RESUMEN
Ese encuentro imaginario entre quien escribe y el sabio Cicerón tuvo lugar en el siglo I antes de la Era Cristiana, en el Lacio, Roma. Ya yo había rebasado los límites de la juventud.
—Hola, Maestro —lo saludé, con el debido respeto.
A seguidas, sin darle tiempo a que respondiera mi saludo, le pregunté:
—¿Qué pensamiento cruza por su mente?
—Pienso, Miguel, en una virtud que cada día se va diluyendo y distanciándose de la vida de los seres humanos —respondió, triste, el gran pensador de la gloriosa Roma perdida en el tiempo.
—Maestro, ¿podría usted decirme a cuál virtud se refiere? —nuevamente le pregunté a Cicerón, casi con timidez.
—La gratitud, hijo, la gratitud —contestó el gran sabio, como con un nudo en la garganta que lo ahogaba.
Me atreví a preguntarle de nuevo:
—¿Y qué piensa usted de ella, admirado maestro?

Cicerón, con la serenidad propia del que posee todas las respuestas a los enigmas del hombre, y mirándome con la luz brillante de la inteligencia reflejada en sus ojos, respondió a mi inquietud del siguiente modo: «La gratitud no sólo es la más grande de las virtudes, sino que engendra todas las demás».
Me despedí de ese sabio iluminado, invadido por la magia de sus sabias palabras. Abrí los ojos, retornando a la realidad espantosa del siglo XXI, con tantas ideas de fiesta en mi cabeza, pero con una honda paz atravesándome el alma.
Luego de un largo y sereno acto de reflexión, sentado en la mecedora de mimbre antiguo que siempre me espera en el patio de mi hogar, a mi mente arribó, inesperadamente, el siguiente pensamiento:
Si escogemos un día de nuestra vida para agradecerle a Dios los tantos actos de amor con los que hemos sido agraciados, entonces comprenderemos quizá la importancia de agradecerle a la vida misma el privilegio de vivir y que tan sólo el hecho de vivir para agradecer ya le da sentido a nuestra existencia.
Por Miguel Collado
