RESUMEN
Análisis geopolítico del nuevo tablero mundial tras los eventos de enero 2026
«Cuando los poderosos abandonan el derecho, solo queda la fuerza. Y cuando solo queda la fuerza, todos somos vulnerables.»
I. INTRODUCCIÓN: EL PUNTO DE INFLEXIÓN
La madrugada del 3 de enero de 2026 no será recordada solamente como el día en que Estados Unidos invadió Venezuela, bombardeó Caracas y secuestró al presidente Nicolás Maduro para llevarlo encadenado a una prisión en Nueva York. Será recordada como el día en que el orden internacional «basado en reglas» —esa ficción conveniente que Occidente enarboló durante décadas— se reveló definitivamente como lo que siempre fue: el derecho del más fuerte disfrazado de legalidad.
No estamos ante un evento aislado. Estamos ante un punto de inflexión histórico comparable a 1914, cuando el orden europeo colapsó en las trincheras; a 1945, cuando emergió el sistema de Naciones Unidas de las cenizas de la guerra total; o a 1989, cuando cayó el Muro de Berlín y se proclamó el «fin de la historia». Pero esta vez, lo que colapsa no es un imperio o una ideología: es la pretensión misma de que existen normas universales que limitan el poder.
Este análisis examina cómo la brutal invasión a Venezuela, las amenazas simultáneas a Cuba y otros países del Caribe, la resurrección de la Doctrina Monroe y las amenazas sobre Groenlandia configuran un nuevo tablero geopolítico donde la soberanía es condicional, las alianzas son instrumentales y el derecho internacional es papel mojado. Pero más importante aún: este análisis pregunta qué pueden hacer los pueblos del Sur Global frente a este retorno a las políticas de fuerza del siglo XIX.
II. VENEZUELA: ANATOMÍA DE LA RUPTURA DEL DERECHO INTERNACIONAL
Los hechos hablan por sí solos: sin declaración de guerra, sin mandato del Consejo de Seguridad de la ONU, sin siquiera la farsa de invocar el Tratado Interamericano de Asistencia Recíprua (TIAR), Estados Unidos lanzó una operación militar contra un país soberano, bombardeó su capital, capturó a su presidente constitucional y lo trasladó a territorio estadounidense como prisionero de guerra.
No es una «operación antinarcóticos» ni una «intervención humanitaria». Es una invasión militar en toda regla, ejecutada con la arrogancia de quien sabe que no habrá consecuencias.
La reacción global fue reveladora. China, Rusia e Irán condenaron la operación como violación flagrante de la Carta de la ONU. Brasil, Bolivia y otros gobiernos latinoamericanos hicieron lo propio. Pero Argentina, Ecuador y Panamá celebraron o respaldaron la invasión. La Unión Europea guardó un silencio ensordecedor o emitió declaraciones tan tibias que equivalían a complicidad.
Expertos en derecho internacional como James Cavallaro no dudaron en calificar el evento como «una amenaza directa a la paz mundial». Tienen razón. El precedente es devastador: si Estados Unidos puede invadir un país, capturar a su presidente y encarcelarlo sin proceso, ¿qué país del Sur Global está seguro? ¿Qué significa la soberanía si puede ser revocada militarmente cuando Washington lo decida?
La respuesta es brutal en su simplicidad: la soberanía no es un principio. Es una concesión revocable que el imperio otorga a quien se comporta según sus intereses.
III. LA DOCTRINA MONROE 2.0: HEGEMONÍA RENOVADA POR LA FUERZA
En diciembre de 2025, la Casa Blanca publicó su «Nueva Estrategia de Seguridad Nacional», resucitando explícitamente la Doctrina Monroe bajo lo que algunos analistas llaman el «Corolario Trump» o la «Doctrina Donroe». El mensaje es cristalino: América Latina es, ha sido y seguirá siendo el «patio trasero» de Estados Unidos. Y quien ose desafiarlo enfrentará las consecuencias.
La doctrina original de 1823 proclamaba «América para los americanos» —entendiendo por «americanos» únicamente a Estados Unidos—. El Corolario Roosevelt de 1904 la convirtió en justificación para intervenciones directas. El Corolario Trump va más allá: reemplaza el enemigo ideológico del comunismo por los «cárteles del narcotráfico», pero mantiene la misma estructura mental. Washington se arroga el derecho de decidir qué gobiernos son aceptables y cuáles deben ser derrocados, qué alianzas son tolerables y cuáles constituyen amenazas existenciales.
Lo novedoso no es la doctrina en sí —América Latina lleva dos siglos sufriéndola— sino su aplicación sin disimulo ni pretexto legal, incluso a costa de alienar aliados tradicionales. Trump ha demostrado que está dispuesto a sacrificar relaciones diplomáticas, ignorar organismos internacionales y violar tratados si ello sirve a lo que percibe como intereses estadounidenses.
Las consecuencias para América Latina son catastróficas. La región se ve forzada a elegir entre vasallaje explícito o riesgo existencial. Los organismos de integración regional —CELAC, UNASUR, ALBA, incluso la OEA— se fracturan bajo la presión. Gobiernos enteros se alinean por miedo, no por convicción. Y lo más perverso: algunos celebran su propia subordinación.
Proyectos extra-hemisféricos como la Iniciativa china de la Franja y la Ruta enfrentan ahora el veto implícito de Washington. Cualquier país que busque diversificar sus socios comerciales fuera del ámbito estadounidense se arriesga a convertirse en el «próximo Venezuela». América Latina ha retrocedido un siglo. De nuevo somos un campo de batalla geopolítico donde se dirime la hegemonía global, no actores con voz propia.
IV. LOS BRICS: FORTALECIMIENTO PARADÓJICO
La invasión a Venezuela presenta una paradoja brutal para los BRICS: es simultáneamente la validación de su narrativa y la demostración de su impotencia.
Por un lado, Venezuela confirma exactamente lo que los BRICS han venido denunciando: el orden unipolar estadounidense es una amenaza existencial para la soberanía de las naciones del Sur Global. La capacidad de Washington de invadir un país con importantes vínculos con China y Rusia, y salir impune, demuestra que el multilateralismo era una ficción y que la «comunidad internacional» es solo un eufemismo para la voluntad occidental.
Esto acelerará dramáticamente procesos que ya estaban en marcha: la desdolarización, la expansión del Nuevo Banco de Desarrollo, los sistemas de pago en monedas locales. Países que antes dudaban en distanciarse del sistema financiero occidental ahora ven que dependencia equivale a vulnerabilidad letal. Irán, que ya sufre el garrote de las sanciones, refuerza su cooperación militar e inteligencia con Rusia y China. Nuevos países de América Latina, África y Asia buscarán refugio en los BRICS+ como un paraguas, si no militar, al menos económico y diplomático.
Pero por otro lado, la incapacidad de los BRICS de hacer algo más que emitir declaraciones de condena expone brutalmente sus limitaciones. China tiene inversiones masivas en Venezuela. Rusia le ha vendido armamento sofisticado. Ninguno pudo impedir la invasión. Ninguno puede proyectar poder militar suficiente para proteger a sus socios fuera de sus propias regiones. Las divisiones internas del bloque —India mantiene alianzas estratégicas con Estados Unidos, Brasil navega con cautela— impiden respuestas coordinadas efectivas.
Existe además un riesgo serio: que los BRICS se transformen de un «club de economías emergentes» enfocado en desarrollo y cooperación Sur-Sur, en una «alianza anti-occidental» definida por oposición, no por propuesta. Esto les haría perder neutralidad y atractivo para países que no quieren elegir bandos.
La verdad incómoda es esta: los BRICS se fortalecerán como bloque económico y financiero en los próximos años. Venezuela será su «momento Suez» (1956: crisis que reveló el fin del Imperio Británico como potencia global dominante)—el evento que cristaliza la urgencia de construir alternativas reales—. Pero les tomará décadas desarrollar la capacidad militar y diplomática para contrarrestar efectivamente el poder duro estadounidense. Mientras tanto, países como Venezuela seguirán siendo sacrificables.
V. UNIÓN EUROPEA: CRISIS EXISTENCIAL ENTRE GIGANTES
Si hay un actor cuya bancarrota moral y estratégica ha quedado expuesta por estos eventos, es la Unión Europea. Atrapada entre su dependencia militar de Estados Unidos y su dependencia económica de China, Europa ha perdido no solo capacidad de acción, sino incluso capacidad de opinión coherente.
Su silencio ante la invasión a Venezuela es ensordecedor. No puede condenar firmemente a Estados Unidos sin arriesgar el paraguas de seguridad de la OTAN frente a Rusia. No puede celebrar abiertamente una violación tan flagrante del derecho internacional sin traicionar los valores fundacionales que supuestamente la definen. Resultado: balbuceos diplomáticos que no satisfacen a nadie y que evidencian su impotencia terminal.
Europa está pagando un precio altísimo por decisiones estratégicas desastrosas. Cortó sus vínculos energéticos con Rusia por la guerra de Ucrania —una guerra que tiene mucho que ver con la expansión de la OTAN hacia el este— y ahora depende de gas licuado estadounidense tres veces más caro, desindustrializando sectores enteros de su economía. Alemania, la locomotora industrial europea, está en recesión parcialmente por esto.
Ha asumido el grueso del costo de Ucrania: refugiados, sanciones que la afectan más que a Estados Unidos, y el costo reputacional de un doble estándar escandaloso: indignación por Ucrania, silencio ante Palestina, Yemen y ahora Venezuela. Mientras tanto, Trump negocia directamente con Putin sobre el futuro de Ucrania, marginando a Europa incluso de las decisiones sobre su propia seguridad continental.
Europa vive paralizada entre dos miedos: perder la protección militar estadounidense y el colapso económico si se distancia de China o si Estados Unidos la castiga comercialmente. Esta posición es insostenible.
Para recuperar relevancia, Europa necesita urgentemente autonomía estratégica real: un ejército europeo integrado, industria de defensa propia, independencia energética, soberanía tecnológica, y sobre todo, liderazgo político audaz. Nada de esto existe hoy. Francia y Alemania están debilitadas internamente. El resto de Europa carece del peso necesario.
Sin una transformación profunda, la Unión Europea quedará reducida a un espacio de consumo rico pero geopolíticamente irrelevante, un protectorado estadounidense sin voz propia. La paradoja trágica es esta: Europa inventó el sistema westfaliano (Paz de Westfalia 24 de octubre 1648) de soberanía, el derecho internacional, el multilateralismo. Ahora es espectadora impotente de su desmoronamiento.
VI. GROENLANDIA: CRISIS INÉDITA EN LA OTAN
Como si la invasión a Venezuela no fuera suficiente señal de las intenciones estadounidenses, las amenazas de Donald Trump sobre Groenlandia revelan hasta qué punto Washington está dispuesto a subordinar todo —incluso relaciones con aliados de la OTAN— a lo que percibe como intereses estratégicos.
Trump ha declarado que «la propiedad y control de Groenlandia es una necesidad absoluta» para Estados Unidos y no ha descartado el uso de la fuerza militar o económica para conseguirlo. Estas no son declaraciones casuales. Trump ha mencionado Groenlandia sistemáticamente desde 2019, reiterando el tema con mayor insistencia en 2025-2026.
La importancia estratégica de Groenlandia es innegable: recursos minerales críticos (tierras raras esenciales para tecnología), posición militar privilegiada en el Ártico, control de rutas marítimas emergentes por el cambio climático, y capacidad de bloquear el acceso atlántico-ártico. China se autodenomina «estado casi-ártico» y promueve su «Ruta de la Seda Polar». Rusia tiene capacidades árticas masivas. Estados Unidos no tolerará quedar fuera de esta competencia.
Pero hay una dimensión aún más siniestra: *el deshielo acelerado del Ártico, consecuencia directa del calentamiento global, ha convertido la crisis climática en oportunidad geopolítica*. Mientras los científicos advierten sobre el colapso de los ecosistemas polares y el aumento del nivel del mar que amenaza a millones de personas, las grandes potencias ven solo nuevas rutas comerciales, yacimientos de petróleo y gas accesibles, y posiciones militares estratégicas. La paradoja es obscena: el mismo modelo industrial-militar que causó la crisis climática ahora compite ferozmente por explotar los territorios que esa crisis ha «liberado». *Groenlandia simboliza esta perversión: hasta el ecocidio se convierte en botín de guerra*.
Pero aquí está el problema político inmediato: Groenlandia es territorio autónomo de Dinamarca, miembro fundador de la OTAN. El gobierno danés y los propios groenlandeses han rechazado categóricamente cualquier venta o cesión. ¿Qué hará Estados Unidos si Dinamarca se mantiene firme?
Si Washington aplica presión económica severa o incluso establece bases militares sin permiso formal alegando «necesidad de seguridad nacional», ¿cómo responderá Dinamarca? ¿Podrá invocar el Artículo 4 o 5 de la OTAN pidiendo protección contra el propio líder de la OTAN? ¿Responderán otros miembros europeos de la OTAN en defensa de Dinamarca o se paralizarán por su dependencia de Estados Unidos?
Este escenario, impensable hace cinco años, es hoy perfectamente plausible. La invasión a Venezuela demostró que Trump está dispuesto a usar la fuerza militar unilateralmente. Groenlandia sería el primer conflicto entre miembros de la OTAN, fracturando definitivamente la alianza y demostrando que era solo un instrumento de dominación estadounidense, no una alianza entre iguales.
Los BRICS observan con fascinación. Un conflicto Estados Unidos-Dinamarca sería un regalo propagandístico colosal que validaría todo su discurso sobre la hipocresía occidental.
VII. TRES BLOQUES EN FORMACIÓN
El mundo que emerge de estos eventos no es multipolar en el sentido esperanzador del término. Es un mundo fracturado en tres bloques cada vez más definidos y hostiles.
El *Bloque Occidental*, liderado por Estados Unidos con aliados selectos, se caracteriza por supremacía militar convencional y disposición al unilateralismo. Su debilidad: pérdida acelerada de legitimidad moral.
El *Bloque Oriental/Eurasiático*, liderado por China-Rusia con los BRICS+, crece en poder económico-financiero y atrae países del Sur Global mediante cooperación e inversión. Sus debilidades: falta de proyección militar global y divisiones internas.
El *Bloque Neutral o Atrapado* incluye a la Unión Europea (si logra cohesión), países de ASEAN (Asociación de Naciones de Asia Sudoriental), e India como actor crucial. Estos poderes intermedios tienen el potencial de mediar y frenar la bipolarización extrema. Pero actualmente carecen de autonomía real y sufren presiones brutales para que elijan bando.
La clave para evitar una nueva Guerra Fría —o algo peor— está en el fortalecimiento de estos poderes intermedios. India, por su peso demográfico y económico, podría jugar un rol mediador fundamental. Una Unión Europea cohesionada y autónoma podría ser puente entre bloques.
Pero la realidad actual es desalentadora: las fuerzas centrífugas dominan sobre la cohesión. Los bloques se están endureciendo, no flexibilizando.
VIII. EL FUTURO: CONFLICTOS Y EROSIÓN INSTITUCIONAL
Los conflictos del futuro cercano no serán necesariamente guerras convencionales entre grandes potencias —aunque el riesgo aumenta—. Serán guerras por poderes en países del Sur Global, ciberguerra continua, guerra económica mediante sanciones y bloqueos, y confrontaciones militares limitadas en zonas grises.
Pero hay una dimensión que las élites geopolíticas prefieren ignorar: *el militarismo masivo es en sí mismo un ecocidio*. Los ejércitos están entre los mayores emisores de CO2 del planeta. Las bases militares contaminan suelos y aguas. Las guerras destruyen ecosistemas enteros y liberan toxinas que perduran generaciones. Mientras el mundo debate cuántos grados centígrados subirá la temperatura global, las potencias gastan billones de dólares en armamento en lugar de cooperar ante la crisis climática. *La competencia por recursos cada vez más escasos —agua dulce, tierras cultivables, minerales críticos— se intensificará en un planeta progresivamente degradado*.
Y aquí está la cruel ironía para América Latina: *nuestra biodiversidad, nuestros bosques, nuestros ríos, se convierten en nueva «maldición de recursos»*. El Amazonas no es visto como el pulmón del planeta sino como reserva estratégica a controlar. Los páramos andinos, los humedales, los acuíferos, todos están en la mira de una geopolítica que ve naturaleza solo como capital a explotar. Mientras las potencias compiten por hegemonía, *¿quién defenderá la vida misma?*
América Latina será, nuevamente, un campo de batalla geopolítico privilegiado. La competencia entre Estados Unidos y China por influencia económica, política y militar se intensificará. Países serán forzados a elegir bandos explícitamente, con consecuencias graves para quienes elijan «mal».
Mientras tanto, las instituciones internacionales que supuestamente regulaban el sistema —ONU, OEA, Corte Internacional de Justicia— pierden relevancia aceleradamente. La ONU no pudo impedir la invasión a Venezuela. Su Consejo de Seguridad está paralizado por vetos mutuos. El resultado es el ascenso de alianzas ad hoc: coaliciones temporales sin base institucional permanente. Esto aumenta la incertidumbre y hace más probable el error de cálculo que podría escalar a conflicto mayor.
Estamos retrocediendo al siglo XIX: esferas de influencia, balance de poder sin instituciones mediadoras, imperialismo sin disimulo. Con la diferencia de que ahora tenemos armas nucleares y capacidad de destrucción planetaria.
IX. CONCLUSIÓN: ¿QUÉ ORDEN EMERGENTE?
Las certezas son brutales: el orden multilateral de posguerra ha colapsado. La multipolaridad es inevitable económicamente, pero la hegemonía militar estadounidense persiste y está dispuesta a usarse sin restricciones legales. Europa está en crisis existencial. América Latina ha perdido autonomía estratégica. El derecho internacional es letra muerta cuando choca con intereses de las grandes potencias.
Pero las incertidumbres son aún más inquietantes: ¿Hacia qué tipo de orden nos dirigimos? ¿Una multipolaridad más equilibrada donde varios polos de poder se contengan mutuamente? ¿Una hegemonía estadounidense renovada y sostenida por la fuerza bruta? ¿O un caos fragmentado sin orden real, solo bloques enfrentados?
¿Podrán los BRICS desarrollar capacidad de proteger efectivamente a sus socios? ¿Logrará Europa reinventarse como actor autónomo o quedará reducida a irrelevancia? ¿Habrá poderes intermedios lo suficientemente fuertes como para mediar y prevenir escaladas?
Y quizás la pregunta más urgente de todas: *¿el nuevo orden incluirá la supervivencia planetaria o solo redistribuirá el poder para seguir depredando? ¿Aprenderemos a cooperar ante la crisis climática o competiremos hasta el colapso?*
La pregunta crucial no es SI habrá un nuevo orden —el viejo ya colapsó—. La pregunta es QUÉ TIPO de orden emergará y A QUÉ COSTO se establecerá. ¿Cuántos países tendrán que ser invadidos? ¿Cuántos presidentes secuestrados? ¿Cuántas soberanías violadas? ¿Cuántos ecosistemas destruidos antes de que se estabilice un nuevo equilibrio?
Para los pueblos del Sur Global, la respuesta no puede ser resignación. Necesitamos urgentemente construir mecanismos de seguridad colectiva alternativos. Fortalecer los BRICS+ no como alianza anti-occidental sino como plataforma de cooperación genuinamente multipolar. Desarrollar capacidades de defensa que hagan inviable la agresión. Y sobre todo, resistir la normalización de la fuerza como sustituto del derecho.
La invasión a Venezuela no debe ser el precedente aceptado. Debe ser el momento en que el Sur Global dice: basta. Nuestra soberanía no es negociable. Nuestra dignidad no está en venta. Y nuestro futuro no será decidido en Washington, por más poderoso que sea.
El orden que emerja dependerá de si somos capaces de articular una respuesta colectiva coherente. O si, una vez más, nuestra fragmentación nos condena a ser objetos de la historia en lugar de sujetos de nuestro propio destino.
El tablero geopolítico se ha movido. La pregunta es: ¿seremos jugadores o seremos fichas?
Por Profesor Valentín Ciriaco Vargas
