RESUMEN
“El dinero en las manos de un creyente fiel es una semilla del Reino: cuando se administra con sabiduría, produce justicia, esperanza y vida para muchos.”
-Anónimo
En un mundo donde el dinero suele ser sinónimo de poder, competencia y control, el cooperativismo nos recuerda que la economía también puede ser un instrumento de solidaridad, servicio y transformación social. Sin embargo, cuando a esa ecuación se le añade la fe, el panorama cobra un sentido aún más profundo: entendemos que no somos dueños, sino administradores de los recursos que Dios nos confía.
La unión entre fe, finanzas y cooperativismo no es una idea nueva, sino una práctica que hunde sus raíces en los valores bíblicos de mayordomía, justicia y amor al prójimo. La Palabra de Dios enseña que “del Señor es la tierra y su plenitud” (Salmo 24:1), y por tanto, todo lo que poseemos —tiempo, talentos, bienes y dinero— nos ha sido entregado para administrar con sabiduría y servir con propósito.
En este artículo reflexionaremos sobre cómo las enseñanzas bíblicas aplicadas a la administración del dinero pueden fortalecer las cooperativas y ayudar a las familias a prosperar con propósito, honrando a Dios en cada decisión económica.
- La fe como fundamento de la administración
La fe cristiana nos enseña que la verdadera riqueza no está en lo que acumulamos, sino en cómo utilizamos lo que tenemos para glorificar a Dios y bendecir a otros. Jesús dijo: “Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mateo 6:21).
Esa declaración es la base de toda economía cristiana: el dinero revela lo que realmente valoramos.
Administrar con fe implica reconocer que cada peso, cada decisión financiera y cada acción económica debe alinearse con la voluntad de Dios. Cuando un creyente —o una cooperativa— toma decisiones financieras desde la fe, deja de preguntarse “¿cuánto puedo ganar?” y comienza a preguntarse “¿cómo puedo servir mejor a través de esto?”.
El apóstol Pablo lo resume magistralmente en 1 Corintios 4:2: “Ahora bien, se requiere de los administradores que cada uno sea hallado fiel”. Esa fidelidad es el alma de toda buena gestión: cuidar, multiplicar y usar con integridad lo que se nos ha confiado.
2. Las finanzas bajo el principio de la mayordomía cristiana
En la Biblia, la mayordomía es uno de los temas más recurrentes. Dios es el dueño de todo, y nosotros somos sus administradores. Esto transforma por completo nuestra relación con el dinero.
Deja de ser un fin en sí mismo y pasa a ser una herramienta divina para cumplir un propósito eterno.
Jesús lo ilustró en la parábola de los talentos (Mateo 25:14-30), donde el amo confía sus bienes a sus siervos para que los hagan producir. La enseñanza es clara: Dios espera que seamos productivos, diligentes y responsables con lo que nos da.
El dinero no es malo; lo malo es el amor al dinero (1 Timoteo 6:10). Cuando el dinero gobierna, el hombre se esclaviza; cuando el hombre gobierna el dinero con sabiduría, Dios es glorificado.
Desde esa perspectiva, la planificación financiera es también un acto de fe. Elaborar un presupuesto, ahorrar, invertir con prudencia o evitar el endeudamiento innecesario no son simples prácticas económicas; son expresiones de obediencia y disciplina espiritual.
Proverbios 21:5 nos enseña: “Los pensamientos del diligente ciertamente tienden a la abundancia; mas todo el que se apresura, al apuro va”. La fe no elimina la planificación: la inspira y la sostiene.
3. El cooperativismo: la economía del Reino en acción
El movimiento cooperativo surge de principios que se alinean profundamente con los valores cristianos: ayuda mutua, solidaridad, equidad, honestidad y responsabilidad social.
En su esencia, el cooperativismo es una forma moderna de vivir la enseñanza bíblica de Gálatas 6:2: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo”.
Mientras la economía tradicional se centra en la competencia, el cooperativismo promueve la colaboración y la justicia social. Su propósito no es enriquecer a unos pocos, sino mejorar la calidad de vida de todos los socios y sus comunidades.
Cuando una cooperativa opera bajo los principios de la fe, se convierte en una extensión práctica del Reino de Dios en la tierra. En lugar de ser una institución puramente financiera, se transforma en una comunidad de propósito, donde las decisiones económicas se toman pensando en el bien común y en la administración responsable de los recursos.
Así como las familias cristianas deben ser mayordomas de lo que Dios les da, las cooperativas —especialmente las de inspiración cristiana— deben comprender que administran dinero que no les pertenece, sino que ha sido confiado por los socios, y en última instancia, por Dios mismo.
4. Diligencia y transparencia: virtudes de un administrador de Dios
La administración de los recursos económicos en una cooperativa debe reflejar diligencia, responsabilidad y transparencia, no solo como principios contables, sino como valores espirituales.
El mismo Jesús dijo en Lucas 16:10: “El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel”.
Una cooperativa que actúa con transparencia honra a Dios y fortalece la confianza de sus socios.
Cada balance, cada decisión de crédito, cada inversión debe estar guiada por el principio de la honestidad y la rendición de cuentas. En el ámbito espiritual, la transparencia es sinónimo de luz, y la oscuridad —el ocultamiento, el manejo indebido o el interés personal— es terreno fértil para la corrupción.
Por eso, las cooperativas deben ser un ejemplo de buena administración, justicia y equidad, reflejando que el dinero de los socios se maneja con reverencia, como si fuera dinero del propio Dios.
De hecho, lo es.
5. La transformación comienza en la familia
La familia es la primera escuela de administración. Allí aprendemos a manejar lo poco o lo mucho que tenemos, a planificar, a compartir y a confiar en Dios.
Cuando las familias practican la mayordomía cristiana, aprenden a vivir sin deudas innecesarias, a ahorrar con propósito y a invertir en lo que realmente importa: educación, fe y bienestar colectivo.
El Salmo 128 describe la bendición que Dios concede a las familias que le temen y le obedecen: “Bienaventurado todo aquel que teme a Jehová… tu mujer será como vid que lleva fruto en los lados de tu casa, tus hijos como plantas de olivo alrededor de tu mesa”.
Esta imagen no es solo espiritual, es también económica: prosperidad con propósito, abundancia con equilibrio, riqueza con justicia.
Las cooperativas pueden y deben fortalecer a las familias, ofreciendo educación financiera, programas de ahorro familiar, microcréditos responsables y espacios de formación espiritual. Cuando una familia administra bien, una comunidad se fortalece; y cuando las comunidades prosperan, el cooperativismo florece como un instrumento de Dios para el bien común.
6. Prosperar con propósito
La prosperidad no debe confundirse con acumulación. Prosperar, en el sentido bíblico, es vivir en armonía con Dios, teniendo lo suficiente para suplir nuestras necesidades y bendecir a otros.
Proverbios 11:25 lo expresa con claridad: “El alma generosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado”.
El cooperativismo cristiano debe fomentar una cultura donde la prosperidad se entienda como un flujo, no como un estanque. Lo que Dios nos da, lo recibimos para compartir, multiplicar y servir.
Esa es la esencia de las cooperativas que trabajan con valores cristianos: crear un círculo virtuoso de servicio, ayuda mutua y bendición continua.
Una cooperativa que prospera con propósito no busca solo crecimiento financiero, sino impacto social y espiritual.
En cada préstamo, en cada proyecto, en cada acción educativa, debe reflejarse el mensaje:
“Dios nos confió estos recursos para transformar vidas, no para acumular riquezas.”
7. Hacia una cultura de administración con fe
Para integrar efectivamente la fe, las finanzas y el cooperativismo, es necesario fomentar una cultura de administración con propósito dentro de las cooperativas. Esto implica:
- Educar a los socios sobre la mayordomía cristiana y los valores éticos en la gestión del dinero.
- Promover la transparencia y la rendición de cuentas como principios espirituales, no solo legales.
- Apoyar proyectos comunitarios que promuevan el desarrollo sostenible y la solidaridad.
- Fomentar la oración y la reflexión ética en las decisiones económicas importantes.
- Integrar principios bíblicos en la planificación estratégica y en los programas de responsabilidad social.
Al hacerlo, las cooperativas pueden convertirse en verdaderas luces en la economía nacional, demostrando que es posible administrar con eficiencia y, al mismo tiempo, honrar a Dios.
Administradores del dinero de Dios
El dinero que manejamos —en nuestras familias, empresas o cooperativas— no nos pertenece. Nos ha sido confiado para administrarlo con fidelidad y propósito.
Cuando una cooperativa entiende esto, deja de ser una simple institución financiera y se convierte en una herramienta del Reino de Dios.
La fe nos da la visión, las finanzas el medio, y el cooperativismo el modelo para servir, prosperar y transformar comunidades.
Administrar el dinero de Dios exige humildad, responsabilidad y transparencia. Pero también promete una recompensa mucho mayor que los beneficios económicos: la paz de saber que estamos cumpliendo con el propósito divino de bendecir a otros.
Por: Víctor Ventura, Presidente C.A. COOPEMIC
