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16 de febrero 2026
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OpiniónRoberto LafontaineRoberto Lafontaine

Diciembre, motores y la mentira tranquila

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RESUMEN

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Cada diciembre repetimos el mismo ritual: un país entero culpando al motorista como si fuera una especie aparte, una criatura salvaje que decidió nacer sin frenos y sin cerebro. El Estado se adelanta con su libreto de siempre: “manejan mal”, “no respetan la ley”, “son irresponsables”. Y la opinión pública, bien moldeada por esa narrativa oficial, remata la faena: “esos tigres andan como locos”. Caso cerrado. No se hable más…

Pero diciembre es un mes testarudo. Es el mes en que más dominicanos mueren en las vías, donde los motores se vuelven ataúdes rodantes, y aun así insistimos en el mismo sermón moralista, como si sermonear evitara accidentes. Con un toque de ironía —la única vacuna disponible antes de la cena de Nochebuena— uno podría imaginar al motorista diciendo: “Yo no soy el problema. Soy el síntoma.” Y tendría razón.

El Estado insiste en que el problema es la conducta del motorista. Esa explicación simplifica todo. Es más fácil culpar a un joven de 22 años, que vive del rebusque y se juega la vida por 300 pesos en una entrega, que aceptar lo que todos sabemos y nadie dice: nuestras calles son peligrosas, mal diseñadas, mal iluminadas, mal vigiladas y peor mantenidas. Es más cómodo señalar al que conduce que mirar la estructura que lo obliga a conducir así. Porque, digámoslo sin maquillaje: en muchos barrios y carreteras del país, las vías no están hechas para proteger la vida humana. Están hechas para circular… y que pase lo que pase.

La gente repite lo que oye. No por maldad, sino porque la narrativa dominante manda. Cuando un país escucha durante años que “los motoristas son un problema”, deja de ver personas y empieza a ver estereotipos. Así, Juan —padre de tres, mensajero, sostén de hogar— desaparece, y en su lugar aparece “el loco sin casco”. Se borra su historia, su vulnerabilidad, su realidad. Y se borra también la posibilidad de que sea víctima y no victimario. Pero diciembre, testarudo como es, obliga a ver lo que escondemos. Aunque sea por un instante.

El motorista no “elige” comportarse de forma riesgosa. Habita un entorno que produce riesgo. Cuando vives en un barrio donde el transporte público no llega, donde las calles están rotas, donde la policía te detiene según tu pinta, donde el trabajo es informal y te pagan por entrega, no por hora, tú no manejas rápido por imprudente: manejas rápido porque si no, no comes. Cuando no tienes aceras seguras, cuando las esquinas no tienen luz, cuando los cruces están mal diseñados, cuando la ambulancia nunca llega a tiempo, cuando la señalización es una sugerencia y no una guía, el riesgo no lo creas tú: el riesgo viene de fábrica. El motorista no es delincuente: es trabajador. No es irresponsable: enfrenta una estructura que lo expone. No es inculto: es un sobreviviente diario. Pero esa verdad molesta, y diciembre no perdona la molestia.

Hay algo que todos vemos, aunque nadie lo articule: la siniestralidad vial no es una suma de imprudencias individuales. Es una forma de violencia cotidiana producida por el modo en que está organizada la vida en el país. Sucede porque las ciudades crecen expulsando a la gente hacia periferias donde solo se llega en motor. Porque el transporte público es insuficiente, irregular y caro. Porque la moto se vuelve una obligación, no un capricho. Porque las calles están pensadas para los carros, no para las personas. Porque la señalización es escasa o inexistente. Porque la iluminación falla donde más se necesita. Porque la supervisión vial es débil, errática o interesada. Porque el espacio urbano compite con el estrés, la precariedad y el rebusque diario. La siniestralidad vial, entonces, no es un accidente: es el resultado lógico de un territorio que produce riesgo todos los días. El motorista no es causa; es consecuencia. Y eso, dicho así de crudo, es políticamente incómodo.

El asueto navideño multiplica la movilidad, las jornadas largas, el cansancio, el alcohol y los riesgos. Pero, en vez de preparar una estrategia de protección real, volvemos al mantra conocido: “Pónganse el casco”, “Conduzcan bien”, “Sean responsables”. Como si el casco pudiera compensar un cruce oscuro, un puente sin baranda, un semáforo roto, una patrulla ausente o un turno de 14 horas. Ese tipo de mensajes deja tranquila la conciencia, pero no cambia la realidad.

Hay caminos posibles, pero no empiezan con la culpa, sino con la realidad. Mirar el territorio: qué calles matan más, en qué horarios, bajo qué condiciones. Mirar la vida cotidiana: por qué la gente depende tanto de la moto, qué alternativas reales tiene. Intervenir el sistema y no al pobre: corregir infraestructura, transporte, supervisión y diseño urbano. Asumir la siniestralidad vial como un problema de salud pública, no de moral pública. Proteger al actor vulnerable antes de exigirle lo que la estructura le impide cumplir.

Cuando un motorista muere, no muere “un imprudente”. Muere un trabajador, un padre, un joven con nombre y planes. Muere alguien que no eligió la estructura que lo mató. Y diciembre nos lo recuerda cada año mientras preferimos aferrarnos a la explicación fácil, esa que deja a todos tranquilos… excepto a los que ya no están.
Tal vez este diciembre —solo tal vez— podamos atrevernos a mirar la verdad incómoda. Porque si de verdad queremos salvar vidas, no basta con pedir cascos, rezar prudencia o culpar al más frágil. La verdad es esta: no son ellos. Es el sistema que los expone. Y diciembre no perdona las mentiras tranquilas…

Núcleo República Dominicana – GT Salud Internacional y Soberanía Sanitaria (CLACSO). Profesor universitario y exdirector de hospitales.


Por Roberto Lafontaine

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