ENVÍA TUS DENUNCIAS 829-917-7231 / 809-866-3480
4 de enero 2026
logo
OpiniónJimmy Rosario BernardJimmy Rosario Bernard

De Jaquet-Droz a la IA: Los primeros pasos de la tecnología humanoide

COMPARTIR:

Imagínate transportado al siglo XVIII, a una sala iluminada por candelabros y repleta de la nobleza francesa. Es una época en la que la curiosidad y el ingenio compiten con la superstición. Entre conversaciones susurradas y miradas expectantes, un hombre entra con algo bajo el brazo. Parece un juguete, un muñeco de madera y porcelana. Pero lo que ocurre después cambia la percepción de todos los presentes: el pequeño autómata toma una pluma, y con movimientos delicados, empieza a escribir. Nadie puede apartar la vista.

En 1774, Pierre Jaquet-Droz, un relojero suizo, presentó “El Niño Escritor” en la corte de Luis XVI. Este autómata, compuesto por más de 6,000 piezas móviles, no era solo un capricho mecánico. Era un testimonio del poder de la imaginación y la habilidad humana. Durante 20 meses, Jaquet-Droz trabajó con paciencia y precisión para dar vida a una máquina que podía escribir frases preprogramadas, como “Mi inventor es Jaquet-Droz”. En un mundo que apenas comenzaba a abrazar la razón y la ciencia, su creación era tanto una obra de arte como un desafío a los límites de lo posible.

Los asistentes quedaron hipnotizados. Algunos creían que el muñeco estaba vivo, mientras otros intentaban desentrañar su funcionamiento. Era el espíritu de la Ilustración hecho máquina: una época en la que la humanidad empezaba a soñar con controlar lo incontrolable. Pero también, como ocurre con cualquier innovación, planteó preguntas incómodas. ¿Qué significa ser humano si una máquina puede replicar nuestras acciones más complejas? ¿Hasta dónde debería llegar la tecnología?

“El Niño Escritor” no fue simplemente un entretenimiento para la elite. Su sistema de engranajes y levas, diseñado para ejecutar tareas con precisión, sembró las semillas de futuras invenciones. Inspiró a mentes como Charles Babbage, cuyo trabajo en la máquina analítica sentó las bases para la computación moderna. De alguna manera, este pequeño autómata es el abuelo de los dispositivos que usamos hoy para escribir, programar y conectar.

Avancemos al presente. En pleno siglo XXI, los principios que impulsaron a Jaquet-Droz siguen vigentes. Los robots humanoides, los asistentes virtuales y los generadores de texto comparten un objetivo similar: automatizar tareas humanas. Pero mientras “El Niño Escritor” dependía de piezas físicas ensambladas con maestría, nuestras máquinas actuales se basan en algoritmos que aprenden, predicen y, en ocasiones, nos desconciertan. La tecnología ha evolucionado, pero la fascinación y las dudas permanecen.

Sin embargo, algo en la simplicidad de “El Niño Escritor” sigue siendo profundamente humano. Preservado en el Museo de Arte e Historia de Neuchâtel, Suiza, este pequeño autómata aún escribe, recordándonos el ingenio de quienes lo crearon. No necesitaba aprender ni adaptarse; su magia estaba en su diseño, en la obsesión por perfeccionar algo que parecía imposible.

La historia de Jaquet-Droz y su obra no es solo la de un relojero y su invención. Es un recordatorio de que, aunque la tecnología avance, lo que realmente nos define es nuestra capacidad de soñar. Así como “El Niño Escritor” trazó sus primeras palabras en el siglo XVIII, nosotros seguimos escribiendo nuestra historia con cada paso en el desarrollo de la inteligencia artificial. Pero al hacerlo, surge una pregunta ineludible: ¿Estamos creando herramientas para complementarnos o para sustituirnos? Tal vez la respuesta no esté en las máquinas, sino en cómo decidimos usarlas.

Por: Jimmy Rosario Bernard.

Comenta