Este día desentierra dos efemérides: el asesinato de Mon Cáceres y la salida de los remanentes del trujillato. Uno en 1911, otro en 1961, son dos hechos que brotan de la memoria nacional, ese fermento de otros días. Los dos sucesos recalan en un pasado catastrófico y truculento.
Hablo de un magnicidio y de un escape. Mon fue el jefe de la fuerza nacional. Pacificó la convulsa Línea Noroeste. Sembró orden y progreso. Negoció la soberanía nacional entregando las Aduanas al yugo estadounidense. Echó las bases materiales del Estado. Heredó el poder y se encaramó tras la muerte de Morales Languasco, un cura que abandonó los hábitos y ejecutó una cruzada política. El sacerdote, de Puerto Plata, intentó sobrevivir con una maniobra truculenta, pero se estrelló contra sí mismo. Al final se fracturó una pierna y la intentona se fue a pique. Mon, el vice, llenó ese vacío de poder y se alzó con crueldad y dureza. Fue un gobernante severo y tajante, justo lo que necesitaba la desdichada República.
Pero lo mataron. Un grupo de conspiradores acaudillados por Luis Tejera lo acechó, lo emboscó y lo ejecutó en Güibia. El herido presidente, tambaleante, disparó antes de caer y, arrastrándose, apenas pudo llegar a la residencia de la familia Peynado, cerca de la Legación de Estados Unidos. Allí expiró. Los magnicidas hicieron un despelote, terminaron en desbandada. Tejera fue «bien muerto pero mal matao'», dijo su padre don Emiliano Tejera, excanciller del mismo Mon. Augusto Chottin y los demás se desperdigaron. Se dijo que el plan original no era matar al presidente sino secuestrarlo y obligarlo a renunciar. Las cosas se precipitaron y el gobernante se hundió en su propia sangre. El magnicidio dio paso al caos, esa fiesta nacional que nunca termina, ese ‘furioso merengue’ que no acaba jamás.
Se entronizan los Victoria: el senador Eladio María sostenido por su sobrino Alfredo María, jefe de la Plaza de Santo Domingo pero muy joven aún para ocupar el solio presidencial. Sube al poder el arzobispo Adolfo Alejandro Nouel y Bobadilla, un purpurado majestuoso y oportuno. Pero Desiderio Arias se le instala en el patio del Palacio de Gobierno, lo presiona y finalmente lo obliga a renunciar. La dimisión llega el 13 de abril de 1913, a bordo de una embarcación anclada en Barahona. José Bordas Valdez da un golpe de mando y coge la silla. Le hacen la ‘revolución del ferrocarril’, después que a Horacio Vásquez le quitan el control de ese sistema de transporte. Se rebelan y relinchan los caballos de la rebeldía.
Por breve tiempo gobierna Ramón Báez Machado, el hijo de Buenaventura Báez nacido en Mayagüez de Puerto Rico. Entrega la ñoña el 5 de diciembre de 1914, a Juan Isidro Jimenes Pereyra, el hijo del cubano y expresidente dominicano Manuel Jimenes González. Ese año se produjo ‘la Conjunción’, una formidable mezcla de horacistas y jimenistas. «El sol sale para todos, después que canta el gallo y muge el toro», era el eslógan contra Francisco José Peynado, el gran civilista perdedor. El parteaguas: Juan Isidro agota su segundo y último gobierno, hasta que los marines estadounidenses ocupan la nación, pisotean la soberanía y establecen una dictadura extranjera.
Ocho años después, se encima otra vez Horacio Vásquez. Esta vez gobernará un sexenio, hasta la locura trujilista en 1930. El trujillato devoró a los opositores, implantó la omnímoda voluntad del Jefe supremo, sembró progreso nacionalista al estilo trujillista.
Muerto ‘el Chivo’ en la carretera, empieza a salir el sol de la democracia y se ilumina el porvenir nacional. Pero los restos del trujillato malvado siguen infestando el ambiente nacional. Balaguer es el comadrón del parto de la democracia. Va al frente de la cosa, bendecido por el neotrujillismo y el super Estados Unidos.
El 19 de noviembre de 1961, Pedro Rafael Ramón Rodríguez Echavarría, Chavá, alza la Base Aérea de Santiago y se alborotan los espíritus, pidiendo a grito vivo la salida de los últimos Trujillo (Negro, Petán, Ramfis y demás hierbas). Cogen sus motetes y se marchan, el 19 de noviembre de 1961, hace exactamente 60 años. Sin embargo, antes de partir, Ramfis deja una orgía de sangre: el asesinato brutal de los últimos sobrevivientes de la muerte violenta del Jefe, la noche brillante del 30 de mayo.
Eso sucedió hace 60 años.-




