RESUMEN
En búsqueda de la Salud Integral
Cuando ves que las cosas no progresan, que las actividades que en determinado espacio se realizan son las de un ambiente cerrado, un gueto que no quiere salir a la luz pública, mucho menos servir a la humanidad y al desarrollo de su historia, solo queda una resolución que tomar: ¡SAL DE ALLÍ!
Son tantos los que por años han permanecido en espacios similares, en los que no se puede respirar, no hay crecimiento, sino estancamiento, con personas dominantes y avasallantes, y que no conocen los límites del respeto, y mucho menos saben de agradecimiento. No salen de esos ambientes y subculturas periféricas porque tienen miedo a no encontrar otros lugares y personas que los reciban.
Los primeros indicios de la inminencia del deber de despojarse de estas circunstancias son los chistes que comienzan a hacer hacia una persona por su edad, su peso, sus gustos, su modo de expresarse y el desenvolvimiento en su trabajo. Ningún beneficio económico, ninguna compañía que mitigue la soledad, ningún grado de capacitación mental, física o social merece que se degrade, maltrate y se desprecie a un ser humano, a un hijo de Dios.
Pasemos de lo superficial, de la anticultura del culto a los cuerpos del Olimpo griego, del panfletismo de la buena vida de los viajes, incluso en el ramo religioso, de los fines de semana de resorts, de los lugares en que no todas las personas pueden entrar como restaurantes, clubes e incluso lugares de oración en que les piden salir o se cierran las puertas a una espiritualidad no afín a la de dicho lugar mencionado.
Donde todos son bien recibidos y encajan, ahí está la sanidad vital. Donde se excluye y no se da espacio a todos de participación, es inhumano, y tarde o temprano terminará por sucumbir. Repasemos la historia de la sociología y comprobaremos lo acertado de estos planteamientos. Igual acontece en la aproximación a Dios. Utilizar su nombre, las diversas doctrinas, para justificar nuestros procederes, no está a la altura de la verdad definitiva, de la bondad suprema y de la belleza inagotable y accesible del ser.
Abandonemos esa práctica religiosa y esos círculos seudoculturales, incluso deportivos, en que la superficialidad está a flor de piel, y no redundan en un compromiso por la mejora de lo social y la propia persona en la diversidad de sus expresiones propias de lo cotidiano. No podemos ser portadas de revistas de modelos, como parte de una manada en la que todos hacen de manera repetitiva lo mismo, de estar en una permanente adolescencia que nunca encuentra sitios y satisfacción. En resumidas cuentas: ¡DESPÓJATE!… busca lo esencial, lo más vital, lo elemental y lo más simple y sencillo.
La sociedad del absurdo encasilla y somete a su rigor aislante y asfixiante a quien no entra dentro de sus cánones. Y dentro de unas décadas, esas coordenadas estarán caducas. Aparecerán nuevas modas, nuevos avances tecnológicos y otros protagonistas. Y los que siguieron el dicho: “¡A donde va Vicente, donde va la gente!”, evaluarán si no desperdiciaron su tiempo de vida en cosas tan pasajeras, en eventos de sentimentalismos e intereses grupales, y al final de la existencia dirán: tengo hambre y sed de una propia identidad que no forjé con el paso de los años… solo me dejé llevar por la corriente y no llegué al lugar que apetecía.
Lo infinito, lo imposible, lo sobrenatural, está en nuestro ADN. Y ha de circunscribirse a un espacio, a un tiempo limitado, a una estructura comunitaria en la que hemos nacido y en la adultez hemos de elegir si ella es la que más nos promociona y nos da la paz y el desarrollo integral o hemos de escoger otro sitio en que encajemos, en que podamos dar valor a lo que hacen los demás y tengamos la oportunidad, siempre será por un tiempo limitado, de colaborar en favor de quien tiene menos que nosotros mismos.
De nuestra parte ponemos la razón o la capacidad del pensamiento resolutivo junto a nuestros límites, que hemos de reconocer a toda hora, y por otro lado está el Dios Único, a quien llaman los místicos el más allá y mejor de todo lo que aspiramos y podemos alcanzar. La falsedad se viste de novedad y de distancia. Huyen los falsos profetas de lo antiguo y de la cercanía. Piensan que con la última moda se puede captar la felicidad y que con lo totalmente diferente a las personas y al ambiente en que se creció tendrán realización. La esperanza que se tiene es que se den cuenta de que en todos los lugares, culturas y entornos los seres humanos son similares a su lugar de origen.
Dimensiones a cultivar que nos dan vida en lo que esperamos la hora de la muerte y nos preparan para ello son el estar presentes, el ser asequibles, la práctica del trabajo constante, el estar ocupados en tratar de ser mejores personas. No es hacer mucho, no es estar lejos, es tener una identidad definida que aleje sombras, sustentada en un amor misericordioso, en el asumir el paso de los años y entender que quien no quiso seguir la misma ruta del desprendimiento es que todavía tiene mucho, mucho, mucho que recorrer y satisfacerse de lo elemental y básico. La persona que ha madurado no necesita tanto, ni explica de manera definitiva, mucho menos quiere quedarse estancada por tanto inventar.
El conocimiento de las cosas se quiere resolver con la inteligencia artificial; personas que dicen: “No voy a leer tanto, eso es muy largo, necesito divertirme porque mi trabajo es muy demandante”, difícilmente aprendan a superar la ansiedad, aplacar las preocupaciones y alcanzar la satisfacción de la realización que implica el poder decir: deber cumplido. Casi nadie sabrá de este logro; los reconocimientos y publicidades jamás compensarán el tiempo y esfuerzo de dedicación, el dejarse la vida en ello. Pero tú sí lo sabes, Dios lo sabe, y esa es tu paga y aliento para seguir adelante, aun con mayor esfuerzo.
En resumidas conclusiones: abandona lo que a la larga no te hará feliz y solo usas como escape, compensación o espera en lo que llegan mejores tiempos. Date por entero. Sé tú mismo, sin aceptar de nadie desprecios, mofas y el querer amoldarte a lo que ellos mismos tienen por insatisfecho estilo de vida.
Por Padre Manuel Antonio García Salcedo
Arquidiócesis de Santo Domingo
Doctor y posdoctorado en Teología Católica.
