Don Rodrigo Pimentel y la picaresca de la época colonial

Por Jottin Cury hijo

Frente a mi oficina se encuentra ubicado el colegio Santa Clara, antiguo convento concebido originalmente en homenaje a Santa Ana, el cual terminó con su actual designación debido a la llegada al país, a mediados del siglo XVI, de las Monjas Clarisas.  Posteriormente, a finales del siglo XVIII, con ocasión de la penetración francesa, esta orden emigró a Cuba para retornar unos años después en 1820. En el último cuarto del siglo XIX el monasterio inició un proceso de reconstrucción, estableciéndose el centro educativo que funciona a partir de entonces, y del cual han egresado numerosos profesionales destacados de nuestro país. Se trata de uno de los planteles escolares más antiguos y que mayores aportes ha realizado a la sociedad dominicana.

Durante décadas he estado visitando la zona colonial y, a pesar de mi curiosidad por los temas históricos, nada había escuchado sobre Don Rodrigo Pimentel. Fue apenas hace unos meses cuando el distinguido profesor universitario y magistrado, Juan Alfredo Biaggi Lama, en una visita guiada para algunos de sus amigos, nos indicó que dentro del recinto de la Iglesia de Santa Clara reposan los restos de Don Rodrigo Pimentel, controversial personaje del siglo XVI que fue motivo de no pocos escándalos y procesos judiciales. Poco después de ese importante señalamiento me presenté al colegio, y gracias a la amable acogida de sus directores pude penetrar y constatar el dato. A partir de ese momento inicie una búsqueda de información sobre ese hombre público que, efectivamente, dio mucho de que hablar en su época.

El destacado abogado Américo Moreta Castillo elaboró una síntesis, extraída del tomo 3 de la colección César Herrera, titulado “Autos contra Don Rodrigo Pimentel”, en el que destaca los aspectos más relevantes de su agitada vida. En la misma se expresa: “Frente al poder fáctico del rico comerciante Rodrigo Pimentel se llegó a decir en Santo Domingo que No hay más Ley ni más Rey que don Rodrigo Pimentel”. Su influencia fue tan significativa que, según el referido resumen, el lema antes apuntado apareció escrito en las paredes de las Casas Reales, antigua Sede de la Real Audiencia. Todo apunta que Rodrigo Pimentel se relacionó hábilmente con las personalidades más influyentes de su tiempo. Aportó recursos para la construcción del altar mayor de la Catedral y la reconstrucción de los conventos de las Mercedes y Santa Clara.

Fue, sin lugar a dudas, un personaje inescrupuloso que supo granjearse apoyo político y eclesiástico con la finalidad de salir ileso de sus múltiples problemas. En cierta ocasión se le procesó por su complicidad con un atentado criminal perpetrado por dos de sus sirvientes contra el capitán de fragata Juan Agustín y el señor Francisco Caballero, puesto que el primero habría cortejado a su amante que respondía al nombre de Isabel de Ledesma. Esta última fue recluida en una ocasión por el propio Rodrigo Pimentel en el Convento de Santa Clara con la complicidad de la abadesa. En una carta del fiscal don Bernardo de Figueroa se expresa: “(…) Don Rodrigo Pimentel ha estado y está amancebado públicamente muchos años con una mujer casada (…) y la ha echado con violencia de la isla a muchos años comunicándola con tal desenfado y publicidad como si fuera mujer propia”. Es de suponer que se refería a Isabel de Ledesma; se trata de una acusación reiterativa en diferentes comunicaciones.

En efecto, Rodrigo Pimentel se valía de todos los medios para ejercer influencia y satisfacer sus caprichos. Otro de los agravios que se le imputan fue enviar a uno de sus esclavos, que respondía al nombre de Alonso, para atacar al capitán Juan López Otáñez, así como también “haber mandado a aporrear una noche a don Juan Rivera de Quesada en la esquina de su casa”, acción que se ejecutó parcialmente porque la víctima se defendió. El poder económico que adquirió, a pesar de su origen humilde, le facilitó no pocas tentativas delictivas contra sus adversarios. De conformidad con los testimonios recogidos en el libro titulado “Autos contra don Rodrigo Pimentel (1658-1660)”, llegó a ser temido por sus agresivas iniciativas, relaciones y riqueza en una etapa caracterizada por innumerables injusticias y arbitrariedades.

En el juicio contra el capitán Rodrigo Pimentel, impulsado por el fiscal real Diego González, se le acusó del monopolio de mercancías que llegaban al puerto de Santo Domingo, las cuales eran vendidas a un precio excesivo. Disponía, incluso, de mecanismos para practicar el agiotismo con la carne, casabe, vino, harina y otros comestibles. En sus labores especulativas era ayudado por Félix de Zúñiga, quien presidía la Real Audiencia, así como otros funcionarios entre los que se destacan el oidor Andrés Cavallero y el escribano Facundo Carvajal. Se le atribuye una estrecha amistad con Rodrigo de Bastidas, y su influencia llegó a ser tan notable que en una ocasión propició un viaje a España del marido de su amante para así tener mayor libertad en sus aventuras.

El fenecido intelectual dominicano, Mariano Lebrón Saviñón, al referirse a Rodrigo Pimentel, lo tilda como un “turbio aventurero” que reedificó la capilla que antes había construido su ascendiente Álvaro Caballero Serrano con el propósito de que fuesen enterrados en ella tanto él como sus familiares.  Resulta necesario apuntar que Álvaro Caballero Serrano se había desempeñado como Regidor de la ciudad de Santo Domingo y, además, como Contador General de Indias.   Se podría señalar que don Rodrigo Pimentel no fue en modo alguno un protagonista que ejerció una influencia decisiva para mejorar la situación de la isla durante la etapa colonial, razón por la cual su vida no sería merecedora de una biografía. Sin embargo, fue un ambicioso y oportunista cuyos vicios, defectos y arbitrariedades reflejan una conducta reiterativa en nuestro medio.

Don Rodrigo Pimentel, a pesar de su accidentada existencia, falleció en 1683 a una edad avanzada. Los datos sobre su vida se encuentran dispersos, y la mayoría proviene de las múltiples imputaciones de que fue objeto. Sería interesante que un novelista o historiador se dedicara a reconstruir, en la medida de lo posible, sus peripecias para retratar, a través de ellas, un tramo importante de la etapa colonial de aquellos años, así como también los defectos y virtudes que desde entonces nos han caracterizado. No pocos aspectos culturales que tanto criticamos en la actualidad tienen su origen en aquella época en la que se imponía, al igual que ahora, la ley del más fuerte.  La historia es fuente de enseñanza, pues no somos más que una suma o producto de nuestro pasado.

 

POR JOTTIN CURY

*El autor es abogado y experto constitucional.

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