RESUMEN
Fue un hecho relevante la visita del presidente Luis Abinader al Instituto Nacional de la Uva en Neiba. Precisamente por esa importancia institucional, el momento exigía elevar la discusión a nivel de decisión de Estado, no limitarla a compromisos administrativos que ya estaban vencidos.
Constatando en los archivos no era necesario inventar, el diagnóstico de fondo no es nuevo ni improvisado. Técnicos internacionales de la región de Marche, en Italia, acompañaron evaluaciones, estudios de adaptación y recomendaciones claras para el desarrollo de la vitivinicultura dominicana con Neiba como eje natural. Esos diagnósticos identificaron variedades viables, necesidades de industrialización, organización del productor, acceso al agua y, sobre todo, la urgencia de cerrar la cadena productiva mediante transformación e inserción ordenada en el mercado. Nada de eso era retórico; todo estaba técnicamente sustentado.
Por impericia, esos insumos fueron ignorados o dejados a mitad de camino. En lugar de consolidar el núcleo histórico del cultivo, se optó, de manera cada vez más visible, por respaldar proyectos de mayor escala en otras provincias, con una cercanía casi exclusiva entre el Estado y grandes productores de Montecristi y San Juan. Promover expansión no es objetable; sesgar el apoyo sí lo es cuando esa expansión se construye mientras el territorio que aportó conocimiento, material vegetal y experiencia permanece asfixiado.
Por elección de políticas pública. Neiba, donde se validaron uvas viníferas traídas desde Italia y se demostró la viabilidad de la uva de mesa, sigue atrapada en deudas, sin bodega, sin financiamiento y sin mercado estable; mientras otros proyectos avanzan con respaldo institucional, narrativa de éxito y acompañamiento sostenido. No es un problema climático ni técnico, es político-empresarial.
De ahí que, los anuncios posteriores a la visita de pago de deudas atrasadas, integración a programas sociales y la promesa de un plan, no tocan el centro del asunto. Pagar lo que se debe no es desarrollo; es reparar tarde un daño que dejó a pequeños productores sin capital, sin producción y, en muchos casos, sin tierras. La solución estructural sigue siendo la misma que los diagnósticos internacionales señalaron: rehabilitar las uvas de vino, fortalecer la uva de mesa, crear una bodega vitivinícola bajo control técnico del INUVA y habilitar financiamiento blando que recomponga la economía productiva local.
La visita del presidente a una pequeña institución gubernamental, no es un acto pequeño. Es el espacio para plantear proyectos, presupuestos y soluciones definitivas. Reducirla a “migajas” administrativas es perder una oportunidad que el territorio no puede darse el lujo de desperdiciar.
No es que Neiba pida exclusividad ni privilegios. Lo pide es coherencia, pide que los diagnósticos hechos con rigor, incluso desde Italia, se conviertan en política; que el apoyo del Estado no se incline solo hacia los grandes; y que el Inuva recupere su rol rector para cerrar, de una vez, la brecha entre potencial y realidad. Si no se corrige ahora, el país habrá elegido conscientemente dejar morir la industria vitivinícola en el lugar donde nació.
Por: José Peña Santana.
