Don Polín Espaillat

Por Jottin Cury hijo miércoles 2 de septiembre, 2020

Desde mi más tierna infancia he tenido el privilegio de conocer importantes personalidades de la vida pública, muchas de ellas ya desaparecidas producto del devastador efecto del tiempo, puesto que mi padre cultivó numerosos afectos que posteriormente tuve la fortuna de heredar. Uno de ellos fue el arquitecto Leopoldo Espaillat Nanita, quien hace algunas décadas formó parte del movimiento Unión Nacionalista, instituido con el propósito de defender la soberanía nacional, la cual se encuentra en permanente asedio desde hace muchos años.

En aquel entonces era estudiante universitario y observaba las constantes reuniones que se celebraban, unas veces en casa de don Luis Julián Pérez, otras en la oficina de abogados de mi padre, que a la sazón estaba ubicada en la calle Manuel Rodríguez Objío número 12, sector Gascue, así como en las casas de otros de los notables integrantes de ese movimiento, entre los que se encontraban Federico Henríquez Grateraux, Raúl Barrientos, Pedro Manuel Cassals Victoria. Pelegrín Castillo, Manuel Nuñez, Miguel Angel Velázquez Mainardi, Guiuseppe Rimolí, entre otros. Fue por aquellos años que comencé a darle seguimiento a la trayectoria política e intelectual del arquitecto Leopoldo Espaillat. La firmeza de sus ideas, las cuales defendía a rajatabla, llamó tempranamente mi atención.

Recuerdo que en una ocasión se celebró en su casa una reunión con el presidente electo en ese momento, Hipólito Mejía, para discutir los proyectos que se adoptarían durante su gobierno para combatir la corrupción y preservar la integridad territorial, entre otros temas. Posteriormente, cuando decidí formar familia me mudé en el mismo residencial en el que vivía don Polín, como cariñosamente le llaman sus amigos más cercanos. A partir de ese momento comencé a interactuar directamente con él en los problemas propios del Condominio El Embajador, formándose una sólida relación de amistad que perduró hasta su muerte, acaecida el 26 de julio del presente año.

Esta circunstancia me permitió conocer a su familia, educada en los rigurosos parámetros de moralidad y corrección, que caracterizó la vida de este gran dominicano. Su vehemencia en la defensa del interés nacional, así como sus críticas contra los que consideraba habían ocasionado graves daños al país, fue siempre severa, firme y categórica. Siempre me invitaba a su casa para discutir temas políticos, jurídicos y sociales. En realidad, el gran beneficiario de esos encuentros era yo, toda vez que aprendí de él de más lo que quizás pudo alguna vez imaginar. Aspectos no develados de nuestra historia reciente, sus diferencias con farsantes que pertenecieron al PRD y que desafortunadamente todavía gravitan en la vida nacional, así como la influencia de los poderes fácticos internacionales en el destino dominicano, me permitieron comprender algunas aristas de la compleja realidad nacional.

En mis lecturas sobre historia dominicana, especialmente sobre la dictadura trujillista y los acontecimientos de la Guerra Patria de Abril, constantemente me tropezaba con su nombre. Recuerdo mi emoción cuando leyendo la obra de Hans Paul Wiese Delgado titulada “Trujillo: amado por muchos, odiado por otros, temido por todos”, me encontré con algunas referencias a don Polín y su familia. Inmediatamente me trasladé a su casa a formularle el comentario y recibí una cátedra de lo que fue la férrea dictadura que nos gobernó con puño de hierro durante 31 años. Lo mismo sucedió cuando leí las memorias de Rafael Molina Ureña, quien destaca la participación de Leopoldo Espaillat Nanita en los aciagos días de la Revolución de Abril, donde le tocó, como asistente de Molina Ureña, permanecer a su lado tratando de alcanzar un acuerdo para el retorno de Bosch al poder.

En fin, constantemente me topaba con su nombre en numerosos episodios de nuestra historia reciente, lo cual me llenaba de orgullo y satisfacción. Siempre hablaba con humildad sobre su participación en eventos históricamente trascendentales, prefiriendo trasladar su atención sobre los peligros que nos acechan ante la penetración masiva de la población haitiana hacia nuestro territorio. Esa era su principal preocupación, que nunca dejó de atormentarle. Su valor, intransigencia y determinación en la defensa de la soberanía eran incuestionables, así como su compromiso por erradicar la corrupción que genera tantas desigualdades entre nosotros.

Don Polín me contó como fue apresado en la Fortaleza Ozama por defender la democracia poco antes de la Revolución de Abril de 1965, y la suerte que tuvo en ese momento por ser descendiente de militar, pues su padre se destacó en los cuerpos armados. Igualmente recuerdo cuando me comentó la satisfacción profesional que le produjo haber diseñado los edificios que alojan las oficinas del Ministerio de Obras Públicas y el de Salud Pública. También fue de los fundadores del Colegio Dominicano de Arquitectos, Ingenieros y Agrimensores (CODIA), el cual se encuentra ubicado en la calle Padre Billini, próximo a la Isabel la Católica. Fue Secretario Técnico de la Presidencia y presidente de la Refinería Dominicana de Petróleo (REFIDOMSA), durante el gobierno de Antonio Guzmán.

Siempre defendió los intereses nacionales, oponiéndose a los grupos económicos que tanto daño le han ocasionado a la democracia con sus desmedidas apetencias, lo cual le generó numerosas dificultades. Su ausencia supone una sensible pérdida para el país, pues hombres con la firmeza de ideales y acrisoladas virtudes como don Leopoldo Espaillat Nanita se encuentran en peligro de extinción. Detrás de su apartamento, ubicado en el edificio 6 del Condominio El Embajador, se encuentra un pequeño parque al que asisto frecuentemente con mis hijos menores; profunda ha sido mi tristeza al verlo completamente cerrado luego de su partida. Cada vez que paso por allá siento profundo pesar al tomar conciencia de haber perdido a uno de los referentes morales e intelectuales del que tanto aprendí.

Saber que ya no podré acudir a su casa, donde aclaraba tantas dudas y recibía buenos consejos, constituye una experiencia desgarradora. Figuras de ese calibre que abrazan sus ideas por encima de todos los obstáculos o conveniencias, dispuestos a morir por ellas, son parte de una generación que desafortunadamente ha ido desapareciendo; el mejor tributo que podemos rendirle es emular su ejemplo y enarbolar sus ideales para preservar así los cimientos de la identidad nacional.

 

Por Jottin Cury hijo

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