RESUMEN
Hay temas que se convierten en parte del guion permanente de la política dominicana, y la corrupción administrativa es quizás el más recurrente de todos. Cada ciclo electoral trae consigo nuevas promesas, nuevas frases célebres y nuevos compromisos solemnes sobre cómo enfrentarla. Sin embargo, cuando observamos la historia reciente, queda claro que —durante décadas— el discurso y la práctica caminaron por senderos muy distintos. Esa distancia entre lo que se dice y lo que finalmente se hace ha marcado la credibilidad institucional del país.
Durante sus campañas, Leonel Fernández afirmó categóricamente que la corrupción no tendría espacio en sus gobiernos. Fue una afirmación fuerte, con alto impacto simbólico. Pero la realidad fue otra: en doce años de gestión no se judicializó ni un solo caso relevante de corrupción contra funcionarios de su propia administración. Paradójicamente, los expedientes comenzaron a aparecer solo después de abandonar el poder, lo que demuestra que el problema nunca fue falta de información, sino falta de voluntad.
Luego vino Danilo Medina, quien convirtió en bandera la frase: “Con solo el rumor público se investigará a los corruptos”. El país creyó que esta vez sería diferente. Pero la historia se repitió: durante ocho años de gobierno no prosperó ningún proceso judicial contra figuras de su entorno. Nuevamente, las investigaciones, arrestos y grandes operaciones de corrupción —Calamar, Pulpo, Coral, Coral 5G, Caracol y otras— solo vieron la luz cuando ya había terminado su mandato. El patrón es tan evidente que casi parece un ritual: promesas firmes en campaña, silencio absoluto en el poder, expedientes explosivos al dejar la silla.
Hasta ahí, la distancia entre el dicho y el hecho parecía una ley no escrita de la política dominicana.
Pero en 2020 ese libreto tuvo un giro.
Luis Abinader también llegó con una frase contundente: “Tengo amigos, pero no tengo cómplices”. La diferencia es que esta vez la frase no se quedó en slogan. Desde el inicio dejó claro que la corrupción existe —como existe en todo sistema público—, pero que lo innegociable sería la ausencia de impunidad. Y los hechos lo han respaldado.
Bajo su gobierno se han procesado casos como Operación 13, el entramado del Intrant, y el más reciente escándalo en SENASA, donde el propio Presidente instruyó a la institución a actuar de inmediato contra un funcionario de su gestión, amigo personal suyo, luego de que una investigación interna revelara indicios de desvío de fondos.
Eso no se veía en la política dominicana.
Eso requiere carácter.
Eso requiere coherencia.
Eso es liderazgo.
Y sí: eso es Cambio.
Por Miguel Canó
