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12 de enero 2026
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OpiniónJuan Manuel Morel PérezJuan Manuel Morel Pérez

Derecha, izquierda y el falso del comunismo

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La política moderna suele presentarse como un campo de batalla entre dos fuerzas irreconciliables: la derecha y la izquierda. Sin embargo, esta oposición es más aparente que real.

Ambas corrientes son facciones internas del modo de producción capitalista. La derecha defiende el mercado, la iniciativa privada y la competencia como motor de la economía; la izquierda, por su parte, apuesta por la estatalización, la economía regulado y el control del Estado. Dos caminos distintos, sí, pero que desembocan en el mismo destino: la perpetuación de las relaciones capitalistas de producción.

Muchas personas, fruto de la ignorancia o del desconocimiento histórico, creen que la estatalización equivale a socialismo. Confunden la presencia del Estado en la economía con la abolición de la lucha de clases. Pero el socialismo auténtico no se reduce a que el Estado administre empresas o nacionalice sectores estratégicos. El socialismo implica que los trabajadores controlen directamente los medios de producción, que desaparezca la explotación y que la sociedad se organice de manera consciente y colectiva.

En los países que se autoproclamaron socialistas —URSS, China, Cuba, Venezuela— lo que realmente se instauró fue un capitalismo de Estado. Allí no hubo desaparición de la propiedad ni del trabajo asalariado. La propiedad privada individual fue sustituida por la propiedad colectiva de la burocracia estatal, no por la gestión directa de los trabajadores. El obrero siguió vendiendo su fuerza de trabajo a cambio de un salario, mientras la plusvalía era apropiada por el Estado. La diferencia fundamental es que, en el capitalismo privado, la explotación se ejerce del hombre por el hombre; en el capitalismo de Estado, la explotación se ejerce del hombre por el Estado.

Lenin mismo reconoció en su folleto El Estado y la revolución que la URSS no había alcanzado el comunismo, sino que se encontraba en una fase de capitalismo de Estado. Lo que se instauró allí fue un sistema donde el Estado absorbía la economía, centralizaba la producción y organizaba la explotación de manera más eficaz, pero sin abolir las relaciones capitalistas fundamentales.

China repitió el mismo patrón. Bajo el lema del “socialismo con características chinas”, fusionó capital privado y estatal. Hoy es una potencia capitalista que compite en el mercado mundial con las mismas reglas de valor, concurrencia y explotación que cualquier otro país.

En Cuba, las nacionalizaciones masivas crearon la apariencia de una sociedad sin burguesía, pero la burocracia estatal disfrutó de privilegios muy superiores a los de cualquier obrero. La planificación centralizada no eliminó la explotación, simplemente la reorganizó bajo un aparato estatal omnipresente.

Venezuela, por su parte, utilizó el discurso socialista como bandera política, mientras mantenía intactas las relaciones capitalistas de producción. El petróleo, motor de su economía, fue administrado por el Estado como capital nacional, no como patrimonio colectivo de los trabajadores. La desigualdad, la corrupción y la dependencia del mercado mundial son pruebas de que allí no se construyó comunismo, sino una variante de capitalismo estatizado.

El comunismo auténtico, entendido como la abolición de las clases sociales y la gestión directa de la producción por los trabajadores, nunca ha existido en estos países. Lo que ha reinado es un Estado hipertrofiado, frío y burocrático, que devora la sociedad civil y se presenta como salvador mientras perpetúa la explotación. La estatalización no es racionalización del capitalismo, sino manifestación de su decadencia. Es el intento desesperado de sostener un sistema que ya no puede organizar espontáneamente las relaciones humanas y que necesita de la violencia y la burocracia para mantenerse en pie.

En conclusión, derecha e izquierda son dos caras del mismo capital: una defiende el mercado, la otra la estatalización. Ambas reproducen las mismas relaciones de explotación. Los países que se autoproclamaron socialistas nunca lo han sido, son ejemplos de cómo el capitalismo de Estado puede disfrazarse de revolución, apropiarse de símbolos y palabras, y construir una de las mistificaciones más grandes de la historia. El verdadero socialismo, sigue siendo una tarea pendiente, aún no realizada en ningún rincón del planeta.


Por Juan Manuel Morel Pérez*
*Abogado, Magister en Seguridad y Defensa Nacional, Especialista en Derechos Humanos y Derecho Internacional humanitario, doctorando en derecho Administrativo iberoamericano, Coordinador del Observatorio de Seguridad y Defensa-RD
j.morelperez@gmail.com

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