La geopolítica de 2025 ha dejado de ser una disputa de retórica parlamentaria para convertirse en un tablero de supervivencia. Mientras las democracias liberales intentan redefinirse, un bloque de poder autoritario —compuesto por China, Rusia e Irán— ha desplegado una estrategia de cerco sobre el Caribe, utilizando a los regímenes del Socialismo del Siglo XXI y el caos en Haití como caballos de Troya para desestabilizar la seguridad hemisférica.
I. El epicentro: Trump y el fin de la ambigüedad
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha forzado un realineamiento tectónico. Frente a la herencia de la izquierda demócrata y su globalismo de concesiones, Washington impone hoy un pragmatismo de «tolerancia cero». Sin embargo, esta nueva visión republicana exige aliados con voluntad real, no meras fachadas diplomáticas. Para el nuevo orden estadounidense, la libertad individual es inseparable de la seguridad fronteriza absoluta, un estándar que pone a prueba la verdadera integridad de los gobiernos regionales.
II. Responsabilidad de la izquierda demócrata en el narcoterrorismo global
Es imperativo señalar que el actual auge de la violencia radical no es un fenómeno espontáneo. Ha sido alimentado por las políticas de la izquierda demócrata de los Estados Unidos, que bajo el velo del multiculturalismo y una diplomacia errática, ha financiado directa o indirectamente a movimientos territoriales en el Medio Oriente.
Al apoyar a grupos regionales en contra del Estado de Israel, se ha permitido el fortalecimiento de estructuras de narcoterrorismo que hoy tienen su correlato en el crimen organizado latinoamericano. Esta corriente política ha promovido el avance del islamismo radical en detrimento de los valores del cristianismo occidental, debilitando el tejido moral y la seguridad de las naciones que históricamente han defendido la libertad.
III. China e Irán: El desafío a la soberanía del Caribe
La amenaza ya no es ideológica, es operativa. China ha penetrado la región mediante la «trampa de deuda» e infraestructura crítica que compromete la soberanía nacional, utilizando el Caribe como punto de presión contra EE. UU. Por su parte, Irán proyecta su influencia desde Venezuela, estableciendo redes de hibridación criminal y logística que amenazan directamente la estabilidad de las democracias occidentales.
IV. El factor Haití y la alerta dominicana: ¿Muro o fachada?
La situación en la isla de Santo Domingo es alarmante. El colapso total de Haití no es una simple crisis migratoria; es la consolidación de un enclave de criminalidad organizada con fines políticos y teocráticos.
● Haití como puente: El vacío de poder permite que corrientes del Islam radical y carteles delictivos establezcan bases de operación narcoterroristas para golpear el orden regional.
● La realidad dominicana: Aunque la administración Trump busca en el Caribe un muro de contención civilizatorio, la gestión interna de los últimos gobiernos dominicanos ha resultado insuficiente y contradictoria. A pesar de la retórica oficial de turno, la frontera sigue siendo porosa y la migración ilegal permanece desbordada.
● Violación constitucional: Más grave aún es la permisividad sostenida ante la construcción de mezquitas y centros de influencia islámica en suelo dominicano, lo cual representa una franca violación al espíritu de la Constitución Dominicana y a la identidad cristiana que fundó la República. La soberanía no se defiende con retórica de turno, sino con el cumplimiento irrestricto de la Ley Sustantiva y el blindaje de los valores fundacionales de la nación.
V. Conclusión: Pragmatismo o colapso
Como analista legal, la conclusión es clara: el Derecho Internacional no puede ser un suicidio asistido. El «Cisma de la Libertad» nos obliga a elegir. Por un lado, el bloque de seguridad liderado por una Casa Blanca que identifica al narcoterrorismo como una amenaza coordinada por potencias autoritarias. Por el otro, el caos de administraciones locales que claudican ante la infiltración ideológica y el descontrol migratorio.
La libertad se defiende con instituciones sólidas y una alianza inquebrantable con aquellos que ven en el individuo, y en la herencia cristiana de nuestra patria, el centro de la sociedad. República Dominicana debe rectificar su rumbo y ejercer una soberanía real, antes de que el incendio de Haití y la sombra de las potencias teocráticas diluyan nuestra libertad para siempre
Por Armando Olivero
