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14 de febrero 2026
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OpiniónJosé Manuel JerezJosé Manuel Jerez

El ascenso de China y el retorno de Rusia: hacia un mundo multipolar

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RESUMEN

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El sistema internacional del siglo XXI ha dejado atrás la unipolaridad estadounidense para dar paso a un escenario multipolar en el que China y Rusia emergen como actores decisivos. El ascenso económico, tecnológico y militar de China, combinado con el resurgimiento geoestratégico de Rusia, ha configurado un orden global dinámico y competitivo. Esta reconfiguración del poder mundial redefine alianzas, altera equilibrios regionales y transforma las reglas del juego político, económico y militar.

China se ha consolidado como la potencia económica más dinámica del planeta. Su crecimiento sostenido durante cuatro décadas, su capacidad industrial y su expansión tecnológica han convertido al país en un actor central del comercio y las cadenas globales de valor. La iniciativa de la Franja y la Ruta, que integra infraestructura, comercio y diplomacia, constituye la estrategia más ambiciosa de proyección global desde el Plan Marshall. A través de ella, China ejerce influencia en Asia, África, Europa y América Latina.

En el ámbito militar, China ha modernizado sus Fuerzas Armadas, incrementado su presencia en el mar del Sur de China y desarrollado capacidades estratégicas avanzadas, incluyendo misiles hipersónicos, inteligencia artificial militar y sistemas de vigilancia global. Su objetivo geopolítico central es impedir la contención estadounidense en Asia-Pacífico y proyectarse como potencia líder en un orden internacional alternativo.

Rusia, por su parte, ha resurgido bajo un enfoque geopolítico centrado en recuperar su esfera de influencia histórica. Tras la crisis de los años noventa, el Kremlin ha apostado por una política exterior asertiva basada en el uso estratégico de la energía, el poder militar y la diplomacia coercitiva. La anexión de Crimea en 2014, la intervención en Siria y su papel en conflictos de Europa Oriental evidencian su capacidad para alterar el equilibrio regional y desafiar las instituciones occidentales.

La alianza estratégica entre China y Rusia, aunque no exenta de tensiones, se ha fortalecido como contrapeso al poder occidental. Ambos países comparten objetivos: limitar la influencia de Estados Unidos, debilitar la arquitectura de seguridad euroatlántica y promover un orden internacional más favorable a sus intereses. Esta convergencia se refleja en cooperación militar, comercio energético, proyectos tecnológicos y coordinación diplomática en plataformas multilaterales.

La competencia por los recursos naturales, las rutas energéticas y las nuevas tecnologías —como la inteligencia artificial, las telecomunicaciones y los semiconductores— se ha convertido en uno de los ejes centrales de la rivalidad geopolítica. China y Rusia avanzan en la construcción de sistemas tecnológicos y financieros alternativos al dólar, a las redes occidentales y al modelo liberal. El surgimiento de bloques tecnológicos marca una nueva fase de la competencia global.

El impacto de este escenario se extiende a todas las regiones del mundo. En Europa, la guerra en Ucrania ha reconfigurado la política de seguridad y ha revitalizado a la OTAN. En Asia, las tensiones en Taiwán, Corea del Norte y el mar del Sur de China aumentan el riesgo de confrontaciones. En Medio Oriente, la presencia rusa y la influencia económica china desafían la hegemonía tradicional de Estados Unidos.

América Latina y el Caribe también se encuentran inmersos en esta competencia multipolar. China es ya el principal socio comercial de varios países de la región, invierte en infraestructura, financia proyectos estratégicos y participa activamente en sectores como energía, telecomunicaciones y minería. Rusia, aunque con menor peso económico, mantiene vínculos militares y políticos con gobiernos aliados.

Para República Dominicana, este escenario exige una lectura estratégica inteligente. La creciente presencia china en el Caribe, el resurgimiento de Rusia y la reacción de Estados Unidos —que históricamente ha considerado la región como área de influencia— obligan a un delicado equilibrio diplomático. Identificar oportunidades económicas sin comprometer la seguridad hemisférica es uno de los mayores desafíos para la política exterior dominicana.


Por José Manuel Jerez

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