Se ha vuelto casi una moda entre algunos poetas, músicos y artistas el exhibir el descuido como si fuera una virtud. Cabellos despeinados, ropas arrugadas, miradas perdidas en un aire de “yo soy diferente”… y todo eso, supuestamente, en nombre de la autenticidad. Pero ¿en qué momento confundimos creatividad con abandono?
El verdadero arte no necesita disfrazarse de bohemia ni esconderse detrás de una apariencia desaliñada. Es un error pensar que la genialidad se mide por el grado de desorden. Hay artistas que parecen creer que mientras más sucios, más profundos; mientras más raros, más interesantes. Y lo cierto es que esa actitud, más que arte, refleja falta de respeto: hacia sí mismos, hacia su público y hacia el oficio que dicen amar.
Ser artista implica comunicar belleza, sensibilidad, criterio. Y eso también se proyecta en la manera en que uno se presenta ante el mundo. No se trata de usar trajes costosos ni de seguir tendencias de moda; se trata de representar con dignidad el arte que se lleva dentro. Porque cuando un creador se muestra en público, está ofreciendo una extensión de su obra. Su cuerpo, su voz, su presencia, son parte del mensaje.
Los grandes nombres del arte y la literatura no necesitaron lucir como desarreglados para ser admirados. Ni Juan Luis Guerra, ni Juan Bosch, ni Pedro Mir, ni Mercedes Sosa confundieron talento con desaliño. Cada uno, a su manera, cuidó su imagen, entendiendo que el respeto también se viste.
Hoy, sin embargo, parece que la palabra “artista” se usa para justificar cualquier cosa. Algunos confunden rebeldía con desorden, libertad con desatención, y originalidad con simple falta de higiene. Pero la verdad es que un artista puede romper esquemas sin romper el espejo. Puede ser libre sin parecer abandonado. Puede ser profundo sin ser descuidado.
La creatividad no se mide por la arruga de una camisa ni por el cabello revuelto. El talento no brilla entre el desaseo. Y la autenticidad, si es verdadera, no necesita del caos para existir.
El arte merece respeto. Y respetarlo también implica dignificar su imagen. Porque si el artista no cuida ni siquiera la forma en que se muestra, ¿cómo esperar que cuide la esencia de lo que crea?
Por Amerfi Cáceres
