RESUMEN
En la mayoría de academias diplomáticas del mundo se forman profesionales con sólidos conocimientos en derecho internacional, historia, idiomas y economía. Se enseña a redactar informes, a dominar el protocolo y a manejar la retórica de una negociación. Sin embargo, hay una asignatura que casi nunca aparece en los programas oficiales y que, paradójicamente, puede definir el éxito o fracaso de una misión: el arte social.
La diplomacia no se ejerce únicamente en los salones de conferencia ni en los pasillos de Naciones Unidas. Con frecuencia se construye en una cena privada, en una conversación de pasillo o en un café compartido donde se cruzan miradas y palabras que no quedan registradas en actas. Ahí las habilidades sociales del diplomático, como escuchar, generar empatía, adaptarse al otro y transmitir confianza, marcan la diferencia.
Los currículos oficiales reconocen la importancia de la negociación, pero rara vez entrenan en cómo lograr ese click humano que abre puertas. ¿De qué sirve dominar tratados y convenios si no se tiene la capacidad de ganarse la confianza del interlocutor? La falta de formación en estas competencias deja a muchos jóvenes diplomáticos listos para brillar en el aula, pero no siempre en la recepción o la visita oficial donde realmente se cimentan relaciones.
La historia ofrece ejemplos elocuentes. Charles Maurice de Talleyrand, el célebre diplomático francés del siglo XIX, no sobrevivió a varios regímenes por su erudición técnica, sino por su habilidad para moverse en los salones sociales, seducir con la palabra y tejer redes personales que lo mantuvieron en la cima. Nelson Mandela, desde otra dimensión, entendió que la empatía podía desarmar a sus adversarios más férreos. Su capacidad de escuchar y validar al otro fue un arma tan poderosa como su liderazgo político. Richard Holbrooke, arquitecto de los Acuerdos de Dayton que pusieron fin a la guerra en Bosnia, logró avances decisivos fuera de la mesa formal, en encuentros sociales donde supo persuadir y acercar a líderes que no se soportaban.
Incluso la realeza ha jugado este papel. Cenas organizadas por monarcas europeos han suavizado tensiones que los discursos oficiales no resolvían. En el mundo de los negocios, directivos internacionales han cerrado alianzas no tanto por las cifras, sino por la confianza personal generada en un apretón de manos o en una conversación social que rompió el hielo.
El presente además plantea un escenario complejo: sociedades polarizadas, diplomacia digital y negociaciones en ambientes cada vez más tensos. En este contexto, un diplomático que no maneje las habilidades sociales está en clara desventaja. La capacidad de empatizar, leer la atmósfera y generar cercanía es hoy más que nunca una herramienta estratégica.
Formar diplomáticos competentes no puede limitarse a preparar expertos en derecho y protocolo. El futuro de la diplomacia exige profesionales capaces de inspirar confianza, de tender puentes humanos y de manejar con elegancia el arte social. Incluir formalmente este entrenamiento en las academias diplomáticas sería reconocer una verdad antigua pero siempre vigente: muchas veces la llave de un acuerdo no se encuentra en el texto de un tratado, sino en la calidez de una conversación.
El autor es diplomático de carrera y actualmente se desempeña como primer secretario de la Embajada de la República Dominicana en la India, con concurrencias en Bangladés, Maldivas, Nepal y Sri Lanka. Posee más de 20 años de experiencia diplomática y ha representado al país en misiones en Jamaica, Portugal, Colombia y Trinidad y Tobago, donde se desempeñó como Ministro Consejero y Encargado de Negocios a.i. Es licenciado con honores y cuenta con una Maestría en Diplomacia y Servicio Consular en el Instituto de Educación Superior en Formación Diplomática y Consular (INESDYC), así como un MBA en la Escuela Europea de Negocios de Salamanca, España.
Por Alfredo Stefan
