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4 de febrero 2026
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OpiniónJosé Santana GuzmánJosé Santana Guzmán

Don Nadie (cuento): A once años de haber visto la luz

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RESUMEN

Analizando noticia... por favor espera.

Diez de la mañana. Hastiado y desconsolado por culpa de un sistema excluyente y burocrático; vigente hoy día en nuestros países pretercermundistas, Pedro Lozano a sus ochenta y cinco años, agobiado por la soledad y la pobreza que lo arropaba, decidió un buen día emprender otros nortes en busca de soluciones a los problemas de salud que no le remediaba una trampa llamada Seguridad Social.

Esa mañana, sin pensarlo dos veces y con un baúl lleno de esperanzas; el anciano caminó cuesta arriba hacia la montaña vecina a la comarca de sus ancestros, quizás por primera vez desde que salió de aquella pequeña aldea que lo vio emerger.

Siendo las doce del mediodía, cuando las vísceras empezaban a expeler su rugido meridiano, de repente Pedro divisó a mitad del camino en el pico del montículo, una estructura algo parecida a un hospital. El hombre pensó –aunque un tanto feliz–  que podrían ser las ganas de recuperar su salud que lo hacían ver ilusiones.

Jadeante y macilento, continuó Pedro su peregrinaje hasta que, casi arrastrado cual serpiente anhelante logró llegar a la estructura que pocas horas antes había redimido sus pretensiones de volver a recuperar las energías perdidas.

Al entrar a la sala principal, aquello parecía ciertamente un hospital –aunque totalmente desmantelado– Perdiendo las esperanzas casi por completo, pensó en voz alta:

 

Creí que había aquí un hospital, pero ya veo que sólo en el Cielo lo encontraré…

 

Pero a pesar de su aflicción, el agotado octogenario prosiguió caminando por el interior de la vieja y dejada estructura, hasta llegar a lo que parecía haber sido en un pasado lejano un consultorio médico. Allí, solamente un espéculo reposaba sobre un viejo cajón de madera que aparentaba un escritorio cubierto por la carcoma y las telarañas.

Pedro, luego de aquella fatal desilusión, lucía ya más que desahuciado, totalmente macilento y enervado por completo, fruto de un lúgubre aislamiento que al parecer era lo que le acompañaba a su llegada a lo que parecía el lugar donde encontraría la solución a su mal. Pero no estaba solo, al gritar desesperado:

 

– ¿Hay alguien aquí…?

 

A lo que de inmediato una veterana cotorra repitió más de una vez su pregunta. El anciano miró con ternura la extrovertida ave, pero sin mediar palabras pasó sosegadamente a otro cuarto adyacente al que se encontraba; aquella habitación poseía fachada de recinto hospitalario. Una vez dentro, observó con mimo el interior. Aquel cuchitril presentaba cara de laboratorio; pero solamente una vieja camilla holgaba en el centro de la estructura. De repente, el anciano escuchó una voz que susurró:

 

–¿Tiene seguro señor?

 

Era un primitivo y arruinado loro que colgaba de una vetusta máquina de rayos equis. En ese preciso instante, al parecer, por fin se habían agotado las esperanzas de aquel ochentón, y, alicaído por la cólera y la impotencia, de repente sintió un fuerte dolor en el centro del tórax que lo obligó a arquearse y caer sobre la arcaica y polvorienta parihuela. Y, yaciendo en su tálamo de muerte, sólo pudo decir entre sollozos:

 

–Moriré… pero con la esperanza de encontrar quien me cure en el Cielo.

 

Pero Pedro no reparó en la frase de Juan Luis Guerra que dice: «…En el Cielo no hay hospital».

(José Santana-Guzmán, USAD 15/03/2012)

 

 

No es lo mismo la fama que la popularidad en el ámbito musical

 

  1. f. Aceptación y aplauso que alguien tiene en el pueblo.

 

Por José Santana-Guzmán,

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