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20 de febrero 2026
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OpiniónNelson De Los SantosNelson De Los Santos

Del realismo político al oportunismo

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RESUMEN

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A propósito de la recién pasada asamblea ordinaria de las Naciones Unidas, y los discursos que allí tuvieron lugar, escuché a un famoso comentarista de radio quejarse amargamente y chillando de rabia porque un representante del Partido de la Liberación Dominicana osó reprocharle al presidente de la República Dominicana no haberse pronunciado, durante su discurso ante la ONU, sobre el genocidio en Gaza.

El “influyente” comunicador fundamentó su crítica al “desafortunado y absurdo” planteamiento del dirigente peledeísta en la famosa “teoría” del realismo político, como doctrina de las buenas prácticas de gobierno a nivel de relaciones internacionales. Ya lo había escuchado, en otras intervenciones —de las pocas veces que acostumbro a escuchar ese programa—, referirse a esta “teoría” alabando con vehemencia delirante al principal exponente de esta corriente: el nefasto Henry Kissinger, político estadounidense de origen judío-alemán, que emigró a Estados Unidos huyendo del nazismo, y que más tarde se convirtió en una de las figuras centrales de la política exterior estadounidense, llegando a ser Secretario de Estado de 1969 a 1977, en las administraciones de Richard Nixon y Gerald Ford, y posteriormente continuó como asesor privado de seguridad muy influyente en otras administraciones.

Henry Kissinger fue el arquitecto de la política estadounidense para América Latina y el Caribe, que propició la ola de golpes de Estado a gobiernos democráticamente electos y el apoyo a dictaduras criminales que los ejecutaron en Chile, Argentina, Uruguay, Bolivia, entre otros, y que luego continuaría en Centroamérica bajo la administración de Ronald Reagan.

Estas dictaduras suprimieron los derechos ciudadanos, mientras cientos de miles de personas de todas las edades, sexos y etnias (como el genocidio indígena de Guatemala de 1981-1982) fueron asesinadas, torturadas o encarceladas durante esas dos décadas, como resultado de la política de exterminio de las “amenazas comunistas en la región”.

Al mismo tiempo, el imperio recrudecía el embargo económico, el aislamiento político y apoyaba acciones de sabotaje directamente contra la Cuba revolucionaria, con fines de destruir su economía, objetivo que en gran medida lograron. Este escenario se ha venido repitiendo con Venezuela, desde el ascenso al poder del comandante Chávez en 1999, mediante elecciones libres, todo por atreverse a nacionalizar el negocio petrolero venezolano, que hasta entonces había sido explotado por empresas estadounidenses en condiciones leoninas para el pueblo venezolano. Similar a como hoy día explota la Barrick Gold nuestro oro de Cotuí.

Todo ello se hacía en nombre de la “contención del comunismo en la región”, mientras sus empresas se adueñaban de los mercados, apropiaban tierras y endeudaban gobiernos corruptos que entregaban la soberanía de sus países. El realismo político (Realpolitik, que es el “Political Realism” de George Kennan aplicado por Kissinger) no es más que el fundamento narrativo de la “política del garrote”, bajo la cual se justifican las acciones violentas e ilegales del imperio estadounidense en su “patio trasero” de América Latina y el Caribe.

Del lado latinoamericano y caribeño, los políticos entreguistas lo expresan como “pragmatismo político”, pero no es otra cosa que oportunismo con una alta dosis de cobardía y sumisión al imperio y sus oligarquías locales, con tal de “conseguir lo mío”.

Esa es la política que defiende este “influyente” comunicador. Para él, no existen la dignidad, la soberanía nacional ni el derecho a la autodeterminación de los pueblos, que proclaman los políticos progresistas, éticos e independientes del poder imperial, como lo fue Juan Bosch. A propósito, le recuerdo al señor comunicador que esa ola de intervenciones y conspiraciones imperiales tiene un precedente histórico en República Dominicana: el derrocamiento de Bosch, precisamente en septiembre de 1963 (hace 62 años), y la posterior intervención militar de Estados Unidos para ahogar la revuelta de abril de 1965, que buscaba su retorno al poder.

Para el “influyente” comunicador tiene valor el oportunismo, herramienta que lo ha llevado de la miseria a ser todo un potentado y próspero “empresario de la comunicación”, que juega golf con políticos corruptos y altos representantes de la oligarquía criolla. Desde luego, para ello debió abjurar del boschismo, que fue su primer escalón de ascenso, transformándose de periodista ético a un comerciante de la palabra al servicio de políticos, empresarios y de ideas conservadoras y ultraderechistas, como las que proclama con tanto ahínco, como si realmente las dominara o como si realmente se las creyera.


Por Nelson De Los Santos P.
Santo Domingo, D. N.

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