En los últimos días, varias sentencias emitidas por el juez de la Ejecución de la Pena de San Cristóbal, José Manuel Arias Martínez, han suscitado intensos cuestionamientos en la opinión pública y en los medios de comunicación. La razón: la concesión de libertades y beneficios a condenados por casos de alto impacto social.
Uno de los más sonados fue el de José Eduardo Ciprián Lebrón, alias Chuky, condenado en 2022 a diez años de prisión por su participación en el atentado contra el expelotero de Grandes Ligas, David Ortiz, ocurrido en un bar de Santo Domingo Este en 2019. Su excarcelación generó indignación y encendió el debate sobre los criterios aplicados por los jueces en este tipo de decisiones.
Más recientemente, la controversia volvió a encenderse con el caso de Donni Santana Cuevas, exdirector del Consejo Nacional de Frontera, condenado a 20 años de prisión por violación sexual contra su hijastra menor de edad. Santana obtuvo este lunes un permiso laboral autorizado mediante la resolución 1527-RES-2025-00142, que le permite desempeñarse de lunes a viernes en la Escuela Nacional del Colegio de Abogados, bajo un régimen de arresto domiciliario los fines de semana, días feriados y no laborables.
El juez Arias Martínez argumentó su decisión destacando la conducta positiva del interno, la participación en programas de formación durante su reclusión, la certificación de estabilidad psicológica, así como el hecho de que el exfuncionario ya ha cumplido un cuarto de la condena.
Estos fallos han desatado un intenso debate público entre quienes cuestionan la aparente flexibilidad en delitos de gran trascendencia social y quienes sostienen que el sistema penitenciario contempla beneficios si se cumplen ciertos requisitos establecidos por la ley.
Un magistrado bajo el lente público
En este contexto de críticas, quiero hacer una puntualización personal. Conozco al magistrado José Manuel Arias Martínez desde mi infancia. Soy testigo de su integridad, de su transparencia y de la reciedumbre ética y moral con la que ha conducido su vida personal y profesional. Arias Martínez no necesita defensa, ni este texto pretende serlo. Sin embargo, creo justo dejar constancia de que se trata de un intelectual con la sensibilidad humana y el conocimiento jurídico necesario para tomar decisiones, aunque estas puedan resultar impopulares en determinados sectores.
El debate seguirá abierto: ¿hasta qué punto el cumplimiento estricto de la ley debe prevalecer frente al peso de la presión social? ¿Y cómo equilibrar el derecho a la reinserción con la sensibilidad de las víctimas y la percepción ciudadana de justicia?
Lo cierto es que, más allá de las pasiones que despiertan estas decisiones, cada una de las resoluciones emitidas por el juez José Manuel Arias Martínez ha estado apegada al buen derecho, a la ley y a lo que establece el Código Procesal Penal, actuando en el marco que le corresponde como garante del sistema judicial.
Por Jonior Ramírez
