RESUMEN
Hay sentimientos que no necesitan explicación. Se sienten en el pecho, en la piel, en la forma en que uno mira su bandera y en la emoción que recorre el cuerpo cuando escucha el nombre de la República Dominicana en cualquier escenario del mundo.
Eso mismo ocurre cada vez que vemos a nuestra selección nacional de béisbol salir al terreno a representarnos en el Clásico Mundial de Béisbol. No es solo un juego. No es simplemente un torneo. Es la expresión más viva de lo que somos como nación.
En cada swing, en cada carrera anotada y en cada jugada defensiva se refleja el espíritu dominicano: entrega, pasión, alegría, disciplina y una determinación inquebrantable de competir y de ganar. Nuestros peloteros no solo cargan un uniforme; cargan con el orgullo de un pueblo entero que se reconoce en ellos.
Porque el béisbol para los dominicanos no es solo un deporte. Es parte de nuestra identidad. Es el idioma que todos entendemos sin necesidad de traducción. Desde un colmado en cualquier barrio hasta el estadio más grande del mundo, el dominicano vibra con el béisbol porque en él se reflejan nuestros sueños, nuestra historia y nuestra forma de luchar por salir adelante.
Durante estos días el país entero late al mismo ritmo. Las conversaciones cambian de tema, las agendas se ajustan a los horarios de los juegos y cada dominicano, esté donde esté, siente que forma parte de ese equipo que defiende los colores de nuestra bandera.
A esos jugadores que hoy representan a nuestra nación solo queda decirles gracias. Gracias por llevar el nombre de la República Dominicana a la cima del béisbol mundial. Gracias por recordarnos que cuando un dominicano se propone algo, lo hace con el alma y con la convicción de que puede lograrlo.
Ser dominicano es un privilegio. Es un orgullo que se lleva en el corazón. Es saber que venimos de un pueblo alegre, trabajador, solidario y profundamente creyente. Un pueblo que no se rinde, que sueña en grande y que siempre encuentra la manera de levantarse, incluso en medio de las adversidades.
Sí, tenemos retos. Tenemos desafíos y muchas cosas por mejorar como nación. Pero incluso en medio de esas realidades, hay algo que nunca nos falta: esperanza. Porque si algo define al dominicano es su capacidad infinita de creer que el mañana siempre puede ser mejor.
Los dominicanos tenemos una energía especial, una chispa única que se siente en nuestra música, en nuestra cultura, en nuestra forma de hablar, de trabajar y de celebrar la vida. Somos merengue, somos bachata, somos alegría, somos fe y somos también ese espíritu competitivo que nos impulsa a destacarnos en cualquier escenario del mundo.
Por eso, cuando nuestra bandera se levanta en lo más alto y el nombre de nuestro país resuena entre las grandes potencias del béisbol, no solo celebramos una victoria deportiva. Celebramos lo que somos.
Y lo decimos con orgullo, con emoción y con la certeza de quien ama profundamente su tierra:
Dominicano soy.
Y si la vida me diera la oportunidad de elegir dónde nacer, elegiría mil veces esta misma isla.
Porque a pesar de todo, y por encima de todo, República Dominicana sigue siendo para mí el mejor lugar del mundo.
¡Que Dios bendiga siempre a la República Dominicana!
