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16 de febrero 2026
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OpiniónFlorentino Paredes ReyesFlorentino Paredes Reyes

El color no es el problema, es su cabeza

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RESUMEN

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Desde el tratado de Nimega de 1678 la isla de española fue dividida en dos grupos humanos con costumbre totalmente diferente que, dada la baja densidad poblacional de ambos, no representaron un problema una para la otra.

Doscientos años después y con más de cinco tratados fronterizos una y otra, iniciaron una transformación política, que les hizo reencausar sus destinos y agudizar sus diferencias. Haití proclamada república en el 1804, quiso 18 años después, consolidar en este lado de la isla, un gobierno que no había cuajado al otro lado de la frontera.

Veintidós años de ocupación y una decena de batallas posteriores marcaron distancias a dos repúblicas, dominicana y haitiana, que han competido por demostrar quién tenía la razón de aquel divorcio de febrero del 1844.

Para nosotros los dominicanos, la baja densidad poblacional, representó un problema que dificultaba controlar los más de 48 mil kilómetros cuadrados que desde el tratado de Ryswick deslindaron nuestra posesión.

Para el año de 1867, siendo presidente transitorio el suegro de Buenaventura Báez, José María Cabral, firmamos el primer pacto como repúblicas, poniendo fin a las confrontaciones bélicas que, desde el 19 de marzo del 1844 y hasta finales del 1855 (con la batalla de Santomé) protagonizamos con los haitianos, reafirmando nuestra separación política de ellos. Ese tratado de paz, amistad y confraternidad contempló recibir un buen número de haitianos en suelo dominicano y la construcción de ferrocarril que viajara desde Puerto Príncipe a la capital dominicana.

Por increíble que les parezca, recibir haitianos en suelo dominicano, pasó de ser una necesidad a un problema. Cuando la industria azucarera de finales del siglo XIX desplazó el corte de madera, recibir en tiempos de zafra miles de nuestros vecinos, era motivo de júbilo por el dinamismo económico que se vivía. El inconveniente vino, cuando esos trabajadores decidía no hacer el viaje de regreso hasta la próxima temporada, permaneciendo de este lado, donde la cosa era mala, pero no tanto como en Haití.

Las diferencias entre ambas naciones son abismales: una inestable políticamente, la otra sosegada; una sin foresta, la otra verde con abundante agua; una con casi doscientos partidos políticos, la otra con dos fuerzas polarizadas; una sin instituciones, la otra con un exitoso avance institucional…

Bajo el amparo de los Derechos Humanos, el mundo globalizado y la política de fronteras abiertas, se vende como discriminación, cualquier política inmigratoria que busque someter a los migrantes, a las reglas del nuevo espacio que ocupan.

Los actos violentos de los nuevos inquilinos marcan la diferencia respectos a los nativos. La falta de control natal revive viejos problemas alimenticios, educativos y de salud, que teníamos casi superados. La formación laboral, las asistencias sociales y el servicio de transporte público, se ven rebosados por estos extraños, desadaptados sociales, que no cumplen ni comprenden las reglas ya establecidas, en su nuevo espacio de vida.

Cualquier intento por poner orden, es atacado por los organismos internaciones, que aplican como fórmula, las reglas del primer mundo a un país en vía de desarrollo, que recibe inmigrantes de un país pobre.

Los argumentos bajo los cuales se fustiga al pueblo dominicano en organismos internacionales, por su política migratoria con los haitianos, es tan risible como repudiable: se nos acusa de racistas, de acoso social, económico y religioso.

Nadie fija su vista en los grandes problemas históricos que, como primera república negra en proclamar su independencia en el mundo, han protagonizado los haitianos hasta convertirse en lo que son hoy: ¨Una vergüenza para para cualquier comunidad negra del mundo¨.

Han sido ellos los que se han robados sus sueños de desarrollo, gobierno tras gobiernos, dilapidando cada recurso económico y natural. Han sido ellos quienes han protagonizado magnicidios como ningún otro país en el mundo, sumiéndose en el caos político y económico. Han sido ellos quienes han violado sus mujeres y niñas, irrespetando su constitución, sus leyes y derechos inherentes al ser humano.

La peor discriminación que han recibido los haitianos es la que se han dado ellos mismos y ahora, vagan por el mundo exigiendo a otros lo que no fueron capaces de hacer por ellos mismos. Como país, esa nación es una vergüenza y un templo a la incapacidad de libre determinación. Seamos claros, el color no es el problema, es su cabeza.

Por: Florentino Paredes Reyes.

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