Muchas veces se presenta un dilema que parece inevitable: crecer y perder a las personas en el camino, o cuidar a las personas y sacrificar el rendimiento, sin embargo, esa visión encierra una trampa: la creencia de que el éxito solo puede sostenerse a costa de la estabilidad humana, y la realidad es otra.
El crecimiento sostenible surge cuando se integra lo que tradicionalmente se ha querido separar:
los resultados y la cultura, la rentabilidad y la conexión con el propósito, la estrategia y la integridad.
Las transformaciones no nacen de planes operativos ni de discursos motivacionales, nacen cuando se decide mirar de frente los quiebres y cuando hablo de quiebres, me refiero a las grietas en la comunicación, la falta de coherencia, la pérdida de sentido. Es en esos momentos donde se revela la oportunidad de evolucionar como organización y como personas.
El verdadero cambio comienza cuando dejamos de reparar lo superficial y nos enfocamos en cómo escuchamos, cómo nos hablamos y cómo lideramos, pues cuando se trabaja desde la conciencia y el compromiso, se logra convertir los quiebres en nuestros mayores avances.
No hay mayor señal de crecimiento que transformar el dolor en aprendizaje y la confusión en propósito.
Las organizaciones —y las personas— que logran hacerlo, descubren que los quiebres no debilitan: despiertan.
Por Belma Polonia González
Profesional en Gestión Humana, enfocada en el desarrollo del talento, la cultura
organizacional y el bienestar laboral. Se caracteriza por crear experiencias que conecten a las personas con su propósito profesional y humano.
