RESUMEN
Las diferentes televisiones y plataformas multimedia, en su afán por captar la máxima audiencia, se han embarcado en una creciente competencia para atraer a los telespectadores. Numerosos directivos se han olvidado de la ética y la moral, cuando no todo puede ser válido, amparados en una libertad de expresión peligrosa, flexible y subjetiva.
Desde los años trenta del siglo XX, la televisión es el principal medio para mantener informada y entretenida a la población. Desde hace algunas décadas, ese predominio, casi hegemónico, está siendo amenazado por Internet, con Google y Youtube a la cabeza. Esta realidad provoca que la televisión esté en constante evolución. Renovarse o morir.
Este hecho ha provocado que las televisiones inicien una «guerra» entre ellas, y con los nuevos competidores, basada en los pilares de atracción del público moderno: violencia, riesgo, sexo, miedo, infidelidad, humillación y violación de la intimidad de los concursantes. Se trata de lograr «el más difícil todavía», como en el circo, para mantener fiel a los telespectadores. Se trata de un cóctel muy atractivo para el público en general. Programas como Gran Hermano, ¿Quién quiere casarse con mi hijo?, Supervivientes o Adán y Eva, responden a estos objetivos. Uno de los primeros programas que triunfaron con el argumento del riesgo fue «Fear Factor», un programa estadounidense que llevaba al límite a los concursantes.
¿Es necesario humillar a los participantes? En un principio puede parecer que no, pero cuando lo analizamos con detenimiento, vemos que este hecho responde a unas directrices orquestradas por psicólogos, sociólogos, antropólogos y expertos en marketing y publicidad. El fondo de la cuestión tiene que ver con nuestra doble moral. En España, el pionero en esta grosera moda fue el juez de «Operación triunfo» Risto Mejide.
Este personaje era un maestro en el arte de la humillación, ya que el espectador confundía si se trataba del guión o era realmente su opinión personal. Existe una leyenda urbana que dice que un concursante le respondió al polémico presentador: «eso no me lo dices en la calle». A una concursante llamada Lorena, que acabó ganando la edición del 2006, le dijo, «Eres de alguna forma como un consolador, perfecta en la ejecución, pero tremendamente fria en el sentimiento».
Desde los realities más famosos del mundo: The amazing race, American Idol, Survivor, Top Chef, Dancing with the stars, Jersey Shore, Real Housewives y Big Brother, la imaginación para crear realities shows es casi infinita. Escapar de una cárcel, el gran polvo, chica playboy, bares y restaurantes que no funcionan, la mejor actriz porno, el gorila más simpático, niñas modelos, etc, etc. Uno de los más absurdos fue: «El castillo de las mentes prodigiosas».
En este programa no participaban genios ni científicos, sino personajes españoles como Aramis Fuster, Paco Porras, la bruja Lola, entre otros. «Famosos y mendigos» era una bofetada a la dignidad humana y el respeto a las personas. Macabros, como «Entrevsitas antes de la ejecución» en donde condenados a muerte explican sus fechorías antes de morir. Cuando parecía que ya no se podía rizar más el rizo, se realizó «Gran Hermano VIP». Esto es lo que sucede cuando algunos famosos y famosillos tienen poco trabajo. Se comenta que este programa incitaba a la gente al suicidio por lo aburrido que era. Existen productoras, como Endemol, que se han especializado en este tipo de concursos.
Uno de los más controvertidos de este estilo fue «Un shot de amor con Tila Tequila». Se trataba de un programa en el que 16 hombres heterosexuales y 16 mujeres lesbianas convivían en una casa para competir por el amor de una estrella de la televisión. El programa contenía fuertes escenas de homosexualidad, malos tratos y peleas.
La televisión es espectáculo, y muchos de los momentos tensos que se producen ya están programados. A presentadores como Pepe Navarro, Javier Sardà o Merecedes Milá se les exigía este tipo de polémicas para mantener o ganar audiencia. La presentadora Mariló Montero humilló a un compañero, en directo, cuando este retransmitía una noticia a dos grados bajo cero. Muchos somos los que recordamos el famoso episodio de Francisco Umbral, cuando fue engañado en el programa de Mercedes Milá «Queremos saber». El escritor acudió al programa para hablar de su libro, y al ver que no se hacía, amenazó a la presentadora con abandonar el programa.
No todo está controlado en estos programas. Si las críticas se realizan educadamente, quizás mucha gente no los vería. El famoso plato del programa MasterChef «león come gamba» es un ejemplo más. El concursante Alberto Sempere fue humillado en directo. Exite mucha gente aburrida que se consuela viendo como otros corren riesgos a cambio de una recompensa o dicen lo que ellos no se atreven. Es el clásico argumento de «el palo y la zanahoria». Lejos de pruebas pseudocientíficas asociadas a estos programas, la realidad es muy simple. En nuestro mundo competitivo, los más inteligentes y guapos triunfan, y los feos, tímidos y poco arriesgados fracasan. Si haces lo que la sociedad espera de ti, serás premiado, pero si fracasas, serás castigado. Se trata de metáforas extremas de la vida, idealizadas a través de la televisión, en donde prima el espectáculo por encima de todo.
El cerebro humano es bipolar, y actúa en base a oposiciones binarias. El ser humano es capaz de lo mejor, pero también de lo peor. Cuando alquien cae, la reacción típica (cuando vemos que no es grave) es reirnos. Este hecho se realiza instintivamente, sin que seamos del todo concientes de cómo procesa nuestro cerebro dicha información. La palabra clave para entender este fenómeno es la «empatía». Este tipo de pensamiento engancha a la gente porque es lo que nos gustaría hacer en determinados momentos, pero no lo hecemos por los problemas que conlleva. En muchas películas, telenovelas y series de televisión se nos obliga a posicionarnos en base a las oposiciones binarias que rijen nuestro cerebro. Bueno-malo, luchar-huir, amor-odio, etc. Se trata de conectar con la personalidad del espectador, con sus necesidades y deseos.
Algunos expertos afirman que el telespectador está convencido de que el riesgo está controlado. Otros, afirman que el espectador sabe que el riesgo no está controlado y asumen que su aventura puede acabar en tragedia. Los concursantes, asumen los riesgos en función de los beneficios que pueden obtener. La mayoría de los participantes de estos programas son narcisistas. Se produce un círculo visioso no controlado. Las pruebas que deben superar los concursantes son cada vez más peligrosas y el concursante lo asume para sentirse único (egocentrismo).
Lejos quedan aquellas cómicas pruebas del programa pionero japonés «Humor amarillo». En algunos programas se realizan pruebas que difílmente encontraremos en nuestro mundo real urbano. Algunos concursantes quieren jugar a ser gladiadores modernos, pero sin llegar al extremo de la muerte. El problema es que no podemos controlar al 100% por 100% el riesgo, ni la seguridad. Nos guste o no, los accidentes ocurren. En Argentina, se mascó la tragedia cuando dos helicópteros chocaron, en el aire, mientras transportaban a los concursantes al reality francés Dropped. Murieron todos los ocupantes de los aparatos: concursantes, técnicos, pilotos y periodistas.
La gran mayoría de estos concursos realizan reconocimientos médicos a sus aspirantes y participantes para evitar sorpresas desagradables. De hecho, algunas productoras contratan seguros para cubrir accidentes como muertes o invalidez, tanto de los concursantes como del equipo de rodaje. En Koh Lanta, un programa francés de supervivencia rodado en Camboya, murió un concursante de 25 años de un ataque al corazón. A este le siguió el suicidio del doctor que le atendió. En concursos similares fallecieron Saad Khan (32) y Anthony Ogadje (25). El no va más en este tipo de programas son los de supervivencia extrema.
El ser humano, es positivo por naturaleza, de ahí que nos autoengañemos sobre el peligro que corremos. ¿Por qué tiene que caer nuestro avión con tantos vuelos a diario? ¿Por qué nuestro coche tiene que tener un accidente con tantos millones circulando? Somos concientes de que puede ocurrir, pero esperamos que no nos pase a nosotros. No quiero ser abogado del Diablo, pero soy de los que piensan que la maldad existe, y no en el sentido religioso del termino. El odio al otro, al diferente, es una constante en la historia de la humanidad. El último caso lo hemos visto con el asesinato de 9 personas en una iglesia de Charleston (Carolina del Sur) a manos del joven supremasista blanco Dylan Roof. En una sociedad ideal, esto no debería de existir, pero existe.
¿Creemos realmente que la gente que acude a aeropuertos y carreteras a intentar cegar con lácer a los pilotos y conductores no saben lo que hacen? No seamos ingenuos. Este tipo de personas saben y quieren hacer daño. Cuando el pasado 24 de marzo del 2015 el piloto de Germanwins, Andreas Lubitz estrelló el avión contra los Alpes se nos contó solo que tenía problemas psicológicos. Este individuo culpaba a la sociedad de sus problemas, y estrellar el avión fue su manera de vengarse de una sociedad a la que culpa de algo que no nos contaron. De no ser así se habría suicidado solo.
Al parecer no hemos evolucionado mucho desde que se echaban a las personas a los leones o se obligaba a los gladiadores a luchar hasta la muerte, hace más de 2.000 años. Si bien es cierto que la cultura nos hace sociables, también produce la internacionalización de lo peor de nosotros. Mucha gente no entiende que jóvenes criados en Occidente se sientan tentados por una guerra lejana. Solo se trata de una manera de exteriorizar su rabia y odio contra determinados aspectos de una cultura en la ellos no encajan.
El circo romano, junto al teatro y el anfiteatro formaba parte de la trilogía de las instalaciones romanas más representativas para entretener y divertir al pueblo. En él se llevaban a cabo carreras, espectáculos y representaciones diversas que servían para realzar la pertenencia al Imperio. Estos recintos albergaban en ocasiones, más de 30.000 espectadores. Hoy, con la globalización, se busca crear una cultura global que sea más fácil de manipular económicamente. No hay que olvidar que los espectadores son consumidores. Siguiendo este argumento se ha llevado al cine la novela de Suzane Collins, «Los juegos del hambre», en donde se trata de llevar a los concursantes a situaciones físicas y psicológicas límites.
Existe un programa televisivo llamado «Pefil de un psicópata» que muchos no conocerán. Se trata de un programa basado en investigaciones del psiquiátra forense, Michael Stone, con entrevistas y análisis de los asesinos más despiadados del mundo. Lógicamente, el programa se emite de madrugada y para mayores de 18 años. Se trata de un programa heavy (duro), pero muy interesante desde el punto de vista de los que estamos interesados en la maravilla que es el cerebro humano.
La televisión e Internet, con imágenes cada vez más fuertes, nos están inmunizando ante el dolor y la empatía. Los «otros», los concursantes, pasan a formar parte de un engranaje de peligros y beneficios del que ellos mismos son los responsables, al asumir el riesgo que conllevan estas pruebas.
Por Alcides Pimentel Paulino




