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11 de febrero 2026
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OpiniónAnn SantiagoAnn Santiago

El caos de Senasa 

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RESUMEN

Analizando noticia... por favor espera.

Ayer parte del pueblo se plantó frente al Palacio de Justicia creyendo —ingenuamente— que ayer pasaría algo distinto. No fueron por gusto,  sino porque AYER, en teoría, se decidiría algo importante: la medida de coerción contra los imputados del caso Senasa.

Y si, pasó algo…

La gente quedó más disgustada, eso pasó, aunque también pasó que; Santiago Hazim, “la cabeza”, fue enviado a Najayo a cumplir 18 meses de prisión preventiva.
Otros seis imputados corrieron la misma suerte.
Hasta ahí, todo parecía encajar dentro de lo mínimamente justo.

El problema empieza después.

El problema empieza cuando dos piezas clave de este engranaje criminal, dos nombres que no fueron simples comparsas, sino operadores activos del saqueo, fueron enviados tranquilamente a sus casas con arresto domiciliario.

Porque cantaron más que Juan Luis Guerra, porque chivatearon, porque están colaborando…

Aquí va una opinión personal, y no me disculpo por ella, valga el pleonasmo, la redundancia.

Entiendo que quienes ejercen el derecho tienen sus justificaciones: que el Ministerio Público los requiere, que son testigos valiosos, y que es necesario “llegar más lejos”.

Ojalá. Ojalá de corazón que estos dos nos lleven a la cabeza real, porque Hazim no es el destino final. Tampoco lo son los médicos que aún no aparecen, ni los farmacéuticos. No. Aquí hay gente más poderosa, más fuerte y mejor protegida.

Mientras se decide ese “ojalá”, la realidad es clara: Cinty Acosta y Eduardo Read no son inocentes. No lo fueron ayer, no lo son hoy y no lo serán mañana.

Cinty Acosta y Eduardo Read, para mí, no son personas inocentes.
Tienen la misma responsabilidad moral y práctica que Hazim.
Porque por todos ellos —por su orquestación, por su silencio cómplice y por su beneficio directo— murieron personas y otras enfermaron.

Negarles ese mismo nivel de responsabilidad sería como decir:
“Ellos roban, pero no roban motor.”
Y no, el robo es robo.
Y cuando el festín es la salud de los pobres, la culpa no se debería gradual: debería ser compartida.

Nunca he entendido —y quizá nunca quiera— por qué en el derecho  quien chivatea obtiene un salvoconducto legal.
¿Acaso hablar después de hacer daño no debería ser una obligación mínima y no un privilegio?
¿Desde cuándo cooperar borra la sangre que quedó en el camino?

Aquí, quien hace las cosas mal no debería negociar, debería perder ese derecho.
Cooperar por tu bien no es justicia; es un salvoconducto legal disfrazado de legalidad, pero claro, el derecho es diplomático… con algunos y la justicia, selectiva.

El mensaje que hoy está enviando el Ministerio Público —el mismo que mandó tranquilamente para su casa a Maxy Gerardo Montilla— es peligrosamente claro:

Si vas a robar, roba mucho.
Roba tanto que luego puedas negociar.
Róbate 500, devuelves 100, eliges a tu conejillo de Indias…
y para tu casa a disfrutar tranquilo de los otros 400.

Roba suficiente.

Pero el asunto —y el dolor colectivo— no es solo que robaran.
Es a quién le robaron.
Es la forma despiadada en que lo hicieron.

Y ojo: Senasa no será la última operación cuestionable del Ministerio Público.
Este país lo están desangrando institución por institución, pero volvemos siempre al inicio: nada se comparará jamás con el robo a la salud y a la salud de los más pobres para agravar el asunto.

Confieso que en este punto una quiere sacar un poco de barrio.
Decir cosas poco decorosas, soltar lo que no cabe en el lenguaje diplomático.
Porque, créanlo o no, eso ayuda a drenar la rabia y la impotencia.
Yo lo practico de vez en vez frente al espejo; Funciona.

Aquí merecían ir a la cárcel todos.
Y no a Najayo, porque ya sabemos que Najayo tiene celdas que parecen suites de hotel, Cárcel de verdad.

La del 15 de Azua, Parra.
Donde se aprende lo que significa perderlo todo.

Cinty Acosta se vería muy bien —muy simbólicamente— en Najayo Mujeres o, mejor aún, en la Plaza de la Bandera, en un careo con el pueblo.
Para que la gente le pregunte por qué.
Por qué ensañarse así con los pobres.
Porque eso fue lo que hicieron todos:
robarle al que de por sí ya no tenía nada.

Sé que en derecho hay derechos.
Sé que los procesos se manejan distinto a como quisiéramos desde la rabia legítima, pero no se confundan: aquí debieron estar presos todos.

Y no bajen la guardia.
Si hoy no están todos bajo arresto domiciliario no es por benevolencia institucional ni por iluminación moral.
Es porque la presión social se sintió.
Porque ellos saben —y lo saben bien— que cuando un pueblo se une, pero unión de verdad, eso es determinante.

No vean esto como una victoria total.
No lo es.

Nuestro presidente no es un héroe por enjuiciar a un amigo, a un colega de partido, a alguien de su círculo, eso no es heroicidad.
Eso era lo mínimamente correcto que debía hacerse, no hay que canonizar a nadie por cumplir con su deber.
La decencia básica no convierte a nadie en santo.

Y entonces la pregunta vuelve, incómoda, necesaria: ¿por qué enviarlos a Najayo?
Piensen.

Aquí no pasó nada extraordinario.
Pasó lo mínimo.

Y cuando lo mínimo se celebra como logro, el mensaje es más claro: todavía estamos dispuestos a conformarnos.

Que nadie se confunda:
esto no se cerró, esto apenas se sostuvo.

La cuenta sigue abierta.


Por Ann Santiago

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