RESUMEN
Cuando se habla de República Dominicana, el discurso suele oscilar entre dos extremos: o se pinta al país como un paraíso natural, o se insiste en que somos una de las naciones más vulnerables al cambio climático. Ambas afirmaciones son ciertas, pero incompletas si se analizan por separado. El país vive en una paradoja que condiciona su presente y, sobre todo, su futuro: tenemos gran riqueza natural, pero esa riqueza está distribuida de manera desigual y se encuentra bajo una presión ambiental cada vez más difícil de ignorar.
Desigualdad hídrica: una consecuencia geofísica amplificada por decisiones humanas
Si uno mira el mapa hidroclimático del país, el contraste es evidente. Mientras el norte y el noreste reciben la mayor parte de la lluvia, el sur y suroeste viven en déficit. No es un asunto político; es la geografía la que dicta esta realidad. Los vientos alisios chocan con las cordilleras de la región norte, descargan su humedad allí y dejan a la llanura de Azua, Enriquillo y a casi todo el sur bajo una sombra orográfica permanente (García & Báez, 2019).
Pero la geografía explica solo una parte. El uso humano hace el resto: la agricultura intensiva, urbanización acelerada y sistemas de riego obsoletos que pierden más agua de la que entregan. Donde el agua es escasa, el crecimiento económico tiende a ignorar esa limitación… hasta que el problema llega a un punto crítico.
Acuíferos costeros: una carrera contra el tiempo
El país experimenta un problema silencioso que rara vez aparece en los discursos oficiales: la sobreexplotación de acuíferos costeros. En zonas como Bávaro–Punta Cana, Las Terrenas y Baní, la extracción de agua subterránea supera con facilidad la capacidad natural de recarga. Cuando eso ocurre, el mar hace lo que siempre hace: avanza. La intrusión salina no es un mito técnico; es un proceso físico irreversible a corto plazo que puede inutilizar un acuífero durante décadas (Custodio & Llamas, 2016).
Esta es una amenaza que afecta directamente al turismo, al consumo humano y al desarrollo inmobiliario. Y si algo define a los problemas hídricos es que no esperan, avanzan sin pedir permiso.
Estrés hídrico: la métrica que nadie quiere mirar
El concepto es sencillo: estrés hídrico es cuando la demanda se acerca o supera la disponibilidad. República Dominicana ya cruza hacia niveles de riesgo “medio-alto”, con el sur en condiciones aún más presionadas (World Resources Institute, 2023).
Las causas se combinan como piezas de una ecuación que no perdona: más consumo; menos recarga; temperaturas más altas que evaporan lo que antes se retenía; y una economía basada en agricultura, turismo y urbanización rápida. El estrés hídrico no es un indicador técnico más; es el termómetro de nuestra seguridad económica.
Vulnerabilidad climática: una desventaja… y una oportunidad
En diplomacia climática, la vulnerabilidad tiene dos lecturas. Es un riesgo real, pero también es una carta política. Los países más expuestos (como el nuestro), pueden acceder a financiamiento no reembolsable o concesional para proyectos de adaptación, protección costera y modernización de sistemas de agua.
Ejemplos tenemos de sobra, El Green Climate Fund ha financiado proyectos similares en el Caribe. La Unión Europea, Estados Unidos, Japón, Corea y Alemania han destinado fondos para infraestructura resiliente, alertas tempranas y gestión de cuencas. Incluso multilaterales como el BID y el Banco Mundial poseen ventanas climáticas donde el financiamiento no necesariamente es préstamo.
Pero hay una condición que no se puede obviar: estos recursos van hacia los países que presentan proyectos listos, verificables y con impacto medible. El mundo no financia diagnósticos; financia soluciones concretas.
Un país que debe narrarse mejor
La República Dominicana necesita hablar de su vulnerabilidad climática con más precisión, menos eufemismos y mayor sentido estratégico. No desde la victimización, sino desde la evidencia científica y la necesidad de proteger sectores que sostienen la vida económica del país: turismo, agricultura, zonas costeras, recursos hídricos.
El país no puede seguir improvisando en un tema donde el reloj corre más rápido que la burocracia. La diplomacia debe partir de una verdad simple: somos un país abundantemente dotado, pero extremadamente expuesto. Y esa combinación si es bien articulada, supone un argumento de peso en la arena internacional.
La República Dominicana necesita asumir su paradoja climática con seriedad y visión. La riqueza natural no garantiza resiliencia. El agua no es infinita. Los acuíferos no se recuperan con decretos. Y la cooperación internacional solo llega para quienes demuestran capacidad técnica y urgencia real.
El país está a tiempo. Pero el margen se estrecha. Lo que está en juego no es solamente la gestión ambiental, es la estabilidad económica y social del país en las próximas décadas.
Referencias
Custodio, E., & Llamas, M. R. (2016). Groundwater intensive use: An international overview. CRC Press.
García, A., & Báez, J. (2019). Patrones de precipitación y variabilidad hídrica en la República Dominicana. Revista Caribeña de Ciencias Ambientales, 12(2), 45–62.
World Resources Institute. (2023). Aqueduct Water Risk Atlas. WRI.
Por Adrian Silverio
Abogado y analista de temas jurídicos e internacionales.
