RESUMEN
Y oí una gran voz del templo, que
decía a los siete ángeles: «Id, y
derramad las siete copas de la ira
de Dios sobre la tierra».
Apocalipsis, 16: 1
Mi lectura cinematográfica del film La carretera [The Road] —estelarizado por Viggo Mortensen y Charlize Theron y dirigido por John Hillcoat en 2009— actuó en mí como una especie de detonante debido a su temática distópica, es decir, de atmósfera sombría y postapocalítica. Me bastaron unos minutos de metraje para que la imagen de un mundo devastado me empujara hacia una reflexión más antigua y más grave: la del fin del mundo, el verdadero, el que la humanidad ha temido, anunciado y que, paradójicamente, ha venido buscando.
Desde la tradición bíblica, el «Apocalipsis» —escrito por el apóstol Juan en la isla griega de Patmos, es el último libro del «Nuevo Testamento», segunda parte de la Biblia— no es un espectáculo de destrucción gratuita. Es, ante todo, revelación. No fija fechas, no ofrece cronogramas precisos, no habla en términos de siglos o milenios. Su tiempo es simbólico y moral. El «fin de los tiempos» ocurre cuando el mal ha desbordado los límites, cuando la injusticia se vuelve sistema, cuando la violencia deja de escandalizar.
El apocalipsis bíblico no responde al cuándo, sino al por qué. Y, aun en su severidad, conserva un horizonte de sentido: después del juicio, la restauración; después de la caída, una posibilidad de redención.

En cambio, el apocalipsis que el hombre parece estar construyendo es distinto: no revela nada, pero consume; no juzga, pero arrastra. Tampoco promete un orden nuevo: solo deja ruinas. Es un apocalipsis sin trascendencia, sin palabra, sin juicio último. Un final sin una narrativa esperanzadora.
La carrera bélica de la humanidad —absurda, reiterativa, cíclica— no se explica ya por la defensa ni por la supervivencia, sino por una lógica autodestructiva que ha perdido todo anclaje ético. La técnica ha superado con creces a la conciencia y el poder de aniquilar es hoy infinitamente mayor que la voluntad de preservar. Y eso no es una hipótesis apocalíptica: es un dato histórico.
Durante siglos se temió el castigo divino; hoy habría que temer, más bien, a la irresponsabilidad humana. El hombre moderno no espera el fin del mundo: lo administra. No lo anuncia desde púlpitos ni profecías; lo prepara en laboratorios, arsenales y discursos de odio cuidadosamente elaborados. El apocalipsis ya no baja del cielo: se fabrica en la tierra.
Es quizá por eso que los profetas han perdido credibilidad. Y no porque se hayan equivocado, sino porque la humanidad ha dejado de escuchar cualquier advertencia que no convenga a sus intereses inmediatos, casi siempre de naturaleza material y nada espiritual. El problema ya no es el fin de la historia —tema largamente explotado—, sino el fracaso moral que precede a cualquier final.
La verdadera derrota existencial del ser humano no será desaparecer, sino hacerlo habiendo vaciado de sentido la vida, habiendo convertido al otro en obstáculo, en enemigo o en simple cifra con frío significado estadístico. Cuando la ética se vuelve opcional y la dignidad negociable, el apocalipsis ya ha ocurrido, aunque el mundo continúe en pie. Tal vez el Apocalipsis bíblico siga siendo una advertencia pendiente, mientras que el apocalipsis del hombre parece avanzar sin metáforas, sin trompetas y sin ángeles: con pasos firmes, técnicamente racionales, pero moralmente suicidas, en dirección a la aniquilación de la humanidad. Esta inquietante realidad ha encontrado incluso su correlato en una modalidad del cine de ciencia ficción a la que me referí al inicio de este artículo. Baste citar tres películas de culto del cine postapocalíptico como ejemplo elocuente: Blade Runner (1982), Matrix (1999) y Mad Max: Fury Road (2015).
Concluiré esta quizá no muy grata reflexión transcribiendo mi poema «Profecías» (1979), contenido en mi poemario «El viento y yo», * publicado en 1986 dentro de la desaparecida Colección «Orfeo» de la Biblioteca Nacional de la República Dominicana:
Profecías
Se elevarán las nubes de cristal
y se hará más largo el silencio.
La paloma evadirá su propio vuelo
y el viento temerá dejarse sentir.
Correrá fuego o mentira
en vez de agua por los ríos
y el mar se morirá de sed, quemado.
Se oirá el aullido de las piedras
y los niños pagarán por su inocencia.
No habrá canto de sirena
y la mudez del tiempo peinará la tierra.
Los colores se fundirán en uno:
sólo elegiremos el rojo-sangre, el rojo-llanto.
Se dejará vencer la luz por las tinieblas
y el dragón de la inclemencia asomará su lengua:
todas las horas serán nocturnas
y la sombra arrojará el día, el sol.
Seremos piedras ardientes, quemantes,
navegando, abatidas, en la pureza del fuego.
1979
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* El crítico literario y poeta Julio Cuevas opina así sobre esta segunda obra poética de mi autoría: «Una ambientación de cataclismo apocalíptico domina el entorno poético de El viento y yo, sin embargo, esto no lo encasilla en los linderos del misticismo. El poeta se constituye en profeta de su propio laberinto interno, y es por eso que en El viento y yo se procura advertir al hombre de la autodestrucción que lo circunda». En: «Trapiche», página literaria del desaparecido diario El Sol (Santo Domingo) del sábado 18 de octubre de 1986: p. 22.
Por Miguel Collado
