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1 de enero 2026
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OpiniónAndrés RojasAndrés Rojas

Del empaque al propósito: Sanar la mente en tiempos de apariencias

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Vivimos en una sociedad que ha perfeccionado el arte de la fachada. Donde lo visible, lo compartido y lo aprobado colectivamente ha tomado más valor que lo esencial, lo íntimo y lo auténtico. En este mundo saturado de estímulos, hemos comenzado a confundir el envase con el contenido, el brillo con el valor, el empaque con el propósito. Y el precio que estamos pagando, aunque silencioso, es cada vez más evidente: ansiedad, vacío, comparación constante y una salud mental quebradiza.

La enfermedad de las apariencias

Hoy es más importante la marca de la ropa que usamos para ir al gimnasio que el hecho mismo de cuidar nuestro cuerpo. Nos preocupamos más por el ángulo de la foto en el restaurante que por saborear realmente el alimento y la compañía. Valoramos más el prestigio del colegio o universidad que el conocimiento que allí se imparte. Este fenómeno no es casual. Se alimenta de una cultura que ha reemplazado el ser por el parecer, y el sentir por el mostrar. Como consecuencia, muchas personas viven atrapadas en una carrera sin línea de meta, comparándose constantemente con estándares irreales y persiguiendo validaciones efímeras.

Estudios recientes revelan que la obsesión social por la imagen y la validación digital tiene efectos directos sobre la salud mental:

El 75 % de los adolescentes reporta sentir presión para cambiar su apariencia debido a las redes sociales, lo cual se relaciona con mayor ansiedad, depresión y autolesiones de acuerdo con el Sitio Web teenvogue.com.

Según pewresearch.org 1 de cada 2 jóvenes percibe que las redes tienen un efecto «mayormente negativo» en su generación, especialmente en su autoestima y salud emocional.

Fenómenos como la “Snapchat Dysmorphia” revelan cómo el uso constante de filtros ha creado estándares inalcanzables de belleza. Hoy, personas acuden a cirujanos buscando parecerse a su versión digital editada.

Estos datos no son simples estadísticas. Son una señal de advertencia: la cultura de la imagen puede ser bella por fuera, pero deja estragos por dentro.

Consecuencias emocionales invisibles

La presión por estar a la altura de un estándar social ha provocado una creciente ola de insatisfacción personal. La sensación de “no ser suficiente” se convierte en un eco constante en la mente de quienes viven para cumplir expectativas externas. En palabras simples: estamos enfermando el alma tratando de impresionar a personas que ni siquiera conocemos.

El propósito como medicina

Cuando el ser humano comienza a vivir con propósito, la mente se aclara y el corazón se alinea. El propósito le da sentido a lo cotidiano, convierte el esfuerzo en pasión, y transforma las caídas en lecciones. Buscar el propósito no es un acto místico ni abstracto. Es una decisión consciente de mirar hacia adentro. Al encontrar nuestro propósito, dejamos de vivir para encajar y comenzamos a vivir para contribuir. Esto nos libera de la ansiedad de la imagen y nos conecta con la plenitud del ser.

Volver a lo verdadero

Sanar nuestra salud mental y emocional no es cuestión de filtros, marcas o aplausos. Es una jornada hacia adentro. Es atrevernos a quitar los disfraces, a ser vulnerables, a fallar sin miedo y a vivir con intención. Porque cuando entendemos que el propósito es más poderoso que la imagen, descubrimos que la plenitud no se encuentra en lo que mostramos, sino en lo que somos cuando nadie nos está mirando.

El autor es catedrático y consultor empresarial.

Por: Andrés Rojas, MBA

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