RESUMEN
Nos gusta repetir que vivimos en democracia porque votamos. Pero votar no es necesariamente decidir. A veces es simplemente reaccionar. Y reaccionar no es un acto de libertad; es un acto reflejo.
Durante años nos dijeron que el ciudadano analiza propuestas, compara ideas y elige racionalmente. Esa narrativa suena bien en los discursos académicos. En la práctica, lo que domina es otra cosa: estímulos emocionales cuidadosamente diseñados. La política ya no busca convencerte; busca provocarte. Si te enojas, funciona. Si te asustas, funciona. Si te indignas, mejor todavía.
David Hume escribió que la razón es esclava de las pasiones. Hoy la razón ni siquiera protesta. Daniel Kahneman demostró que decidimos primero de forma automática y luego inventamos explicaciones para sentirnos coherentes. Jonathan Haidt fue más directo: la intuición manda; la razón solo redacta el comunicado oficial. El voto es emocional.
Las redes sociales perfeccionaron esta arquitectura. El algoritmo no premia la verdad, premia la reacción. No distingue profundidad de exageración, distingue clics. Y el clic nace de la emoción intensa, no del análisis pausado. La indignación viaja más rápido que la evidencia. El escándalo desplaza al argumento. La rabia tiene mejor mercadeo que la prudencia.
El resultado es una ciudadanía permanentemente alterada. Cada semana hay una nueva crisis que nos sacude. Cada día una declaración diseñada para incendiar. Cada hora un contenido hecho para activar tribalismos. Nos convertimos en audiencia, no en ciudadanos. En consumidores de sobresaltos, no en deliberadores.
La democracia no siempre muere con golpes militares. A veces se vacía lentamente cuando el voto se convierte en un reflejo condicionado. Steven Levitsky ha advertido que las democracias se erosionan gradualmente. Esa erosión puede empezar cuando dejamos de exigir argumentos y comenzamos a exigir emociones.
En la República Dominicana no estamos inmunes. Basta observar cómo los debates públicos se transforman en trincheras digitales, cómo los liderazgos privilegian el impacto inmediato sobre la coherencia, cómo compartimos antes de verificar y opinamos antes de comprender. No es ignorancia; es estimulación constante. No es casualidad; es estrategia.
La pregunta no es si los políticos manipulan emociones. La política siempre ha jugado con ellas. La pregunta es si nosotros estamos dispuestos a seguir siendo manipulables. Porque la manipulación solo funciona cuando el receptor coopera.
Decimos que defendemos la democracia, pero toleramos que nos hablen como si fuéramos botones que alguien presiona. Decimos que queremos líderes serios, pero premiamos al que genera más ruido. Decimos que exigimos propuestas, pero viralizamos provocaciones.
Tal vez el problema no sea únicamente la clase política. Tal vez el problema sea una ciudadanía que prefiere el estímulo al esfuerzo intelectual. Que prefiere el sobresalto a la reflexión. Que prefiere reaccionar antes que pensar.
Y entonces la pregunta final deja de ser política y se vuelve personal: cuando llegue el próximo momento decisivo, ¿vas a votar después de pensar… o vas a reaccionar como te programaron?
