilustrativo, con múltiples constituciones en el siglo XIX hasta llegar a la de 1917, pionera en derechos sociales. En América del Sur, los proyectos de Bolívar reflejaron tanto la influencia ilustrada como la preocupación por la fragmentación, proponiendo un poder ejecutivo fuerte y centralizado.

El constitucionalismo caribeño tuvo características particulares. En Haití, la Constitución de 1805 no solo fue la primera de la región tras la independencia, sino también un hito mundial: abolió la esclavitud y estableció un Estado negro soberano, desafiando al orden colonial y racial imperante. La República Dominicana, por su parte, proclamó su primera Constitución en 1844, un texto que recogía las tensiones entre un modelo liberal inspirado en Cádiz y Filadelfia y un fuerte presidencialismo, justificado en la necesidad de defender la soberanía frente a las amenazas externas.

La tensión entre centralismo y federalismo fue un eje transversal en la región. Mientras algunos países, como Argentina y México, ensayaron estructuras federales, otros optaron por centralismos autoritarios, justificando la concentración de poder como condición para preservar la unidad nacional. Este dilema, en gran medida irresuelto, explica buena parte de las crisis institucionales y de la inestabilidad política del continente a lo largo del siglo XIX.

En términos teóricos, el constitucionalismo latinoamericano no fue un simple trasplante. Autores como Andrés Bello y Juan Bautista Alberdi reflexionaron críticamente sobre cómo adaptar los principios liberales a realidades caracterizadas por desigualdades económicas, profundas divisiones sociales y fuerte influencia eclesiástica. Estas tensiones dieron lugar a constituciones que reconocían formalmente derechos, pero que convivían con prácticas de exclusión política y social.

El constitucionalismo social, que emergió en el siglo XX, constituyó una aportación original de la región. La Constitución mexicana de 1917 y la de Weimar de 1919 abrieron el camino hacia un nuevo paradigma que trascendía el mero reconocimiento de derechos individuales para incluir derechos sociales, económicos y laborales. América Latina, con sus fuertes desigualdades, encontró en esta corriente un marco de legitimidad y de aspiración de justicia social, aunque con aplicación práctica desigual.

Debe señalarse, además, que la inestabilidad política condujo a una paradoja: a mayor número de constituciones, menor estabilidad institucional. Países como República Dominicana, Ecuador o Bolivia cambiaron reiteradamente de textos constitucionales, evidenciando la dificultad de consolidar reglas del juego estables. La proliferación de constituciones reflejaba tanto la fragilidad de las élites políticas como la incapacidad de generar consensos duraderos.

En este contexto, el constitucionalismo latinoamericano desarrolló una característica singular: un marcado “presidencialismo hipertrófico”. Aunque inspirado en el modelo estadounidense, el presidencialismo en América Latina se deformó hacia la concentración de poder en el Ejecutivo, debilitando contrapesos legislativos y judiciales. Este fenómeno sigue siendo objeto de debate en la doctrina contemporánea, especialmente a la luz de experiencias de autoritarismo y populismo constitucional.

En síntesis, el constitucionalismo en América Latina y el Caribe se construyó sobre un suelo frágil y contradictorio: proyectos republicanos y liberales enfrentados a sociedades desiguales y liderazgos caudillistas. Esa tensión originaria aún marca la vida constitucional de la región. Como veremos en los siguientes artículos, la República Dominicana constituye un laboratorio donde se expresaron muchas de estas contradicciones: un constitucionalismo formalmente avanzado, pero atravesado por la inestabilidad política y las pugnas por el poder.


Por José Manuel Jerez

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