RESUMEN
Decepciones que venían con aviso
«Aquello que no te pertenece por destino, por más que lo anheles, terminará rompiéndote una y otra vez.»
Hay momentos en la vida en los que, por más que lo intentemos, lo que deseamos simplemente no se concreta. Luchamos, insistimos, nos desgastamos en una persecución que parece tener sentido porque el deseo es fuerte, pero los resultados nos hablan de otra realidad. Nos enfrentamos una y otra vez al mismo muro, a la misma decepción, como si el universo nos susurrara que eso no es para nosotros, aunque nos cueste entenderlo.
La cultura nos ha enseñado a persistir, a no rendirnos, a pelear por lo que queremos. Pero hay una línea delgada entre la perseverancia y el apego que duele. Cuando algo no fluye, cuando duele más de lo que construye, cuando se repite la tristeza, tal vez no se trate de seguir insistiendo, sino de aprender a soltar.
No todo lo que queremos es lo que nos conviene. A veces, las puertas cerradas son salvaciones disfrazadas. Es fácil confundir el deseo con el destino, pero no siempre coinciden. El deseo nace del ego, de la imagen que nos hacemos de la vida; el destino, en cambio, tiene su propia lógica, una sabiduría que no siempre comprendemos a primera vista.
Aceptar que algo no es para nosotros no es sinónimo de derrota, sino de madurez. Es reconocer que hay caminos que solo llevan a la repetición del dolor. Y si algo te hiere una y otra vez, quizá su única lección sea aprender a dejarlo ir.
Soltar no es olvidar ni rechazar. Es liberar con gratitud. Agradecer lo vivido, lo aprendido, incluso lo perdido. Porque toda experiencia deja huella, y hasta aquello que no fue para nosotros tiene el poder de transformarnos. Pero no debemos encadenarnos a lo que nos niega paz.
Hay una tranquilidad profunda en confiar en que lo que es para ti llegará sin forzarlo. Lo que construye, lo que sana, lo que suma, no necesita rogarse. Cuando es para ti, se nota: fluye, crece, te respeta y te eleva.
Así que si algo se escapa, si se aleja aunque lo hayas querido con todo tu ser, no lo persigas más. Déjalo ir con dignidad. A veces, lo que creemos pérdida es en realidad un espacio vacío que se prepara para recibir algo mejor.
Porque lo tuyo, de verdad, no tiene que dolerte una y otra vez. Lo tuyo llegará, y cuando lo haga, entenderás por qué lo anterior no se quedó.
