RESUMEN
Este martes fija dos miradas al pasado. Una, al asesinato de esa ‘pantera negra’ que era Lilís; otra, al siniestro asalto al cuartel Moncada, en Cuba.
Lilís llegó vivo y salió muerto. Moca era una villa heroica, sublime y productiva. El dictador tenía todo controlado: sus redes de espionaje cubrían por entero el país, empuñado como estaba en las garras del sátrapa negro. Sus viles servidores le informaban de todo movimiento. Nada raro reportaron en la villa cibaeña. Así, aquel 26 de julio de 1899 parecía un día normal, común y corriente en la vida del tirano oscuro. Al lugar llegó solo, sin escolta ni sombra.
Esa terrible confianza venía de su fuerza en el poder y del resguardo que llevaba dentro. Tenía fama de intocable: era casi un patrón santiguado por los poderes del cielo y la tierra. Las bendiciones venían de arriba y de abajo. Era un dios negro, caribeño y astuto. El trono era todo suyo.
Hijo de Josefa Level, fue criado por mañén Rose, haitiana como su madre. Su padre, Hilarion Level, era haitiano y juez en Puerto Plata. Allí, en 1845 nació Ulises Heureaux, apodado ‘Lilises’ o ‘Lilís’. Fue el pupilo del gran Gregorio Luperón, que lo reclutó para el fragor de la Restauración. Eran compueblanos humildes, estaban revestidos de valor, venían de las entrañas de la sociedad. A Lilís le llamaban ‘bañaperros’ por realizar esa actividad perruna y animalesca.
En Haití, el país de sus raíces biológicas, estuvo a punto de morir. Junto a Luperón estaba refugiado allí para organizar la ofensiva restauradora, en lucha feroz contra el dominio de Santana y España. El país estaba sojuzgado por la Madre Patria. Sucedió un episodio violento. Lilís y José Antonio Abad protagonizaron una acalorada discusión que devino en pelea violenta por una frisa que se disputaban ambos. De la boca pasaron a los puños y a los balazos. Desenfundaron armas de fuego y se dispararon con tirria asesina. Lilís mató a su rival, pero recibió un balazo en el brazo derecho que se lo dejó lisiado. Desde ese momento le llamarían ‘el manco’.
En Moca lo esperaban y lo acechaban. De allí no saldría vivo. Una amante del tirano, Evangelina López (La Cigua), le mandó una carta advirtiéndole de la trama asesina. Un pordiosero se la entregó a Lilís, que se la guardó sin hacerle caso: pensaba que el mendigo le estaba pidiendo por escrito lo que no se atrevía a decirle de boca. El monstruo entró al negocio de su amigo don Jacobo de Lara, cuyo hijo Jacobito era de los conspiradores. El otro gran conspirador, Mon Cáceres, estaba al acecho para devorar a la gran bestia.
En ese momento, ya con Lilís arrimado a una guázima, la emprendieron a tiros contra él, haciendo blanco en su cuerpo fornido y ‘bendecido’. Antes de caer tuvo tiempo de matar a un transeúnte desdichado que iba por allí. De inmediato se armó la pelotera. El cuerpo quedó tirado sobre el pavimento, tieso y sin aliento. La sangre corría a raudales, formando un charco rojizo y vivo. La escena era espantosa: el monstruo estaba hundido en su propia sangre, sin un hilo de vida. Pedro -Perico- Pepín, el sagaz gobernador de Santiago, fue a recoger a su jefe inerte y lo enterró en una iglesia de esa ciudad.
Mon Cáceres y su primo Horacio Vásquez se dieron a la fuga. Anduvieron por San Francisco de Macorís y otros pueblos del Cibao, mientras preparaban su entrada heroica a la capital. Manolao Figuereo, el vice títere del tirano, asumió el mando, pero frágil y anémico como era, solo tuvo el tiempo de ver su estrepitosa caída. Cayó el débil Figuereo y se encimó Horacio Vásquez. Se organizaron elecciones y Juan Isidro Jimenes y Pereyra llegó al poder. Horacio lo subió y lo apeó: siendo vicepresidente y delegado en el Cibao, se rebeló y tumbó al presidente. Fue el 26 de abril de 1902.

El Moncada
Quiero dar un salto hasta Cuba. El 26 de julio de 1953, un grupo de jóvenes acaudillados por Fidel Castro asaltaron y atacaron el cuartel Moncada, en el oriente de Cuba. El asalto al Capitolio pudo tener un antecedente en el coraje de los muchachos cubanos. A uno de ellos, Abel Santamaría, lo agarraron y le sacaron los ojos. No pudo ver a los verdugos que así le arrancaron la vida.
Unos pocos sobrevivieron para seguir la aventura revolucionaria. A Fidel lo entregó un sacerdote. Estuvo en prisión hasta que fue indultado por el tirano Fulgencio Batista y se fue a México con su grupo de acólitos. De allí regresaron en el legendario Granma, el yate que desembarcó en las costas cubanas el 2 de diciembre de 1956. Ese puñado de revolucionarios fueron sorprendidos por fuerzas leales al régimen y a duras penas se instalaron en las montañas. En las lomas empezó la redención cubana. Radio Rebelde empezó a disparar discursos incendiarios, con la voz de Violeta Casals. Era una ametralladora radial. El Che alfabetizaba y daba asistencia médica. Había un horno de pan. Comían como el Jesús de los panes y los peces. Era un milagro el avance y la victoria de la Revolución. Huyó el tirano. Los rebeldes tomaron La Habana. Se proclamó la redención social, política y humana del pueblo cubano.-




