El Domingo de Resurrección debería ser una fiesta. No solo por lo que representa dentro de la fe cristiana, sino porque —en teoría— simboliza la victoria de lo imposible, el renacer después de la caída, la certeza de que hasta lo muerto puede volver a respirar. Pero… ¿y si te digo que muchos lo viven con un crucifijo al cuello y un cementerio en el alma?
Jesús se levantó del sepulcro al tercer día. Y nosotros, ¿cuántos años llevamos enterrados en vida?
¿Quién nos resucita del desánimo, del miedo, del abandono, de las frustraciones que nadie ve pero nos carcomen por dentro?
Porque hay quienes se visten de blanco cada Domingo de Resurrección, pero por dentro siguen de luto. Siguen esperando un milagro que no llega, una señal que no entienden, una fe que no han podido recuperar. Se arrodillan, sí, pero no por devoción, sino porque ya no tienen fuerzas para sostenerse de pie.
Nos hablaron de resurrección como si fuera solo un evento religioso. Pero no.
Resucitar también es empezar de nuevo después de una traición.
Es volver a amar cuando juraste no hacerlo más.
Es darle sentido al dolor que no pediste.
Es atreverte a soñar con una vida distinta aunque la tuya esté hecha pedazos.
Domingo de Resurrección es también para los que no entienden los rituales, pero sienten el corazón removido por dentro. Para los que no van a misa, pero aún creen que hay algo más allá de este caos. Para los que no tienen respuestas, pero siguen preguntando con esperanza.
Porque la verdadera resurrección no ocurre en los altares.
Ocurre cuando decides no rendirte.
Cuando, a pesar de todo, sigues.
Y sí, tal vez no todos podamos mover la piedra del sepulcro como Él lo hizo.
Pero cada vez que eliges vivir un poco más, llorar un poco menos y amar con todo a pesar del miedo…
Estás resucitando también.
