ENVÍA TUS DENUNCIAS 829-917-7231 / 809-866-3480
5 de enero 2026
logo
OpiniónMatías VizcaínoMatías Vizcaíno

La ciudad que heredamos sin darnos cuenta

COMPARTIR:

“La mayoría de nuestras acciones más importantes no son fruto de decisiones conscientes, sino de hábitos adquiridos.”
Pierre Bourdieu (1977)

 

Esta idea resulta especialmente útil para mirar la ciudad, no como una suma de grandes decisiones, sino como un tejido de prácticas cotidianas que repetimos sin pensar y que, con el tiempo, terminan modelando la forma en que convivimos.

La ciudad que heredamos

A veces creemos que la ciudad empieza con nosotros, como si el presente fuera un punto cero. Sin embargo, la forma en que caminamos, hablamos, cruzamos una calle o compartimos un espacio viene de antes. Son gestos aprendidos, repetidos y transmitidos sin palabras. La ciudad que vivimos hoy no surgió de la nada; es, en gran medida, una herencia cotidiana.

Esa herencia no siempre se nota porque se manifiesta en lo pequeño. No en decisiones trascendentales, sino en prácticas diarias que damos por normales. Por eso, muchas veces no cuestionamos lo que hacemos: simplemente lo repetimos. Así, la ciudad se construye silenciosamente, hábito tras hábito.

De esa manera lo advirtió Pierre Bourdieu en sus trabajos sobre el habitus desarrollados desde la década de 1970 (especialmente en 1977), gran parte de nuestras prácticas sociales se reproducen sin conciencia explícita, como disposiciones incorporadas que heredamos del entorno. Algo similar sugiere la Escritura cuando afirma: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Biblia, Proverbios 22:6). La ciudad también educa, incluso cuando no lo notamos.

Mirar la ciudad como herencia obliga a detenernos un momento y preguntarnos:
¿qué cosas hacemos hoy simplemente porque “así se hacía antes”?

 Lo que tiramos sin pensarlo

No siempre tiramos basura. A veces tiramos costumbres. Un papel en el suelo parece un gesto mínimo, casi insignificante. Sin embargo, cuando se repite, deja de ser un hecho aislado y se convierte en paisaje. Lo que parece poco termina sumando.

La ciudad aprende de lo que dejamos caer. Aprende que el espacio común no importa demasiado, que alguien más se hará cargo o que no pasa nada si el desorden se acumula. No es una cuestión de mala intención, sino de descuido normalizado.

Zygmunt Bauman tenía razón cuando señaló en sus análisis sobre la modernidad líquida a finales del siglo XX (1999–2000), las sociedades contemporáneas tienden a volver desechable no solo los objetos, sino también las responsabilidades. En un sentido cercano, el texto bíblico también lo advierte: “El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho” (Lucas 16:10). Lo pequeño no es irrelevante; es formativo.

Cuando el desorden deja de llamar la atención, conviene hacerse una pregunta incómoda:
¿qué pequeñas acciones vemos a diario que ya nadie comenta, pero siguen afectando el entorno?

 El ruido que normalizamos

El ruido no siempre es molesto de inmediato. Muchas veces se instala poco a poco, hasta que deja de percibirse como problema. Se vuelve parte del ambiente. Cuando todo suena igual, dejamos de escucharnos.

En ese proceso, la convivencia se resiente. El ruido constante no solo afecta el descanso; también erosiona la posibilidad de vivir juntos con respeto. Normalizarlo es aceptar que el espacio del otro importa menos que la propia comodidad.

Como explicó Richard Sennett en The Craftsman (2008), la vida en comunidad requiere una ética de la consideración mutua, donde el límite personal reconoce la presencia del otro. La Biblia expresa esta misma idea con sobriedad: “Todo me es lícito, pero no todo conviene” (1ra. de Corintios 6:12). Entonces, no todo lo que puedo hacer debo hacerlo.

Tal vez por eso vale la pena preguntarnos:
¿Qué ruidos del barrio se han vuelto “normales”, aunque incomoden a otros?

 Cruzar la calle también habla de nosotros

Cruzar una calle fuera de la señal parece un gesto menor, una mera prisa. Sin embargo, también es un mensaje. Cada norma ignorada dice algo sobre cómo entendemos la convivencia y el cuidado colectivo.

La calle no solo organiza el tránsito; también educa. Enseña, sin palabras, qué tan dispuestos estamos a respetar acuerdos comunes, incluso cuando nadie parece estar mirando. En esos gestos cotidianos se refleja una forma de vivir la ciudad.

Hannah Arendt, en The Human Condition (1958), describió cómo el espacio público se sostiene en reglas compartidas que hacen posible la convivencia entre desconocidos. En esa misma línea, la Escritura lo recuerda así: “Haced todo decentemente y con orden” (Biblia, 1 Corintios 14:40). El orden no es rigidez; es cuidado colectivo.

Desde esa perspectiva, la pregunta es inevitable:
¿Qué normativas sutiles solemos ignorar porque pensamos que “no pasa nada”?

 La acera es de todos

La acera es uno de los espacios más austeros y, al mismo tiempo, más disputados de la ciudad. No es parqueo, no es negocio, no es atajo. Es el lugar por donde caminan niños, adultos mayores, personas con discapacidad y vecinos apurados.

Cuando se ocupa sin pensar, se rompe algo más que el orden: se rompe la posibilidad de encuentro. Cuidar la acera no es un acto heroico; es una forma básica de respeto. Una de esas prácticas pequeñas que sostienen la vida en común.

Como subrayó Henri Lefebvre en Le droit à la ville (1968), los espacios comunes existen para ser compartidos, no apropiados. La Biblia refuerza esta idea con una exhortación sencilla: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39). El prójimo también camina por la acera.

Quizá por eso conviene mirar la acera desde otra pregunta:
¿Quiénes resultan más afectados cuando ese espacio deja de ser realmente de todos?

Finalmente, la ciudad no se transforma de un día para otro ni por elocuentes discursos. Cambia lentamente, a partir de lo que hacemos sin pensarlo. Por eso, preguntarnos qué ciudad heredamos también implica cuestionar qué ciudad estamos dejando. No para buscar culpables, sino para reconocer que, incluso en lo cotidiano, todos participamos de esa construcción silenciosa.

Igual como lo recordó Viktor Frankl en Man’s Search for Meaning (1946), la responsabilidad comienza allí donde tomamos conciencia de nuestras decisiones. La Escritura lo resume también así: “Cada uno examine su propia obra” (Gálatas 6:4).

Por eso, tal vez el primer paso sea este:
¿Qué hábito cotidiano merece hoy una mirada más consciente?

 

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno

 

Escribe sobre cultura ciudadana, convivencia y vida comunitaria.
Coordina el proyecto SDE Somos Todos, desarrollado en el espacio comunitario de la Fundación Iglesia y Comunidad (IGLECOM).

Cuaderno de Cultura Ciudadana, 2026

Comenta